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lunes, 11 de abril de 2011

Apuntes de viaje (6)

[Imagen del ábside de San Francisco]

16.-

            Las guías dicen de San Francisco —del templo, naturalmente— que es una visita imprescindible, una joya que nadie que viaje a Oporto puede perderse. Los viajeros lo descubren en la distancia, desde la margen izquierda, en Gaia, y lo tendrán a mano tras cruzar el río por O Ponte Luiz I y plantarse en Rúa do Infante Dom Henrique. Desde allí, además de contemplar el Palacio de la Bolsa, del que es vecino, admirarán la inconfundible estructura gótica del templo, su monumental ábside. Dentro, dadas las reformas que por unas u otras causas ha sufrido a lo largo de los siglos, con lo que se encuentran es con una muestra más (habría que decir con la muestra) de Barroco Joanino; similar, aunque aún más profusa, a la que por la mañana han visto en otro templo, el de Santa Clara. Como en éste, el viajero experimenta un rechazo íntimo a tanto exceso, a tanto pan de oro en altares, techos y paredes; a tanta acumulación de riqueza sin sentido. Más en estos tiempos, cuando el país pasa por una profunda crisis financiera. Sin embargo, no por eso deja de apreciar el arte que se observa, ni la dificultad de los trabajos, ni el celo que artistas y artesanos pusieron aquí a lo largo de los siglos. Todo ello tiene su mérito y él lo reconoce, aunque, en su fuero interno, siga pensando que todo este boato poco tiene que ver con el recogimiento y el espíritu. Cuando visitan las catacumbas de la iglesia, con su colección de muertos ilustres, el viajero ya tiene ganas de salir a la calle. A respirar. 
 [Interior de la Iglesia de San Francisco: detalle]



 [Imagen del Duero y su orilla derecha, tomada desde Gaia]
17.-

Tanto como visitar la iglesia de San Francisco, parece obligado hacerlo a una bodega de las muchas que se ubican en Gaia; todas, propiedad de marcas de solera y reconocido prestigio en lo que a vinos se refiere, y referencia imprescindible si hablamos de los de Oporto, de tan justa fama. Ella, que hace años visitó la ciudad —aunque tantos que todo le resulta nuevo y desconocido—, ya recorrió en su día naves y galerías donde el vino se gesta y envejece. Es, según le confiesa, una de las pocas cosas que recuerda con cierta precisión, y por eso le anima a conocer alguna. Él, sin embargo, prefiere caminar sin prisas por la margen del río; observar los Rabelos atracados; volverse y admirar de nuevo A Ponte Luiz I; detener la vista una y otra vez en la orilla derecha, donde muelles, casas, templos, edificaciones civiles, la Sé..., se superponen a lo largo de la empinada ladera; contemplar el rojizo color de los tejados; sentir, de cuando en cuando, la fina lluvia que, como ahora, les acompaña y acaricia sus rostros.

 [Rabelo atracado en Gaia]

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