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lunes, 9 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (34)



45.-



            Dejan atrás el castillo y callejean por Castro Caldelas, pueblo de, aproximadamente, mil seiscientos habitantes, situado entre las Sierras de San Mamede y Queixa, en pleno corazón del macizo orensano. Además de su imponente fortaleza, el municipio ofrece un conjunto interesante, bien cuidado, con calles sinuosas por las que caminan sin prisas, abrazados o de la mano, queriéndose fundir con el instante: imagen retórica que le viene a la mente al viajero, sin que sepa muy bien si expresa con la exactitud que desearía la sensación de serenidad que experimentan; ese algo de plácida beatitud que los acompaña todo el día, quizá producto de una mística arcana que emana de las piedras, del paisaje, del silencio que, tanto aquí como en plena naturaleza y en los monasterios, han disfrutado. Así, dejan que fluya el tiempo: lento y sigiloso; como lo hace el Sil un poco más abajo, prisionero entre socalcos y grandes moles de piedra rocosa que trazan su camino desde el principio de los tiempos. 

            Cuando dan por concluido el paseo, y antes de ponerse nuevamente en ruta, los viajeros entran en una de las tiendas que hay en la plaza —a la que se accede a través de uno de los bares ubicados en ella— y se aprovisionan de una pequeña muestra de vinos de esta tierra y de un par de botellas de orujo blanco, con el que piensan conjurar a los malos espíritus, de vuelta a casa, en una queimada familiar. Hecha la compra, se dirigen al Monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, última etapa prevista en la excursión, y único cenobio, de cuantos hoy visitan, que ya conocen.

2 comentarios:

  1. Querido Antonio Tapioca: pareciera talmente que has estado un año en la selva portuguesa. Menos mal que se lee con placer y trae envidias de ir y ver.

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  2. Amigo Enrique: Para empezar, lo de "Tapioca", me despista un poco, aunque supongo que algo tendrá que ver con este afán viajero que me acompaña por aquí en el último mes. Es lo que tiene el ponerse a tirar de la memoria, que uno puede dar a entender que ha estado un año en la selva portuguesa (tal como dices), sin haber salido, prácticamente, del primer jardín que se ha encontrado al paso. Como se dice en algún punto de este "memorial", valgan estos textos para aprehender los plácidos momentos que nos han acompañado. Ya queda menos.

    Un abrazo.

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