Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

viernes, 6 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (31)



42.-



        Siguiendo la ruta que traza la información que manejan —aunque ellos la hagan en sentido inverso— coronan el Alto do Rodicio y continúan camino de Montederramo. Antes, sin embargo, quieren visitar, en las proximidades de Vilariño Frío, el puente sobre el Mao, de origen romano. En tal información se dice que es de tres arcos y probablemente fue paso de una antigua calzada, la llamada vía XVIII o Vía Nova, que discurría desde Astorga a Orense. Tras cruzar el pueblo con el coche, lo aparcan junto a un cartel que indica, Ponte de Vilariño Frío, e invita a adentrarse por un camino de tierra, parcialmente encharcado y con huellas de rodadas de tractores y camionetas. Eso sí, sin especificar un dato que a los viajeros se les antoja imprescindible, y es la distancia a la que se encuentran del histórico puente. Cómo es posible, se preguntan, que se pueda obviar tal referencia. Pues no es lo mismo decir que se echa el día en una caminata hasta descubrirlo, sin importar el tiempo, que tener que ajustarse a una programación, más o menos libre, pensada para abarcar toda la ruta diseñada. Aun así, como sigue sin llover y ni ayer ni hoy han caminado apenas, se ponen en marcha, decididos a dar con el puente de marras, esté a doscientos metros o a dos kilómetros. 




A izquierda y a derecha, por los prados preñados de la recién estrenada primavera, se ve de tarde en tarde pastando algún ganado, pero ni rastro de hombre o mujer de estos parajes a quienes preguntar si tardarán mucho en descubrir el puente. Mientras tanto, si lo desean, pueden entretenerse en la lectura de paneles informativos apostados a lo largo del camino, en donde se da cuenta de los usos y costumbres habidos en estas tierras en época del glorioso imperio romano. De lo que falta hasta el puente, ni el mínimo detalle. 




          No es mucho, sin embargo, el tiempo que tardan en comenzar a oír el rumor del agua; prueba, más que evidente, al menos a ojos de los viajeros, de que deben encontrarse cerca de algún río. Algo que confirman al descubrir un breve soto, con árboles que al viajero, en su infinito desconocimiento botánico, se le antojan chopos, pero que bien pudiera ser cualquier otra especie. Ante sus ojos, el puente, perfectamente restaurado, aguarda impertérrito. Si lo cruzan, darán en un lugar digno de figurar en las mejores Guías de Bucolismo, caso de que alguna editorial haya comercializado ya un manual así, destinado a los amantes del silencio y la paz espiritual. Allí, en la ribera del río Mao —gallego desde que el mundo es mundo, aunque evoque en el viajero resonancias chinas— y a unos pasos del Puente de Vilariño Frío, varías mesas de piedra, con sus correspondientes bancos, esperan bajo el sol y el agua, en invierno y en verano, a que cualquier paisano, viajero, excursionista o peregrino se detenga y disfrute del sombraje que se ofrece, y dé cuenta de algún manjar humilde, y acaso descabece un sueño, arrullado por el trino de invisibles pájaros y el rumor saltarín del agua entre las piedras, antes de continuar su camino. Dada la hora, cercana a las dos de la tarde, echan de menos no llevar con ellos una buena empanada y una bota de vino, seguros de que en ningún otro sitio ha de saber tan bien refacción tal. Hasta valdría la pena olvidar el resto de la ruta y quedarse aquí, sin prisa alguna, en perfecta unidad con la naturaleza, haciendo realidad los versos del Beatus Illae, de Fray Luis de León.

No hay comentarios:

Publicar un comentario