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sábado, 30 de abril de 2011

Apuntes de viaje (25)

[A la izquierda,Parador de Santo Estevo, junto a la iglesia, aún dedicada al culto]

36.-

            En ruta a Santo Estevo, el viajero regresa hasta Portelinha, y de ahí, atravesando Alcabaça y Sấo Gregório, da en la N301, vía que conduce a territorio español, donde cambia el nombre por el de OU801. Hasta llegar aquí, a veinte kilómetros, más o menos, de Castro Laboreiro, han viajado por una carretera sin tráfico alguno, abundante en curvas, y protegida de un sol que todavía no calienta como lo hará más tarde por los altos árboles que la flanquean: unas veces, robles; otras, hayas; algunas, castaños. Buen trecho de la ruta de hoy será a través de cerradas umbrías por las que el sol, a duras penas, consigue colarse entre los huecos de la espesa vegetación; bosques que tienen algo de mágico, un halo de misterio que invita a pensar en meigas o Santas Compañas. No en vano se adentran en lo que denominan la Galicia profunda, que acaso en estos tiempos, cada vez más globalizados, lo sea menos, aunque aún conserve parte de su arcana atmósfera; al menos, en lo que al paisaje se refiere. A este respecto, le viene a la memoria al viajero El Bosque Animado, de Wenceslao Fernández Flores, con su célebre bandido Fendetestas. Y, al hacerlo, se sorprende con una sonrisa dibujada en los labios mientras conduce.
Dada la hora y la intensidad de la luz (aun a pesar de llegar tamizada por el cedazo agitado de las ramas), no parece creíble que una meiga o una procesión de almas del Purgatorio puedan hacerse presentes, aquí y ahora. Sin embargo, estos mismos parajes, a eso de la media noche, bien podrían soliviantar el ánimo de más de un conductor aprensivo y proclive a creer en la existencia de fantasmas y aparecidos, algo a lo que este viajero, escéptico por lo general, no es aficionado. Ahora bien, tampoco se atrevería a asegurar que, en tal situación, los sonidos del bosque no concuerden en una especie de sinfonía macabra capaz de inquietar al más pintado; hipótesis que, obviamente, no comprobarán in situ, por la simple razón de que no esperarán aquí hasta la media noche para tal menester.
Con estos y otros soliloquios continúan en ruta, atraviesan aldeas, descubren hórreos, atisban gentes. De vez en cuando, alguna carreta tirada por bueyes los hace aminorar la velocidad y circular unos minutos detrás de ella. Después, la pasan y siguen su camino. Muy pronto, El Miño, a izquierda o a derecha, se hará presente durante buena parte del viaje. Queda atrás Cortegada —quizá la población más importante que atravesarán hoy, salvando Ourense—, Paixón, San Amaro, Sampaio… Y queda atrás también —al menos, de momento— el bosque, con toda su belleza y su misterio. La circulación, ya en la A52, se ha hecho más intensa y el viajero no tiene más remedio que olvidarse del paisaje, del río, de la luz…, y concentrarse en camiones y automóviles, furgonetas y motos, límites de velocidad e indicadores. De este modo entran en Ourense por el Viaducto de Barbantes y buscan la salida hacia Monforte de Lemos, por la N120. A partir de aquí, es seguir hasta encontrar una desviación a la derecha —Cañones del Sil— por la que se adentran con temple, paciencia y máxima precaución. Estamos otra vez en pleno bosque. Sólo que ahora la carretera no tiene el buen asfalto que ha mantenido durante la mayor parte de la ruta; es, además, estrecha hasta lo imposible, y las curvas de herradura son la atracción principal para el viajero. Unos kilómetros más y podrá dejar el coche por hoy. Santo Estevo, ubicado en un enclave mágico, tal y como lo define un folleto del propio Parador, les espera con las puertas abiertas. Cruzarlas es adentrarse en un tiempo donde el tiempo adquiere otra medida.

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