Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

martes, 10 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (35)



46.-



            La información remitida por el amigo de los viajeros, y a la cual se ha hecho referencia en páginas anteriores, describe con ágil pluma, no exenta de lirismo, el Monasterio de Santa Cristina, su ubicación, la belleza del entorno, su origen eremítico… Tentado está el viajero de dejar aquí, entrecomilladas, las palabras del amigo, en la seguridad de que el lector —y potencial visitante de estos parajes— se haría perfecta idea de lo que acá le aguarda. No obstante, como ya habrá podido apreciarse a lo largo de anteriores entregas, estos apuntes no buscan tanto ser una exhaustiva guía de viaje —ni siquiera, lo que se entiende como un libro de viajes— como, en lo posible, aprehender el tiempo que ha durado el periplo, fijarlo mediante la palabra para que el olvido no acabe por hacerlo pavesa del pasado. Por eso, en vez de transcribir, el viajero anota: Al llegar, al igual que ocurriese en San Pedro de Rocas, no hay nadie en el cenobio. Una mujer joven, encargada de la recepción de visitantes, les vende la entrada y comenta con los viajeros las obras de restauración que se han hecho desde que en 2003 lo visitaran por vez primera. Destaca, entre lo que verán, las pinturas renacentistas aparecidas en los muros al retirar el retablo, así como el arco poli-lobulado que da paso al claustro, del que se mantienen en pie dos de sus lados. 




            Ya solos, acariciados por la suave brisa de la tarde, que al tiempo ensaya acordes imposibles entre las ramas de los castaños, se detienen ante el rosetón, cuya forma, tanto ahora como la primera vez que estuvieron aquí, les trae a la memoria la cabeza del ratón Mickey Mouse; pasean por el claustro herido; suben al primer piso, desde cuya balconada observan una franja de Sil; fotografían la iglesia, de una sola nave; respiran. Respiran no sólo este aire, también esta luz y este silencio: silencio fértil, que propicia la comunicación con uno mismo, la comunión gozosa con la naturaleza; tan lejano de ese otro silencio, cobarde, que sólo sirve para ocultar el daño y la injusticia bajo el miedo; que golpea con insidia sobre el débil, sobre el inocente, sobre el menesteroso. Silencio fértil éste, que dará en palabra, ojalá que granada.




Embriagados por la magia del instante, se dan sin tasa a ella, sin urgencias por nada que no sea tanta serenidad. Cuando oyen la llegada de nuevos visitantes abandonan el sitio, ya de recogida, rumbo a Santo Estevo.   


    

2 comentarios:

  1. Siempre es difícil ser objetivo con los lugares que, de un modo u otro, nos han edificado, pero no creo exagerar si digo que no hay otro lugar como Santa Cristina (al que los más viejos lugareños aún conocen como San Benito), al menos yo no lo conozco. Será tal vez porque la primera vez que lo vimos (fue una experiencia compartida) el conventillo estaba completamente ganado por la naturaleza y fue muy emocionante descubrir en pleno corazón del bosque el trazo noble de la piedra labrada. Nunca he olvidado aquella primera impresión, sin duda lo más parecido al descubrimiento de un tesoro, al estilo de las viejas novelas juveniles, que haya vivido nunca. Emociones y recuerdos ahora avivados por tus palabras y las imágenes de Carmen. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Alfredo, puedo imaginar tu asombro ante descubrimiento tal. Si ya impresiona, bien aseado y dispuesto para mostrarse al público, estoy seguro de que "en plan salvaje" debe ser sobrecogedor. Celebro que estos apuntes sirvan para rememorar y avivar gratas impresiones pasadas. Después de éste, sólo quedan dos para cerrar el ciclo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar