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miércoles, 20 de abril de 2011

Apuntes de viaje (15)

[Vista general de la Arcada, tomada desde la Praça da República]


26.-

         Si los viajeros, en vez de hoy, hubieran pisado esta Praça da República —que, obviamente, no se llamaría así— un día de abril, pongamos que lluvioso, de un año del siglo XVI, anterior a la construcción de la Arcada, habrían visto el ir y venir de los campesinos arrastrando carros de mano, o en carretas tiradas por mulas o bueyes, en busca del lugar idóneo donde instalarse para vender los productos que con tanto esfuerzo y dedicación ellos mismos habrían cultivado. En el suelo, fangoso y con abundancia de excrementos de caballerías y otras bestias, quedarían marcadas las rodadas, así como las huellas de hombres y mujeres que, a cada paso, se hundirían en el barro hasta más allá de los tobillos, en un chapoteo amortiguado por el vocerío de los vendedores y general barullo. Un día así, en el que también la neblina hubiera querido estar presente, hasta el punto de dar la impresión de que en todo —hombres, mujeres, bestias, productos, campanarios…— emanase un halo de tristeza colectiva, quizá acertara a pasar por allí el Arzobispo Diego de Sousa, quien, ante tal contemplación, apiadado de aquellas pobres gentes expuestas al capricho de los elementos, decidiera sentar las bases para que el Mercado fuese lugar menos sucio y más hospitalario. Así, por orden del Prelado, se levantaría el primitivo edificio, con sus arcos de medio punto y sus soportales, bajo los que, vendedores y clientes, protegidos de los rigores del clima, realizaran desde entonces sus intercambios; al tiempo que se facilitaba el paso de carruajes y bestias con mercancías. Posteriormente, en 1715, otro Obispo, Don Rodrigo de Moura Teles, ordenaría algunas modificaciones. Y más tarde, en el cuerpo central de la Arcada, se insertaría la iglesia de Nuestra Sra. da Lapa.
           Hoy, bajo estos soportales, todavía abre sus puertas el Café Vianna, inaugurado a finales del siglo XIX; según unas guías en 1858 y en 1871, a criterio de otras. Algo que, a la postre, a los viajeros les trae sin cuidado, pues, después de tanto tiempo, trece años arriba o abajo —como en el tango, veinte— no son nada. Conserva este local el sabor de los históricos Cafés europeos, si bien, aun manteniendo su decoración decimonónica, ha sabido adaptarse a los tiempos actuales, de modo que, entre su oferta, puede el cliente encontrar hamburguesas o perritos calientes, así como otros platos foráneos, acorde con ese mundo globalizado que algunos se empeñan en imponer. La impresión de los viajeros es que, quizá, la concepción actual del negocio esté más destinada a turistas y viajeros de paso que a los propios bracarenses. Por eso, y porque no hace mucho que tomaron un café en A Brasileira, no le prestan mucha más atención y continúan su deambular por la ciudad, camino de la Sé.
         Antes, sin embargo, manifiesta ya la amenaza de la Semana Santa, tienen que conformarse con contemplar la Arcada parcialmente oculta por una especie de guirnalda de color púrpura —posiblemente de madera, cartón piedra o material similar— que, anudada a una gran cruz, parte del cuerpo central del edificio y se extiende por su balconada, a derecha e izquierda. En ella, el lema Por la cruz a la luz, escrito tanto en latín, Per cruzem ad lucem, como en el idioma patrio, Pela cruz para a luz; lema que al viajero le parece muy bien y que respeta, aunque hubiera preferido que no luciese en estos momentos, privándoles de una visión completa y limpia de uno de los edificios más emblemáticos de Braga.  

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