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miércoles, 27 de abril de 2011

Apuntes de viaje (22)

 [Algunas casas de nueva construcción en Castro Laboreiro]


33.-

            Durante la comida, hablando con el maître, se han enterado de que hasta Castro Laboreiro hay, más o menos, una hora de viaje; que la carretera está bien asfaltada y que el tráfico no suele ser intenso. Así que, llegado el momento, se ponen en marcha y deshacen todo el camino de cuestas que antes subieron, para dar, ya fuera del recinto amurallado de Valença, en la N101, por la que continuarán hasta Monçao. Desde aquí, doblando a la derecha, viajarán por la N202, CM1124, CM1153, EN202, nuevamente la N202, N202-3, y CM1159, carretera, esta última, por la que entrarán en Castro Laboreiro. Dicho así, no deja de parecer un galimatías de números y letras, cuando, en realidad, de lo que el viajero habla es de paisajes, de vides, de arboledas, de sotos, de arroyos que corren a sendos lados de la carretera durante algunos tramos, de fuentes más allá de las estrechas cunetas. Y también de pastos quemados, de bosques y montes arrasados por un fuego que surge cuando menos se espera, como una terrible maldición; un fuego que puede con todo, que expulsa con sus lenguas quemantes a cuanta fauna alcanza; que ennegrece la tierra y la deja baldía; un fuego que rara vez es consecuencia de un desgraciado accidente, de un rayo perdido en medio de una tormenta, sino que es provocado con alevosía y calculada estrategia; que surge en varios puntos a la vez, para hacer más difícil su extinción; un fuego que no es purificador ni justiciero; que responde a intereses espurios, a cuestiones de negocios, a irrazonables especulaciones. Según hacen kilómetros, las huellas de los montes quemados, de cuando en cuando, se hacen evidentes. Y al contemplarlas, los viajeros no tienen por menos que sentir cierta rabia ante tanta destrucción inútil, ante la belleza perdida que es más que probable tarde años en recuperarse; o, peor aún, que nunca se recupere. No pueden comprender esa estrechez de miras de los pirómanos. O, más que de éstos, de aquellos que les pagan y que, al final, son los que vienen a beneficiarse desde el día después de la extinción del fuego. Tales individuos no parecen darse cuenta —en realidad, obsesionados como están con sus dineros, quizá no lo vean; o piensen, simplemente, que, venga lo que venga, a ellos ya no les afectará— que el progresivo deterioro de la naturaleza nos pasará factura —ya la está pasando—; que cuanto daño hagamos al planeta, nos lo hacemos a nosotros mismos… En eso piensa el viajero, mientras sigue atento a la carretera: a ese camión que les persigue como si estuviese corriendo las quinientas millas de Indianápolis; a esa moto que sale de un camino, apenas visible; a ese par de ciclistas con los que se cruzan y que, a la vista de sus mochilas y demás bártulos con que cargan, bien pudieran estar haciendo el Camino de Santiago…; incidencias propias del viaje a las que el conductor debe prestar la máxima atención, más allá de lo que el pensamiento, siempre un poco a su aire, se traiga entre manos. Así, entre charlas y cavilaciones, pasan por Cousso, Pomares, Lugar de Baixo, Portelinha…, pequeñas aldeas con apenas unas cuantas casas de piedra y en las que es difícil observar la presencia de hombres o mujeres; si acaso, algún perro distraído que corre tras el coche unos metros y ladra, amenazador y guardián de un territorio que, para los viajeros, es únicamente de paso. A cuatro kilómetros de Portelinha está Cainheiras, y, a otros cuatro más, por fin, Castro Laboreiro, donde se detienen casi hora y media después de salir de Valença; el viajero, algo cansado de tanta curva, las piernas castigadas del esfuerzo de ayer, y con ganas de beber un buen trago de agua fresca y reposar. Son cerca de las siete de la tarde y el sol, con el cambio de hora de la Comunidad Europea, realizado hace sólo cinco días, aún no se ha ocultado. Bien al contrario, sigue castigando en este día que parece escapado del mes de julio. Una prueba más —piensa el viajero— de que, con tanta contaminación y tanto incendio, también el tiempo se está volviendo loco.   

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