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viernes, 22 de abril de 2011

Apuntes de viaje (17)

[En la imagen, puerta lateral de la Sé]


28.-

       Por todas partes —iglesias, la Sé, edificios civiles, determinados comercios— pasquines y carteles invitan a la celebración de la Semana Santa. Los viajeros, que a estas alturas de la mañana ya han entrado en varios templos y, a la vista de las manifestaciones de los fieles,  saben de la devoción de los bracarenses, se preguntan cómo se celebrará en estas tierras la semana de marras. ¿Saldrán aquí también en procesión, tomando las calles a toque de trompetas y tambores? ¿Se paralizará el tráfico por los itinerarios elegidos, independientemente de si se incordia o no a cuantos estén al margen de tales manifestaciones? ¿Se cantarán saetas en las esquinas, algunas salidas del corazón y otras, quizá, como un ingrediente más de este folclore? ¿O, por el contrario, ésta será una celebración de puertas adentro; personal y solidaria entre los creyentes que se acerquen a los templos y participen de los Oficios? Porque, si así fuera, aun siendo ajeno, como es el viajero a estas manifestaciones, gozarían de su máximo respeto y no tendría por qué poner ni una sola objeción a tales ritos. Siempre pensó que la religión —lo que de ella se deriva, con sus rituales y deberes, con su posible billete de salvación más allá de la vida— es algo de carácter estrictamente personal, una opción más entre las muchas que elegir para enfrentarse al mundo y a uno mismo, y, como tal, algo que, en ningún modo, debería definir comportamientos políticos ni dictar la moral y libertades de cuantos individuos no coincidan en los mismos planteamientos. Así, la religión, como vivencia, sería una decisión libre e íntima, al margen de cualquier connotación de otra índole.
      Esto piensa el viajero mientras, andando andando, dan en la Sé por una de las puertas laterales.

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