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viernes, 13 de mayo de 2011

Apuntes de viaje (37: final)


 [El Sil, entre Cañones]

48.-

       Amanece nublado. Se ve que, aun con algunas horas de retraso, las previsiones meteorológicas acabarán por cumplirse, y las lluvias y tormentas anunciadas para el día de ayer se presentarán fuera de plazo, como esas personas con quienes nos citamos y a las que, invariablemente, acabamos por tener que esperar, seguros, empero, de que aparecerán siempre. A la vista del cielo encapotado —imagen que observan con la ventana abierta y agradecidos a la brisa fresca que entra en la habitación, demasiado calurosa toda la noche al no funcionar el aire frío del edificio, según les confirmó ayer un empleado de mantenimiento— puede ser un buen día para ponerse en ruta, similar al que les hizo cuando salieron de Talavera hacia Oporto, hace sólo seis días. ¡Seis días! El viajero vuelve a dar fe de la relatividad del tiempo, de la propiedad de éste para encogerse o estirarse a su capricho; para anclarse, si se da el momento —habitualmente, doloroso—, o viajar a velocidad de vértigo, caso de que la felicidad nos acompañe. En esta ocasión, sin embargo, el tiempo se le muestra en su doble rostro: se ha pasado en un suspiro, por supuesto; pero, a la vez, son tantos los descubrimientos y tan llenos de vida e historia los lugares visitados, que todo ello rebosa en su interior, de modo que le parece también increíble que tanta vivencia quepa en tan pocos días. Y así, colmados éstos, cobran un distanciamiento mayor del que, por ejemplo, adquieren en el rodar diario, cargados de lugares comunes.
Aseados y con la maleta preparada, bajan a disfrutar del desayuno en esta mañana de domingo. Hoy, sin embargo, son ellos los que parecen haberse adelantado al resto de los huéspedes. Pues, cuando entran en Cafetería, apenas hay cuatro o cinco mesas ocupadas, la mayoría por parejas jóvenes.
Cumplido el trámite del desayuno, en el que se recrean sin urgencias, entregan la llave en Recepción y comentan al empleado que los atiende el calor que han pasado durante la noche. El hombre, amablemente, les entrega una ficha para que dejen constancia de la reclamación. Hecha y firmada, se ponen en ruta. Son las diez y media de la mañana y aún no llueve.
Conforme se aproximan a Ourense, quedan atrás bosques, montes y valles; verdes praderas donde, de tarde en tarde, puede verse algún paisano trabajando, alguna carreta, algún hórreo. Ya en la capital, el viajero confunde la ruta —“Ves, si tuviésemos GPS…”— y durante unos minutos callejean perdidos. Minutos más tarde están en la A52, aún poco transitada. A pesar de ello, o quizá por ello mismo, los coches que circulan parecen ir con mucha prisa, y uno tras otro adelantan a los viajeros que, con la intención de retener las últimas horas fuera de casa, se complacen en el paisaje y en cualquier detalle que observan en la ruta: un campanario medio derruido, un nido de cigüeñas en lo alto de un torreta de la luz, una pareja de milanos suspensos en el cielo, dueños y señores del espacio y al acecho de cualquier presa que cruce sus dominios… Cualquier minucia la observan y comentan con interés, como si durante estos días de constante ejercicio en busca de descubrimientos hubiesen aguzado los sentidos, alerta ahora siempre, y siempre dispuestos al asombro, al disfrute, a la iluminación.
Como O Douro, en Oporto, discurre hacia la mar, o El Sil baja a juntar sus aguas con el Miño, así también los viajeros se acercan al fin de su viaje: Zamora, Salamanca, Bejar, Plasencia… Mañana, instalados de nuevo en el quehacer diario, recordarán estos días de puentes y de ríos, de mercados y templos, de plazas y cafés; este tiempo de mirada cómplice. Conscientes de que cuanto descubrieron juntos no es sino un paso más hacia la felicidad, que no les aguarda en un lugar etéreo, ni al final del camino, sino que reside en el instante, en los nimios placeres, en una carcajada arrancada por sorpresa, en la posibilidad compartida de seguir compartiendo. Y, siempre, en lucha continua con el dolor, con las sombras diarias, con el verdín devastador de la rutina, que acechan, ponzoñosos. Cuanto han visto —ahora sumado a las ciudades y parajes que descubrieron antes y a los momentos que no caben aquí y a los que el viajero, por mucho que lo intente, no sabrá poner nombre— acaso con el tiempo se vaya diluyendo. En el recuerdo, confundirán lugares y cambiarán de sitio monasterios, catedrales, miradoiros… Sin embargo, más allá de tales menudencias, la esencia del viaje será ya parte de ellos: manantial de gozo, silencio fértil.

Nota Final: Todas las fotografías incluidas en estos Apuntes de Viaje a excepción de la aparecida en la entrada del 13 de abril, del Café Majestic, cortesía de Elías Moro son obra de C. E. L. 

4 comentarios:

  1. Que así sea, Antonio. Gracias por compartir viviencias, paisajes, silencios, emociones, comidas, ocurrencias y concurrencias, itinerarios sin gepeeses, partes meteorológicos... Ha sido un gusto seguir este dilatado periplo de seis días durante más de un mes. Como dices, extraña sustancia la del tiempo. Está bien lo que bien acaba. Un abrazo.

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  2. Antonio: una espléndida crónica de un viaje envidiable que los lectores hemos podido hacer con vosotros.

    Gracias a ambos por este recorrido portugués.

    Abrazos.

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  3. Gracias, Elías, a ti y a los que, desde el otro lado, han ido motivando a este cronista para que no se quedase en medio del camino. Ahora, a ver si hubiera suerte y el texto se compila donde la tinta huela.

    Un abrazo.

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  4. Estupendo el relato, Antonio. Enhorabuena.

    Te debo una respuesta... ya sabes que me han tocado momentos difíciles y sigo en mi particular lucha.

    También he estado unos días de viaje. Me fui a Santiago de Compostela y Coimbra como puntos principales y luego escapadas a otras poblaciones y paradas en ruta que han estado muy bien, aunque hayan sabido a poquito.

    En fin que regresé cansada jejejeje y eso que el viaje era por descansar un poco :)

    Abrazos.

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