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viernes, 29 de abril de 2011

Apuntes de viaje (24)



35.-

            El viajero, a pesar del cansancio acumulado estos días, no ha dormido todo lo bien que deseara. Por eso, antes de que suene la alarma del despertador, cansado de dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño, ya se está aseando. Abandonado bajo el chorro de la ducha, con los ojos cerrados, deja que el agua arrastre esa modorra que no llega a dolor de cabeza, pero que pareciera, por así decirlo, la antesala de alguna jaqueca inoportuna, producto de una noche de sueño inquieto y poco reparador. Lentamente, bajo el efecto revitalizador del agua, nota que comienza a ser dueño de sí mismo, algo que acabará por completarse después de apurar el primer café del día; a lo que se dispone minutos más tarde, cuando los dos entran en el comedor, en la planta baja.
Se trata de un amplio salón rectangular, de los utilizados para la celebración de banquetes de bodas y otros eventos, con mesas y sillas en madera de pino, paredes pintadas en un color naranja intenso y lámparas de lágrima; una decoración que al viajero le transporta a un tiempo anterior, indefinido, tal vez relacionado con su infancia, si bien, de alguien pedírselo, no podría determinar un espacio concreto donde ubicar el reflejo de este otro que ahora ocupa. Cuelgan de las paredes —no como parte del decorado, sino a modo exposición— un buen número de cuadros de factura abstracta, de colores rabiosos y sin matices: azules, rojos, verdes, negros…; algunos, dominados por formas espirales; otros, por líneas rectas que acaban en toscos chorretones de pintura. Son de dimensiones diversas, aunque la mayoría de considerable superficie y, por qué no decirlo, a ojos del viajero, de dudoso gusto.
Resignados a desayunar en compañía de tan exclusivas pinturas, pero dispuestos a no dejarse hipnotizar por sus encantos, se hacen fuertes en una de las mesas —la más cercana a aquella en donde se dispone el bufet— con la intención inequívoca de dar cuenta del desayuno, que, a la vista está, no ofrece los productos ni la variedad del hotel de Oporto, aunque tampoco pueda afirmarse que no haya aquí suficientes provisiones como para saciar las hambres: café, leche, bollería varia, tostadas, mantequillas, mermeladas, quesos, algunas frutas…; lástima que no se incluya también un buen zumo de naranja natural, tan delicioso y saludable.
Terminado el trabajo más fuerte de la jornada —tal como define al desayuno el padre del viajero— recogen su equipaje, pagan la factura del hotel y se ponen nuevamente en marcha. Esta noche, de acuerdo con la ruta programada, dormirán en el Parador de Santo Estevo, en la Ribeira Sacra orensana. A la vista de cómo luce el sol, también hoy va a ser otro día de temperaturas poco amables.

2 comentarios:

  1. Bien desayunados y conjurando los malos rollos pictóricos, amén de las excesivas precauciones meteorológicas (al fin y al cabo, ¿no vivimos siempre a la intemperie?), seguimos con atención la ruta. Y hablo en plural porque me parece que, aunque en silencio, en la excursión somos unos cuantos.

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  2. Alfredo, no son "excesivas precauciones". Es que a este viajero, de siempre, el sol lo aplana y, como dice el dicho, "lo teme más que a un nublao". Si, encima, hay que conducir con el Lorenzo colándose por las ventanillas, para qué contar. Durante sólo un par de días de la ruta atizó con fuerza, y eso se notó en el ánimo del cronista.

    Va quedando menos, y, como suele ocurrir cuando nos acercamos al horizonte, parece que se aleja el final. Aun así, al contrario de lo que ocurre con la línea que se junta con el cielo, conseguiremos, digo yo, alcanzar la meta.

    Gracias por estar ahí y hacerme ver que no es del todo vana esta carrera.

    Un abrazo.

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