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jueves, 28 de abril de 2011

Apuntes de viaje (23)

[Puente romano en Castro Laboreiro]


34.-



          Castro Laboreiro, a la vista está, es un pueblo perdido en medio de la nada, en los confines del Parque Nacional de Peneda Gêres, muy cerca ya de la frontera española. Un pueblo de montaña que ahora, el último día de marzo de dos mil once, se encuentra poco menos que vacío, pero que a juzgar por las construcciones que se ven —casas unifamiliares y chalets, hoy cerrados; y algún que otro alojamiento turístico— debe cobrar vida en la temporada estival y durante las vacaciones. Entonces, sus calles se llenarán de gentes extrañas que van de paso o vienen unos días al año a gozar de la belleza de estos parajes, de las mil y una rutas que pueden hacerse andando o en bicicleta. No hay duda de que éste es un sitio tranquilo, muy tranquilo, donde el silencio es una maravilla más —y no de las menores— de cuantas aquí pueden gozarse. Sin embargo, al llegar, el viajero piensa otra vez que se equivocó al reservar alojamiento. Dentro del pueblo no hay nada que merezca una visita, y sólo poniéndose en marcha descubrirían alguno de los muchos puntos de interés que señalan las guías: varios puentes romanos, un castro celta, los restos de un castillo, prácticamente derruido, algún yacimiento prehistórico...; puntos que no distan más allá de cuatro o cinco kilómetros, y que, en el peor de los casos —dado que el día aún guarda luz solar, por lo menos para un par de horas— podrían visitar antes de que la oscuridad comience a enseñorearse de estas tierras. Podrían, sí; pero el viajero se encuentra mermado de facultades y cualquier cuesta se le hace un mundo. Por los síntomas, quizá tenga alguna pequeña rotura fibrilar en el gemelo derecho: parte de su anatomía que se empeña en recordarle lo mal que lo ha tratado y lo mucho que le ha exigido mientras subían y bajaban cuestas en Oporto. Aun así, como ella está dispuesta a hacer algo más que quedarse en la habitación del hotel esperando que llegue la hora de la cena, hace un esfuerzo y toman la indicación que señala la existencia de uno de los puentes; al parecer, a poca distancia. Efectivamente, no han paseado dos kilómetros cuando oyen el rumor inconfundible del agua en descenso hacia el valle. Y como donde hay agua puede haber puentes, descubren uno a poca distancia de la carretera; con aspecto de antiguo, no cabe duda; y bien conservado. Bajo su único arco, el agua turbulenta forma estelas de inmaculada espuma que, poco más abajo, da en una gran poza construida por su propia erosión. Se ve que en el camino de las aguas, desde el principio de los tiempos, una enorme roca debió resultar un obstáculo natural, que la corriente, terca, fue horadando con la pericia de los mejores canteros en perfecta circunferencia. De este modo, a fuerza de un remolino continuo, que aún sigue, el cauce se hizo cada vez más profundo, y la roca, posiblemente irregular en su día, un impecable receptáculo, a modo de vasija o vaso o copa de granito. Se acercan los viajeros y se recrean en el espectáculo: tanto en el visual como en ese otro, a modo de sinfonía de agua con contrapunto de pájaros cantores. Sólo tales sonidos rompen el silencio. Bueno, estos y la ligera brisa que se ha levantado y agita las ramas de los manzanos y castaños de los huertos lindantes al camino. Lástima, una vez más, este sol implacable que hoy gobierna. Se agradece cuando toca sombra y esa brisa acaricia el rostro.
          A no más de doscientos o trescientos metros, ascendiendo por un camino abrupto —poco preparado, la verdad, con vistas a una adecuada promoción turística de la zona— las ruinas del castillo parecen asomarse desde lo más alto de la montaña. Al verlo, se diría que está al alcance de la mano; una cuesta de nada, otra más. Y ella apunta la posibilidad de acercarse hasta él. “Vamos”, dice el viajero, poco convencido; flojo de remos, que diría un taurino, al tiempo que nota las punzadas que a cada paso se le clavan una y otra vez en la pantorrilla. No llevan más de veinte o treinta metros ascendidos, cuando él se detiene para hacer una rápida valoración de lo que le espera. No ya a la subida, sino a la vuelta, cuando tenga que frenar a cada paso y sea la parte lesionada la que soporte todo su peso. Entonces, de acuerdo con el dicho popular, Como no soy río, me vuelvo cuando quiero, decide hacer lo más razonable: renunciar a la excursión hasta el castillo que, bien mirado, no da la impresión de ser mucho más que un montón de piedras mal alzadas. Quizá lo que merezca la pena sean las vistas, pero las deja intactas, en su lugar; para otra ocasión. Lo que le pide el cuerpo es descanso y, si acaso, un poco de lectura.

2 comentarios:

  1. Bonitos paisajes los que nos presentas, amigo.
    Un placer para los ojos y el espíritu.
    Un abrazo

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  2. Gracias, Esmeralda, por tus palabras. Uno va dejando aquí estos apuntes, y a veces se pregunta si no será tarea inútil; si alguien, al otro lado, seguirá estas huellas. Comentarios así animan a seguir en el camino.

    Un abrazo.

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