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domingo, 24 de abril de 2011

Apuntes de viaje (19)

[En la imagen, detalle de la fortaleza de Valença do Minho]

30.-

            Antes de dejar atrás Braga y poner rumbo a Castro Laboreiro, adonde piensan llegar atravesando el Parque Nacional Peneda Gêres, entran en un supermercado para aprovisionarse de agua, pan, queso, fiambre y algunas frutas, elementos que, a las malas, podrían resultar esenciales si perdidos por esas carreteras de sierra no encuentran una casa, bar o restaurante adecuados donde comer. Con el día que hace, no les parecería del todo mal despacharse con un par de sándwich y una manzana, acampados bajo la fronda fresca de castaños, robles, hayas, abedules o pinos, que cualquiera de todas estas especies, y aun de otras, sería bienvenida si su sombra les protege de los rayos solares, más potentes conforme avanza la hora. Salvado el trámite del supermercado, arrancan de nuevo y salen de Braga definitivamente. Su idea es tomar la A3 y continuar por ella hasta Ponte de Lima, donde se desviarán a la derecha, por la IC28, hasta desembocar en la N203, que atraviesa Vila Nova de Muía y Britelo, y se prolonga, a su vez, en una nueva estrada, la N104-1, llena de curvas, subidas y bajadas. Ésta, ya con la denominación OU549, entra en territorio español y desemboca, sucesivamente, en la OU1207, OU1209 y OU1212. Por último, otra vez en suelo portugués, la estrada EN202-3 los conducirá a la meta de la etapa de hoy.
            Parece fácil, a la vista del mapa, seguir esas líneas que se dibujan, unas veces en rojo, otras en verde, otras en morado…; con eso, y hacer caso a los indicadores de carretera, se llega a cualquier parte. Sin embargo, al dar en la primera rotonda, el indicador, que conforme a los más elementales principios lógicos debería estar ahí, no está ni se le espera. Y la línea roja que figura en el mapa es en realidad una cinta gris de firme irregular, similar a las que salen a uno y otro lado, en diferentes direcciones. No importa. El viajero confía en su instinto. No en vano, aunque haga años que no viaja regularmente, han sido muchos los kilómetros hechos por esas carreteras de Dios, y variadas las vicisitudes por las que tuvo que pasar antaño. “Por lógica, a Ponte de Lima debemos llegar por ésta”, afirma convencido. Y continúa, impertérrito, conduciendo por la vía que ha tomado: una comarcal que cruza tierra de vides y aldeas que se suceden cada pocos kilómetros y le obligan a aminorar la marcha cada dos por tres, de modo que la velocidad media no excede de los cincuenta kilómetros/hora. Tras pasar por Frossos y Merelim-Sấo Pedro, el viajero sabe que no va por buen camino y piensa si no hubiera sido preferible estar avalado por uno de esos cachivaches capaces de orientarse a través de Satélite. Sin embargo, si así fuera —y esto no es sino una forma de consuelo; una excusa que no se atreve a formular en voz alta—, se hubieran privado de este plácido paisaje de tierras rojizas, cultivadas de viñedos, por el que ahora pasan; que no en vano están en zona de vinho verde y albariño, de famas sobradamente reconocidas. Piensa también —yéndose, como suele decirse, por la tangente y aun consciente de su poca originalidad— si la escritura no será, en esencia, el resultado de un viaje en el que el escribiente parte de un punto, una primera idea, y se adentra por parajes, ora favorables, ora intrincados; terrenos pantanosos o desiertos que le obligan una y otra vez a volver sobre sus pasos, a indagar por otros caminos, no menos oscuros y a través de los cuales adquiere experiencia y conocimiento. Busca una palabra, la elige con cuidado, la ajusta al sentido, al ritmo de la frase. Y si esa palabra resulta que no lleva a buen puerto, debe sustituirla por otra, más precisa; más bella, acaso. Igual que si viajara y se dijera: "No, por aquí no; elijamos este otro rumbo, ese camino, aquella carretera, la autopista." De esta forma, el resultado obtenido no será sino la consecuencia lógica de su peregrinaje, la expresión de sus dudas y sus convencimientos, la compilación de todo lo aprendido y el germen de futuras y nuevas aventuras. Así su meta —ese punto final de la escritura; a la postre, sólo el origen de próximos proyectos— un paisaje nuevo que tal vez, antes de echarse a andar, intuyese, incapaz de expresar, y que, por mor de la palabra, se viene a hacer ahora paraíso, quizá fugaz, pero al menos tangible y habitable.
Como en la escritura, también él retrocede, cambia de itinerario, rectifica. De este modo, de acuerdo con ella y puesto que, a fin de cuentas, tienen la potestad de trazar el viaje a su albedrío, deciden sobre la marcha modificar sus planes. Irán a dormir, eso sí, a Castro Laboreiro, pero no lo harán atravesando tierras de Gêres, sino que se plantean comer en Valença do Minho y desde allí continuar, pasando por Monçao. A la salida de Feitosa, un pueblo más de los muchos que ya han cruzado desde que salieron de Braga, un indicador a la derecha anuncia el camino a Ponte de Lima. Pero como para entonces están decididos a almorzar en La Pousada de Valença, continúan hasta dar en la A27, desde la que se incorporarán a la A3, que les conduce, sin apenas tráfico, a Valença, o Valença do Minho, que, al parecer, de las dos maneras viene a ser conocida la ciudad por estas tierras.

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