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martes, 12 de abril de 2011

Apuntes de viaje (7)

[Mercado do Bolhao: frutas y verduras]
18.-

            Al Mercado do Bolhao, probablemente, debieran haber llegado antes. A esa hora del amanecer en la que los vendedores se aplican en la descarga de sus géneros y en los puestos, aún cerrados al público, se almacenan las mercaderías con que afrontar la jornada laboral. Así, los viajeros hubieran visto cómo este espacio, poco a poco, se llenaba de frutas y verduras, flores, pescados y mariscos, carnes, bollería y panes de mil especialidades diferentes, especias y menudencias varias: imanes, llaveros, navajas, postales, señala-libros.., la mayoría, con calcomanías de la ciudad, diseñadas especialmente como souvenirs para turistas. A esa hora del amanecer —piensa él— el Mercado tendría un punto de misterio que no tiene a esta hora; un halo algo romántico donde, a la mezcla de los aromas dulzones de canelas, pimentones, curris, azafranes, romeros o jengibres; de bacalaos, doradas, sardinas o bogavantes —éstos con las pinzas inmovilizadas con cinta adhesiva para evitar batallas entre hermanos—; de dulces y hogazas de pan recién horneados; de carnes de corderos, cerdos o vacas, abiertos en canal; de frutas y verduras; y de margaritas, claveles, rosas o geranios, por no decir también gladiolos o azucenas —además de otros muchos, no tan localizados, pero no por ello menos presentes en maderas, cáñamos, paredes húmedas o desvencijados suelos— se uniría una luz mortecina, levemente metálica y azulada, luz de luna curiosa asomada entre nubes, con vocación de espía. Aunque, a la postre, poco nuevo haya que espiar, pues tales movimientos —gentes por los pasillos, contrarreloj, con su producto a cuestas— se producen sin cambios significativos a diario, desde que el Mercado abriera sus puertas al público allá por el año 1914. Entonces, recién estrenado, todo tendría otro porte; reluciría con el lustre prepotente de lo nuevo, si bien, en el fondo, los aromas y olores de las mercancías se mezclarían como ahora se mezclan, y las voces de los vendedores, pisándose entre sí, compitiendo en ofertas, se oirían iguales o similares a como hoy las oyen los viajeros.

[Mercado do Bolhao: escalinata]

            Pero los viajeros no han llegado a esa primera hora. Bien al contrario, han desayunado sin prisas en el hotel: café, zumo de naranja, huevos duros, embutido, quesos, frutas y dulces, entre los que no falta el típico pastel de nata de esta ciudad. Y, también sin prisas, han salido a la calle armados de paraguas, pues una fina lluvia cae desde primera hora del día. Como el Mercado no está lejos del hotel —doblar una esquina y poco más— se plantan allí en un periquete, dispuestos a imbuirse en la atmósfera cotidiana y local que en él se respira. Y así entran desde Rúa Formosa, tras haberse cruzado con un joven de aspecto descuidado, un poco hippy, que, acompañado por dos grandes perros —uno, hembra preñada, de pesados andares—, habla a solas y a gritos, ajeno a las miradas y comentarios de los transeúntes. 
            Apenas pisan el gran edificio respiran ese aroma total que el viajero ya había imaginado, mezcla de cuantas especias y demás productos se venden en la enorme superficie. Es un perfume similar al que han respirado muchas veces en mercadillos medievales, o en almacenes de coloniales de aquellos de hace años. Un olor que no es desagradable —aunque a veces, muy cerca de los puestos, el desprendido por los pescados se imponga, hasta resultar molesto— y les ubica sin posible error en el lugar que ocupan, el que ahora pasean entre clientes habituales, vecinos del barrio que acuden a diario a realizar su compra, ajenos a esas otras corrientes de individuos de atuendos informarles que, cámara en mano, fotografían todo, ávidos de dejar constancia del momento, aun a sabiendas de que ninguna instantánea, por muy precisa que sea, captará esta atmósfera de la que los viajeros disfrutan y en la que se recrean, nuevamente sin prisas, mientras contemplan todo y llenan la retina de cuanto aquí se ofrece.
Cuando dan por cumplida la visita salen a la calle, dispuestos a seguir descubriendo rincones, abiertos a nuevas sorpresas. Con ellos, ese aroma definitorio y vivo del Mercado; el mismo que el viajero respira nuevamente, mientras da fe de él en estas páginas.

3 comentarios:

  1. Es ya una vieja consigna viajera que no hay mejor forma de captar el verdadero ser de una ciudad que visitando sus mercados, sobre todo cuando son como este do Bolhão portuense que con tanta alegría describes: un espectáculo para y en todos lo sentidos. Excelentes crónicas viajeras, Antonio, que no decaiga.

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  2. Es cierto, Alfredo, que tiene "su aquel" la visita a los mercados, con su jaleillo de voces de vendedores y clientes, su mezcla de aromas, su colorido... Si, además, ese mercado tiene una tradición como el de Oporto, y una estructura arquitectónica tan interesante, y uno va dispuesto a dejarse seducir, la verdad, es que el rato de la visita se pasa como un suspiro.

    Gracias por tu comentario y tus palabras de ánimo para con estas crónicas.

    Un abrazo.

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  3. Yo fui...y compré queso, que por cierto, estaba estupendo!! merece la pena visitarlo!

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