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martes, 26 de abril de 2011

Apuntes de viaje (21)

 [Construcciones típicas en Valença do Minho]

32.-

           Abonada la factura, y antes de volver a la calle, donde el sol de la tarde es, aunque parezca mentira en esta época del año, poco menos que de justicia, curiosean por las dependencias comunes de La Pousada, se asoman a la terraza desde la que se domina O Minho, descansan en los cómodos asientos de la cafetería y, por fin, satisfechos de su inspección, salen al exterior del edificio, con la intención de dar una vuelta por el pueblo y ver qué se les ofrece.
Quizá sea la hora, cerca de las cinco, o quizá, simplemente, que aquel movimiento de visitantes de otro tiempo —cuando aún había puestos fronterizos entre los dos países y la gente venía desde España a comprar café, sábanas, toallas y cuberterías, que luego pasaban de contrabando, con cierta complicidad de los aduaneros portugueses que, en muchos casos, hacían la vista gorda— se esfumó para siempre. Lo cierto es que, a simple vista, existe un elevado número de comercios dedicados a tales transacciones, pero a diferencia de entonces, es decir, de las demás veces que los viajeros visitaron Valença, aquel hervidero de mujeres entrando y saliendo de las tiendas, cargadas con grandes paquetones de toallas, sábanas, albornoces o menajes de cocina, ha dado en una manifiesta calma chicha, que tiene mucho —al menos, hoy; a esta hora— de desolación y derrumbe. La eliminación de fronteras y ese concepto de mundo globalizado en el que nos movemos por estas latitudes, han hecho posible, para bien o para mal, que las mismas toallas que aquí se venden por diez euros sea posible encontrarlas en cualquier mercadillo de España por nueve, o acaso menos. De este modo, el atractivo que estas ciudades y pueblos de frontera presentaban antaño, basado en su oferta comercial, ha quedado reducido al que dimana de la propia configuración de sus defensas, de la belleza de sus construcciones; y, acaso, a una oferta culinaria a la que aún puede accederse a buenos precios, aunque no gangas; que hoy por hoy, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas.

[Calle de Valença, con las mercancías expuestas a la puerta de los comercios]              

Produce cierta tristeza comprobar cómo, apenas los viajeros se detienen delante de la puerta de un comercio, el vendedor de turno sale de su cubil, solícito y dispuesto a mostrar cuantas mercancías sean menester para satisfacer la necesidad del comprador. Quizá, a sabiendas de que la inmensa mayoría de curiosos entra sin intención de comprar nada, sólo por ver, comparar precios y pasar el rato; costumbre absurda en sí misma, pero que es practicada por un buen número de turistas y visitantes. También los viajeros —ella, sobre todo— se detienen ante las puertas de las tiendas, atestadas de mercancía; entran en ellas, husmean, preguntan un precio o se interesan sobre éste o aquel producto, y salen para continuar su callejeo. Hasta el próximo comercio, en que vuelven a repetir el ritual. Pero, al margen de ese indagar, tan absurdo como gratuito, conviene que los viajeros estén atentos a la armonía de estos edificios, con sus arcos ojivales, sus fachadas cerámicas, sus alturas homogéneas; a la amplitud que se observa desde el recinto amurallado, donde aún se mantienen, como elementos imprescindibles del decorado, antiguos cañones que quizá en algún momento escupieran fuego, pero que ahora son como momias de hierro, silentes y olvidadas, supervivientes sólo para satisfacción de los turistas y objetivo de sus modernas cámaras digitales; a la luz, intensa hoy, como pocas veces; al aire limpio y al trino de los pájaros. Todo ello —si acaso, algo oscurecido por la furia de un sol que no parece marceño— compone una estampa en la que los viajeros se complacen, y que les aportaría aún mayor felicidad si no fuese porque todavía sienten en las piernas los estragos que causó en ellas su paso por Oporto, y que ahora, en un pueblo donde también abundan las cuestas, frena su entusiasmo y les invita a regresar al coche para continuar.

2 comentarios:

  1. Una larga semana santa, pasada en otros rumbos y ajeno a la red (o casi: salvo por estrictas urgencias laborales), interrumpió mi seguimiento de estas crónicas viajeras, que ahora he retomado en sobredosis (que no se deja sentir, tal vez por lo demorado y minucioso del relato), pero con el mismo gusto. Seguimos en ruta. Un abrazo.

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  2. Gracias, Alfredo. Espero que estas cortas vacaciones semanasantiles te hayan ayudado a recargar pilas. Sólo así, me temo, podrás seguir esta especie de crónica que, en rigor, no se ajusta al patrón de los libros de viajes, sino que, más bien, viene a ser una excusa tras la que dejar rastros y soliloquios.

    Un abrazo.

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