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miércoles, 13 de abril de 2011

Apuntes de viaje (8)




19.-

             A la vista del número de pastelerías y confiterías —donde no sólo se venden dulces— que van descubriendo, el viajero se pregunta si cuanta oferta se muestra en expositores y escaparates será consumida diariamente. Si es así, se dice, no hay duda de que estos portuenses son unos golosos de primera. La verdad, es que llama la atención la cantidad de pasteles, bollos, hojaldres o merengues que, tanto en cafeterías como en confiterías repartidas por la ciudad, aguardan tras los cristales a que alguien venga dispuesto a hincarles el diente. Y no sólo las famosas natas, típicas de aquí. También bizcochos, pastas y plum cake invitan al caminante a gozar de sus bondades. El viajero, que por cuestiones de salud ha de huir del dulce como de la peste, piensa que esta visita a Oporto debiera haberla hecho unos años antes, cuando aún tenía luz verde de su organismo para ciertos excesos. Hoy, en cambio, no tiene más remedio que conformarse con mirar y adivinar sabores de acuerdo con lo que la vista dicte. Y salivar; no sabéis hasta qué punto. 
            "¿Acabarán con todo cada día?", sigue dándole vueltas el viajero.


[Calle Santa Catarina] 

20.-

            Probablemente, pocas calles tan comerciales y con tanto ambiente durante el día como Santa Catarina, en el corazón mismo de la ciudad. En esta época del año, conforme se aproxima la hora de apertura del comercio, comienza a cobrar una efervescencia que no hará sino ir en aumento a lo largo de la jornada y hasta la hora de cierre. Así, las muchas y variadas tiendas que aquí se ubican recibirán la visita de multitud de clientes y curiosos, de vecinos de la zona y de viajeros de paso, de verdaderos interesados por las compras y de simples mirones que entran, dan una vuelta, ojean en mostradores y anaqueles y salen nuevamente al exterior, tras un obrigado protocolario con el que, de alguna forma, creen compensar al vendedor de turno, que ha preguntado y se ha interesado por lo que deseaba el señor o la señora, sin que, a fin de cuentas, el anzuelo que ha tendido con sus palabras haya obrado el milagro de la pesca; es decir, de la venta con la que ir salvando la jornada.

 
 [Otra imagen más de Sta. Catarina: El viajero, en primer término]

            Llegadas las seis de la tarde, con las tiendas cerradas o a punto de hacerlo, el ir y venir de transeúntes se diluirá conforme oscurece, y con ello el alegre bullicio que campeó a sus anchas. Apagará la lumbre el hombre que vende castañas asadas, frente A Capela das Almas. Y la muchacha, que desde media tarde canta blues acompañada de una guitarra, recogerá del suelo unas monedas y guardará en la funda su instrumento, y continuará calle abajo, quién sabe si hacia algún local donde actuará a la noche. El joven hippy que vieron por la mañana cruzará la calle seguido de los perros, pero ahora, al contrario que a primera hora del día, no dará voces, sino que irá cabizbajo, arrastrando los pies. Y caerán, uno a uno, los cierres metálicos de tiendas de ropa, zapaterías, joyerías, perfumerías, artículos de regalo, librerías… Y se apagarán sus luces interiores, quedando sólo iluminadas las de los escaparates, y éstas sin gran derroche. Sólo el café Majestic, y algunos bares y cafeterías de menor alcurnia continuarán con las puertas abiertas, y tras ellas, con mayor o menor afluencia, ante la barra o sentados en los veladores, turistas y parroquianos se congregarán en busca de un refrigerio y un rato de descanso. Sonarán las campanas de alguna iglesia —dom, dom— dando las seis y media. Y acaso una muchacha, con la falda muy corta, bajará hacía Passos Manuel, empeñada en correr más de lo que su atuendo buenamente le permite: quizá un novio la espere en algún sitio. También los viajeros, de la mano, pasearán esta calle, rumbo al hotel. Mañana les toca ponerse de nuevo en carretera, en busca de otros lugares y otros descubrimientos.

[Café Majestic: fotografía, gentileza de Elías Moro]

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