Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

sábado, 4 de junio de 2011

Hablo de mí si de escribir se trata

[Imagen tomada de ctv.es]


Soy sólo un labrador de la palabra
—no hay vanidad alguna en tal aserto—.
Cuanto siembra mi voz y mi voz labra

y cuanto al fin cosecho de este huerto
es consecuencia de quien, ojo alerta,
aprende de la ciencia del experto.

Por el surco que trazo, senda incierta,
marcha mi voz,  mi mano va confusa;
y las dos, al asombro que despierta

el brote germinal donde la musa
alguna vez dispone a la sorpresa
la llamarada de una luz abstrusa.

Mas este oficio, a mi pesar, me pesa:
me falta lucidez y rebeldía,
y aguantar mucho más frente a la mesa.

Que no suele surgir la poesía
como surgen los naipes de la mano
del mago que regala fantasía.

Al ser, además, planta de secano
—vuelvo a apelar a símil tan labriego—
precisa de la ciencia de lo arcano,

de la debida proporción de riego,
de cultivo adecuado, y de semilla
que haya prendido en tierra de sosiego.   
        
Y con todo, tamaña maravilla
no brota porque sí, pues no es lo mismo
el verbo en llamas que una lamparilla 

que toma su fulgor de un neologismo
y, apenas sí se nombra, parpadea
y se traduce en humo y espejismo.

Yo escribo a la llamada de una idea:
una intuición fugaz, deslavazada,
que a tientas por las sílabas rodea

extensiones de niebla atrincherada
en el amanecer de la escritura,
y acaba por ser luz… o acaba en nada.

Pero es mi mano la que da cordura,
al dictado cabal de mi cerebro,
a la materia, por demás, impura

en la que me desnudo y me celebro,
o en la que me desdoblo, recurrente,
saltando de un regate a otro requiebro.

No escribo porque sea diferente
del hombre que camina cuando paso
y responde a mi nombre entre la gente.

Ni porque aspire a entrar en el Parnaso:
un lugar, como el Limbo, que ni existe
ni preserva al poeta del ocaso.

Y, aunque a un halago nadie se resiste,
tampoco he escrito nunca por halagos,
que no hay nada más burdo ni más triste.

Cuando pasó el amor con sus estragos
—hace tanto que, casi, ni memoria
tengo de aquellos tiempos tan aciagos—

acudí, de manera disuasoria
contra tanto dolor, a la elegía,
y allí dejé reflejo de mi historia      

en una desolada trilogía
que hoy me parece ajena y tan marchita
como torpe y mendaz su apología.

Allí dejé mucha tristeza escrita,    
con mucha afectación y mucho duelo,
con mucha soledad y mucha cuita.

Después de aquello, quise alzar el vuelo
tras el silencio. Y la palabra era
halcón con sed de altura y el señuelo  

con el que dar alcance, a mi manera,
a un horizonte en el que los matices
fueron también la voz de otra quimera.

Y no es que aquél dejase cicatrices
como dejó el amor, si es que lo hizo:
es que me confundió con sus barnices.

Así el silencio, célibe y huidizo,
siguió a lo suyo, mientras yo buscaba
la puerta abierta de otro pasadizo.

He seguido escribiendo. Nada acaba
definitivamente. De este modo
bajo hasta la penumbra de la cava,
                           
donde antes hubo pérdidas y lodo,
y a tientas dejo signos de ternura
que acaso alcancen cuerpo y acomodo.

Hasta donde me lleve esta aventura
—bajar a la bodega— ya no es algo
que vaya a producirme calentura.
                  
Voy sabiendo quién soy y lo que valgo.
Y sé que lo que entrego es luz dudosa
que antes penetró en mí, de la que salgo

a través de mi mano temblorosa.
Al escribir, pregunto y me respondo.
Y, aunque escuche el silencio de la rosa

brotando musical de lo más hondo
del corazón del tiempo, soy consciente
de que no dejaré forma ni fondo

del asombro que encierra su simiente.
Limito con quien soy, y al infinito
se va por un camino diferente.

Labrador de mi voz —afán fortuito—
trabajo en la palabra hospitalaria
que siembra la razón con cada escrito,

la riego con la sangre necesaria,
y en alguna ocasión también me callo
para hacer del silencio una plegaria.

Después de mucho intento y mucho fallo,
—quizá no tanto como el verbo exige—
dejo de hollar donde jamás me hallo.

Que es la palabra la que, al fin, elige.

No hay comentarios:

Publicar un comentario