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viernes, 17 de junio de 2011

El juicio

[Imagen tomada de josecarlos.wordpress.com]


            Resulta extraña esa doble sensación que experimento a veces, cuando, ante un texto escrito y olvidado, me doy a su lectura. En ocasiones me sorprende y deslumbra, como si no hubiera sido yo aquel que lo escribiera. En tal caso, siento un placer íntimo que reafirma mi ego y me dice que, aunque sólo sea por momentos así, merece la pena continuar escribiendo. Sin embargo, también hay veces en las que cuanto escribí y repaso me parece infame. Y me indigno conmigo y me reprocho este capricho mío de querer decir. Con el tiempo, también he aprendido a relativizar ambas experiencias, y a dejar que otros sean los jueces de la cosa. Aunque gran parte del cuerpo del delito lo mantenga aún oculto.

2 comentarios:

  1. «A veces escribo algo tan hermoso que me horrorizo de saberme desconocido», anotó más o menos (cito de memoria) en su diario el Carlos Edmundo d'Ory de los años postistas. Esta reflexión tuya sobre los vaivenes de la autoestima y la valoración propia de lo escrito me ha traído a la memoria la frase. ¿Cómo no identificarse con ella, al menos en esos momentos de alegría, tal vez de exaltación, en los que llegamos a creer que las palabras son transparentes? Y aunque sepamos que no tardará en llegar la opacidad, en nuestra naturaleza está inscrita, quién sabe por qué, la necesidad de volver a intentarlo.

    Un abrazo

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  2. Alfredo, de haber conocido la frase de d'Ory, quizá no me hubiese ni atrevido a dar forma a mis palabras, tan en su línea. Y sí, esa aspiración a la transparencia quizá sea la que nos haga continuar tropezando una y otra vez en la piedra del verbo. Hasta que consigamos traspasarla. O a pesar de hacerlo, de cuando en cuando.

    Un abrazo.

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