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lunes, 2 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (27)

[Claustro dos Bispos]


38.-



        Junto con la llave de la habitación, a los viajeros les han entregado un plano del Parador en el que figuran señalados una serie de puntos, que se corresponden con sendos paneles informativos, donde se revelan fragmentos de la historia de este cenobio. Recorrerlos, supone adentrarse un poco más en sus orígenes y permite conocer la evolución que tuvo a lo largo de los siglos, desde su fundación en el siglo X, hasta la desaparición como tal monasterio en el siglo XIX, con la Desamortización de Mendizábal; algo a lo que se darán los viajeros después de comer, con el sol en todo lo alto, y una cierta pesadez de ánimo, sobre todo en él. Así se enteran de que llegaron a coincidir hasta nueve obispos en retiro espiritual en el cenobio; que en su honor se construyó el primer claustro, llamado Claustro dos Bispos; que a los anillos de éstos, guardados en un cofre de plata, se les atribuían curaciones milagrosas; que la época de mayor esplendor del monasterio correspondió al siglo XVI; que desde él se gestionaban hasta 37 iglesias; que en el siglo XVIII, tras cierto declive, volvió a conocer un fructífero periodo; que llegó a haber aquí un Colegio de Artes donde se formaba a jóvenes monjes; que en sus aulas estudió el padre Benito Jerónimo Feijoo. Y, mientras recorren el edificio arriba y abajo, admiran no sólo la belleza de sus salones o de los tres claustros —el más humilde, Claustro do Viveiro; el más suntuoso, Claustro dos Cabaleiros; el más bello, Claustro dos Bispos—, también el profundo trabajo de recuperación de este monumento que allá por los años setenta del siglo veinte se encontraba prácticamente en ruinas. Todo aquí es ahora confort e invita a los huéspedes a disfrutar de sus instalaciones: a tomar un licor o una tisana en Cafetería, a leer en la biblioteca, a descubrir salas, a abandonarse al ensueño... A ello se dispone él, acomodado en la planta superior del Claustro do Viveiro, mientras ella, más curiosa, sale del edificio y recorre el paseo que lo circunda, poblado de castaños y frondosa vegetación. 
         Como la tarde, casi agosteña, no invita a muchas excursiones, se dan a disfrutar del Parador. Él toma notas. Ambos leen. El tiempo pasa.

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