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domingo, 8 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (33)

[Catapulta, a la entrada del Castillo de Castro Caldelas]

44.-


            Desde Montederramo deshacen el camino hasta dar otra vez en la OU536, por la que llegan a Castro Caldelas. Cuando aparcan el coche,  el riesgo de lluvias y tormentas pronosticadas por el Servicio de Meteorología parece conjurado, aunque en esto del tiempo nunca se sabe y aún queda mucha tarde por delante. Por lo pronto, el sol ha salido y los viajeros pasean despreocupados por las calles del pueblo hasta el castillo, no sin antes entrar, aquí y allá, en tiendas donde se ofrecen vinos, orujos, productos de matanza, dulces, delicatessen, alfarería o relucientes alambiques que igual pueden ser empleados en la destilación de aguardientes que como curiosos elementos decorativos, hecho que, a fin de cuentas, igual les da, pues no está en su ánimo hacerse con uno de estos cachivaches, al margen de la utilidad que pudieran darlo. 

[Rueda de afilador, en el Museo Etnográfico]


            Al castillo, como ocurre con la mayoría de ellos, se llega por empinadas calles. En este caso, limpias, bien empedradas, y a esta hora medio vacías. Mientras ponen el cuerpo en forma y sus piernas se dan a ese deporte, todavía no olímpico, que consiste en subir y bajar cuestas, sólo se cruzan con algún visitante que desciende en dirección a la plaza —donde dejaron el coche— y que, probablemente, haya visto ya la fortaleza. A la entrada de ésta, aún en su exterior, hace guardia una catapulta de las de toda la vida. O sea, de aquellas de las películas de capa y espada que tanto le gustaban al viajero durante su infancia. Vista así, de cerca, uno puede hacerse a la idea de lo que costaba mover una máquina de guerra como ésta, que, por otra parte, comparada con la sofisticación de las de ahora, resulta una nimiedad en cuanto a su poder destructivo. Pero, bueno, esto lo piensa el viajero como de pasada, y con el deseo íntimo de que más le habría valido al género humano no haber concebido ni ésta ni las máquinas que fueron antes y después, y que aún hoy, muchos siglos más tarde de la construcción de esta antigualla, sigue inventando.

[Imagen tomada desde una de las torres del castillo de Castro Caldelas]


            Ya en el patio de armas, los viajeros van y vienen a su antojo, y comienzan la visita por el museo etnográfico, donde se muestran aperos de labor, piezas de alfarería, candiles de carburo, cepillos, escoplos, formones, sierras, serruchos, telares, ruedas de afilar, máquinas de coser…, y un sinfín de herramientas de antaño, olvidadas o apenas empleadas hoy en día, que aquí encuentran acomodo y razón de ser, perdida ya su primitiva utilidad. Al contemplarlas, los viajeros dan fe de un tiempo pasado, donde las labores exigían un mayor esfuerzo físico, y se adolecía del confort de esta sociedad de ahora, consumista y contaminante. "Está claro —comentan— que no se puede tener todo en la vida." Visto el museo, salen a los corredores que dan al patio, recorren los adarves, suben a las torres, fotografían el castillo y cuanto desde el castillo se contempla…, Y, por fin, satisfechos de la visita, abandonan estos muros fuera del tiempo. El sol acompaña sus pasos. El cielo pinta azul.

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