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jueves, 5 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (30)

 
[Claustro del Monasterio de Santa María, en Xunqueira de Espadañedo]

41.-

            Como en toda la ruta de hoy, el coche circula por carreteras locales que, ahora, se adentran en el corazón de estos bosques de Esgos, salvan cimas mediante subidas y bajadas, y forman parte de un paisaje misterioso y salvaje, donde jabalíes o cérvidos encuentran un hábitat aún hospitalario. Prueba de ello es que, a la salida de una curva, casi impactan con un joven corzo que cruza la carretera a unos metros escasos, sin prisas ni extrañeza, parte viva de este territorio donde, acaso, también habite el lobo; que en otro tiempo hubo, aunque los viajeros ignoren si, actualmente, sigue merodeando por estas tierras. El día está gris y, de momento, frío. Pero en el coche se va bien, sin tráfico al que prestar especial atención; con todo el tiempo para observar a diestra y a siniestra. De este modo, sin apenas darse cuenta, dan en Xunqueira de Espadañedo, donde aparcan el vehículo y se disponen a visitar el Monasterio de Santa María, a la entrada del pueblo.
            Cuando pasan a la iglesia, medio en penumbra, se cruzan con un grupo de jóvenes, al parecer integrantes de algún coro que acaba de ensayar, y a los que los viajeros han podido oír brevemente, según caminaban desde el coche. Por unos momentos, temen no poder visitar el templo, pues quizá, a la salida del grupo, alguien echará la llave. Sin embargo, salen todos y, detrás, un cura joven, que les saluda y continúa su camino, ajeno a su curiosidad y afán explorador. La oscuridad, el silencio y el aroma de las velas pueden más que el románico de transición de la iglesia, que sus tres naves y sus ábsides, que su artesonado en madera, con policromía bastante deteriorada. Le hubiera gustado al viajero haber llegado antes y disfrutar de las voces de ese coro de pueblo que, se imagina, en el silencio de la iglesia, se elevan y expanden abarcándolo todo: cada arco, cada columna, cada imagen…, de modo que todo se impregna de la armonía y belleza de las voces, y no hace falta ser religioso ni creyente para respirar una espiritualidad íntima y solidaria. No ha sido posible —¿castigo de Dios?— y debe conformarse con el poder evocador de su imaginación. Una vez fuera, circundan el templo por su parte de atrás, hasta dar en un fértil prado, de un verde intenso y primaveral. Desde él contemplan el claustro, del siglo XVI, y los dos relojes de sol que, ahora parados por culpa de las nubes, lucen en la galería superior. 

 [Otro detalle del mencionado claustro, con el pozo en el centro]


            Se está bien aquí, a pesar del frío. De modo que se demoran, quizá, para aprehender el instante: los dos solos, en silencio, frente a la belleza sobria de los arcos y el pozo de piedra, en el centro del patio. Al fondo, a sus espaldas, la montaña. 
             A punto de subir de nuevo al coche, frente a ellos, un viejecillo rellena varias garrafas en una fuente. Ella le pregunta si el agua es potable. “Sí”, responde el paisano. “Sólo que esta mañana hemos enterrado al último que bebió de aquí.” Los viajeros y el hombre ríen, cómplices y desenfadados. Por si acaso dice la verdad, arrancan, sin mojarse ni siquiera los labios.

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