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sábado, 7 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (32)

[Fachada neoclásica del Monasterio de Montederramo]

43.-



            Son las dos y media cuando aparcan el coche junto al Monasterio de Montederramo. El día sigue gris, pero, desde San Pedro de Rocas, la lluvia no ha vuelto a hacer acto de presencia; incluso, da la sensación de que comienzan a aparecer algunos claros en la lejanía. La temperatura ha subido algún grado y es agradable pasear por las calles semi-vacías, abandonados a la sorpresa. A esta hora, como la iglesia permanece cerrada, deciden dar cuenta del almuerzo en un modesto restaurante que hay en la misma plaza, Casa Elvira, del que, por supuesto, no tienen referencia alguna. El edificio donde se ubica, anexo a la entrada que conduce al claustro de los medallones, tiene la fachada de piedra y una puerta estrecha por la que se accede a un bar. Desde éste se llega al comedor, en el primer piso, a través de una estrecha escalera que pasa junto a la cocina, donde una mujer se afana entre calderos, sartenes y fogones. Es un comedor pequeño, sin pretensiones, limpio y atendido por una señora de mediana edad que, cuando entran, charla con tres comensales que ocupan una mesa próxima al único balcón de la sala; los tres hombres, únicos clientes hasta ese momento, hablan en un tono de voz más que alto, de modo que la conversación llega sin dificultad a oídos de los viajeros que, quieran o no, se enterarán de buena parte de su cháchara, a pesar de que el idioma que usan sea el gallego. Sentados ya a la mesa, ella queda de espalda a los tres vecinos, quienes, dicho sea de paso, dan cuenta con voraz apetito de un cocido gallego en toda regla; él, de frente, podrá observarlos siempre que lo desee, aunque, obviamente, no es lo que más le interesa ahora, concentrado en la lectura de la carta que la mujer acaba de dejarles. Tras un rápido vistazo, ambos se deciden por sopa de verduras y carne asada. Por primera vez en la semana no habrá bacalao en el menú.

 [A la izquierda, acceso al claustro de los medallones; en el centro, Casa Elvira]


            Mientras esperan la llegada del primer plato, los viajeros comentan incidencias del viaje: la sorpresa que les ha producido la proximidad del pequeño corzo en la carretera, la belleza y recogimiento de San Pedro de Rocas, la apacible calma junto al Puente de Vilariño Frío, el placer de viajar sin apenas tráfico… Casi sin querer, el viajero se fija con más detenimiento en uno de los hombres de la mesa de al lado, el más grueso de ellos. Parece llevar la voz cantante y es el que se encarga de rellenar las copas, servir más berza, ofrecer garbanzos, repartir la carne, el unto, el chorizo… Por unos instantes, el viajero tiene la sensación de que le conoce. Después, a fuerza de fijarse en él una y otra vez, rememora un rostro, unos gestos, un acento preciso, un timbre de voz…, y los va encajando en el hombre que come, hasta que éste y la figura surgida en la memoria forman un solo ser. Y  se le figura que aquella persona es un soldado al que conoció hace mil años en el servicio militar, allá en A Coruña. Aquél, compañero de otro soldado, amigo suyo, era de estas tierras, y resultaba gracioso cuando reprendía a un tercer militar, de Palma de Mallorca,  si hablaba por teléfono con su familia en catalán. Entonces, como si cualquier otro idioma que no fuese el de los hijos de Breogán viniera a estar prohibido, le reiteraba, cargado de razón: “Fala ben, home; fala ben”, lo que movía a la hilaridad de los presentes. Pero no. Bien pensado, el hombre que ahora mastica a dos carrillos y se afana en limpiar un hueso de jamón es bastante más joven de lo que deberá ser aquel, de la misma edad que el viajero, si, como es deseable, vivió hasta aquí y lo cuenta, que en esto del vivir nadie tenemos nada asegurado. Ya pendiente de la sopa, que en cantidad abundante acaba de dejarles la mujer, el viajero sonríe para sus adentros y, una vez más, se sorprende de los recovecos y misterios de la memoria. 

 [Claustro de los medallones, desde fuera]


            Tanto el primer plato como la carne asada no pueden estar mejor guisados. Los viajeros comen con gusto y rematan con un café que, en este caso, bien pudieran haberse ahorrado: amargo y sin aroma, en nada se parece a… Y, ambos, se quitan el comentario de la boca. Con las mismas palabras. Satisfechos, no obstante, con la comida, pagan la factura y salen otra vez a la calle. Los claros que se veían a lo lejos, en contra de las previsiones del hombre del tiempo, parecen ganar cada vez más terreno. 

 [El viajero en el claustro de los medallones]


            La iglesia del Monasterio no abrirá sus puertas hasta una hora más tarde, demasiado tiempo de espera cuando aún tienen ruta por delante. De modo que visitan el claustro de los medallones —de estilo renacentista—, abierto al público, y se ponen nuevamente en marcha; ahora, camino de Castro Caldelas.

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