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lunes, 25 de abril de 2011

Apuntes de viaje (20)

[Panorámica del Miño y Tuy, desde el comedor de La Pousada de Valença do Minho]

31.-



            Si el viajero no yerra en sus cálculos, ésta será su cuarta visita a Valença do Minho; de la última, hace ya más de veinticinco años. El dato, que pudiera resultar baladí, tiene su importancia, dado lo mucho que parece haber cambiado la plaza en este tiempo. No en su aspecto externo, del que sigue conservando ese aire de ciudad fronteriza, amurallada y sólida, similar a otras muchas de la raya con España: Elvas, vecina de Badajoz, sin ir más lejos; por poner un ejemplo. Sí, en cambio, en cuanto a su actividad comercial se refiere. La primera impresión al respecto la perciben mientras se adentran por sus callejas adoquinadas y en continuo ascenso en busca de La Pousada, emplazada en lugar estratégico: el más alto de la plaza. En sus calles, semi-vacías, los comerciantes de las muchas tiendas de toallas, camisetas, platerías o artículos varios para el hogar aguardan a las puertas de los establecimiento la llegada de clientes o curiosos, e invitan a pasar a cuantos transeúntes —pocos— aciertan a cruzar por delante de sus dominios. También los camareros de los restaurantes publicitan sus menús y exquisiteces en la calle, y hacen señas a caminantes y automovilistas para que entren en sus comedores. A esta hora de la tarde, casi las dos y media, no se ve mucho movimiento, y el hecho de tales manifestaciones lleva a pensar a los viajeros que, en general, la actividad comercial de Valença ha debido descender significativamente con respecto a lo que fue antaño.
           Tampoco La Pousada es un prodigio de ebullición. Prueba de ello es que el comedor, a pesar de la hora, se encuentra vacío, por lo que pueden elegir la mejor mesa, desde la que se contemplan una amplia panorámica sobre el Miño. Y más allá, al otro lado de la raya, Tuy, con su catedral.
           Enseguida, un camarero, que hace al mismo tiempo las veces de maître, les ofrece sendas cartas y les indica las especialidades recomendadas para el día. Ella se decide por una ensalada y un bacalao a la brasa, y él por una sopa de la Pousada —una especie de pote gallego, bien condimentado— y bacalao, también; en este caso, rebozado. Para beber, el hombre, siempre servicial, les aconseja un vinho verde de la zona, grato al paladar, plural en matices, aun para los viajeros, buenos degustadores de vinos, pero no entendidos catadores.
        No hay duda de que el sitio es agradable, y el hecho de estar solos en el comedor —acompañados únicamente por un hilo musical con una buena selección de jazz, a un volumen adecuado, nada agresivo— hace aún más acogedora la estancia. Cuando el camarero les sirve el primer plato, el viajero intercambia con él unas palabras, extrañado ante la ausencia de más comensales, dada la hora. La razón, es que la práctica totalidad de los huéspedes de La Pousada en estos días son ingleses, que hacen un desayuno fuerte, obvian el almuerzo y bajan a cenar. En cuanto a clientes externos, hoy es jueves, día de poco trajín; algo que sí ocurre durante el fin de semana. Tras esto, el camarero desaparece hasta que, pasado un tiempo prudencial, regresa a retirar los platos vacíos y dejarles el segundo: sendos bacalaos, a cual más exquisito y mejor cocinado. A los postres, como suele ser tradicional en estos establecimientos, el hombre les señala la mesa en donde se exponen todo tipo de quesos, frutas, dulces y tartas de diferentes texturas y sabores. “Sírvanse lo que deseen”, indica. Después, desaparece del comedor. A pesar de que las raciones han sido razonables, aquella exposición de postres variados no deja de ser una verdadera tentación para la vista; una llamada directa a la gula, pues todo, como en aquel famoso paso de Lope de Rueda, La Tierra de Jauja, parece estar allí diciendo: “Cómeme, cómeme…” ¡Ay, si el viajero se hubiese visito en ésta unos años antes! ¡Ay, si sus niveles de glucosa no le obligasen a ser más comedido! Seguro que hubiera probado de todos, o casi todos los platos: de esa tarta de naranja, de las peras al vino, de la variedad de quesos, del dulce de fresa, de los pastelillos de crema… No obstante, se conforma con la contemplación de tal esplendor y con la degustación de unas pequeñas porciones de queso. Luego, naturalmente, ambos terminan el almuerzo con un café, que tampoco es igual al que paladearon en Oporto. Quizá porque a estas alturas del viaje ya comiencen a idealizarlo.

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