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martes, 3 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (28)

 [Plano simplificado de la Ribeira Sacra]

39.-

            Al entrar, ya se ve el comedor animado y gentes que van y vienen de los expositores a las mesas, y viceversa. En ese corto peregrinaje, unos ceden el paso a los otros, que caminan con tiento, los platos en la mano, en continuo equilibrio para que el fiambre, los huevos fritos o revueltos, las frutas ya peladas y dispuestas para su degustación, los zumos, o cualquier otro alimento de los que el cliente puede servirse a su libre albedrío no acaben en el suelo, consecuencia de algún encontronazo fortuito, o un quiebro demasiado brusco. Se ve que a esta hora, nueve y media de la mañana, buena parte de los huéspedes ha madrugado y ya han dado o dan cuenta del desayuno con intención, seguramente, de aprovechar el día para visitar estos parajes: cenobios entre los que se cuentan San Pedro de Rocas, Xunqueira de Espadañedo, Montedrramo o Santa Cristina; o estratégicos miradoiros sobre el Sil, desde los que contemplar el lento y sigiloso reptar del río, tales como el de Pena Pombeiro, el de Loureiro, el de Cabezoas o el de Castro Caldelas, por poner sólo unos ejemplos de ambas opciones. Sean por estos u otros motivos, lo que es evidente es que ya hay huéspedes que calmaron las hambres. No hace falta ser un Sherlock Holmes para reparar en mesas con servilletas arrugadas, tazas con restos de café, platos apilados y sucios, tarritos de mermeladas, ya vacíos…; todos, indicios de que allí, no ha mucho, hubo predadores complaciéndose en un buen desayuno. Bien es cierto que tales pistas no duran mucho tiempo, pues, enseguida, los camareros retiran los servicios usados y montan nuevamente las mesas —manteles, platos, cubiertos, tazas, servilletas— para próximos clientes, que continúan llegando.
            Podría ahora narrarse con detalle lo que los viajeros meten entre pecho y espalda, pero, bien pensado, tal descripción aportaría poco a este relato y, quizá, sólo sirviera para poner los dientes largos a más de un lector. Sobre todo, si se acerca a estas páginas a esa primera hora de la mañana en que aún el estómago, tras una noche a raya, hace gorgoritos y reclama la debida puesta a punto para que todo el cuerpo actúe en armonía. Baste decir que, tras dotar a su aparato digestivo de suficientes y variados pertrechos —si se permite la metáfora, quizá no demasiado precisa, suben al coche con la intención de rememorar parte del tiempo que aquí disfrutaron con sus hijas, en anterior visita. Y, de paso, volver a visitar algunos de los monasterios —Santa Cristina, entre los imprescindibles— que, entonces, andaban también en obras de restauración.


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