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domingo, 5 de junio de 2011

Una noche (*)




            Una estación más y abandonaré los túneles para salir nuevamente a la superficie, dejaré de respirar este olor nauseabundo y me dirigiré calle adelante a la casa. A las doce y media de la noche, tras una jornada de diez horas de trabajo, apetece olvidarse de todo, descalzarse, y tumbarse en la cama con la mente en blanco. No ya dormir, que en estas noches del mes de agosto, y en Madrid, es casi un sueño; pero sí procurar relajarse, abandonarse a lo que el cerebro quiera hacer de una: viajar por países desconocidos, quedarse algo más cerca y pensar en el próximo examen de conducir, a ver si de ésta logramos aprobar... Porque hay que ver cómo se han puesto de tiquismiquis los examinadores: que si no ha cedido el paso al vehículo que salía por la derecha, que si no ha dado el intermitente, que si ha frenado en medio del paso de peatones..., que tampoco era eso, porque el maldito peatón, y permítaseme el improperio, había comenzado a cruzar cuando antes me había hecho señal de cederme el paso. En fin, a lo que iba: pensar o no pensar, pero cómodamente, en casita, con los pies descalzos y la luz apagada, para que no entren los mosquitos. Una estación más. Y, sin embargo, el convoy, que parece no querer arrancar nunca, continúa detenido y aguarda a no se sabe qué. Los pocos viajeros que a esa hora de la noche y en la antepenúltima estación aún quedan en los vagones, parecen ajenos a la parada. Unos dormitan, otros aún tienen moral para leer el periódico, y una pareja de novios se entretiene en amorosos juegos sin importarles que la detención dure ya más de quince minutos. Por fin, tras una pequeña sacudida, el tren vuelve a ponerse en marcha y se adentra en el túnel apestoso, infinito.
En la calle el calor es sofocante. No se mueve ni pizca de brisa y parece que los elementos se aliaran para dificultar la respiración. Es preciso llegar pronto a casa, descalzarse, dormir...; al menos, descansar. Tal vez hubiera sido preferible aceptar la invitación de Carlos y estar ahora tomando una copa en algún pub de potente refrigeración; quizá haber ido al cine a ver cualquier cosa y regresar un par de horas más tarde, cuando la temperatura fuese más suave, quizá gracias a un ligero viento que patrullara la calle. Pero como el refrán dice: a lo hecho, pecho. Y ahora lo único deseable es alcanzar el edificio, abrir la puerta, esperar que el borracho que confunde el portal con El Palace no esté hoy durmiendo en el hueco de la escalera, entrar en la casa y tomar posesión de mis dominios. Mañana tal vez pueda pensar en otras cosas, como ir al teatro o vivir la noche hasta que las fuerzas digan que no puedo más.     
Por fin alcanzo el descansillo y me dispongo a introducir la llave en la puerta. Una vez dentro podré complacerme con ese descanso repetidamente imaginado. Además, este fin de semana estaré sola. Tanto Luis como Virginia se han ido a Soria, y soy la dueña absoluta de la casa. Introduzco la llave, abro... ¿Abro? La cadena está echada por dentro, y al empujar la puerta ésta rebota hasta casi darme en las narices. No lo entiendo. Lo primero que pienso es que hay ladrones. Me entran unas ganas enormes de salir corriendo a la calle para pedir auxilio. Sin embargo, simultáneamente, decido que esa posibilidad no es muy lógica, que lo natural es que mis compañeros de piso se hayan quedado a pasar el fin de semana. A fin de cuentas, un plan siempre es susceptible de ser modificado. Pulso el timbre. Primero con toques cortos, después con el dedo materialmente pegado al pulsador. Cuando han pasado cinco minutos sin que nadie conteste desde dentro y los vecinos del piso de arriba se han asomado para ver lo que pasa, comienzo a pensar que tal vez sí haya alguien robando; o que, si no es así, puede haber ocurrido alguna desgracia. Empiezo a ponerme nerviosa. El señor Julián, el vecino de arriba, que es repartidor del butano y ha bajado con un pijama a rayas muy apañado, golpea la puerta con la mano abierta, a la vez que grita con voz ronca y potente: "Luis, Luis... ¿Pero hay alguien en casa?"
            Como sigue sin contestar nadie, sugiere que echemos la puerta abajo; si ha sucedido algo es preciso averiguarlo cuanto antes. El problema es la casera, y no precisamente la gaseosa, ya que las relaciones con ella no son muy buenas, y si dañamos la puerta, y después resulta que no ocurre nada, puede ser motivo suficiente para que nos largue. La mejor solución —se me ocurre sobre la marcha— es  avisar a los bomberos. Puede que estén aquí en pocos minutos, y que les sea fácil entrar en la casa por la ventana del patio de luces. El señor Julián me confirma que desde su ventana pueden descolgarse sin dificultades, y que él mismo lo haría si tuviese una buena soga a la que amarrarse. "Ni hablar del peluquín", dice rápidamente su señora, que al parecer no quiere poner en peligro las  preciadas carnes de su marido. "¡Con lo arriesgado que es  eso! Lo mejor es avisar a los bomberos, como muy bien ha dicho la chica." Tengo que bajar a la calle para buscar una cabina, pues el señor Julián, no sin reparos, confiesa que su teléfono lo han cortado por falta de pago: "Un error del Banco. Ya sabe usté, las cosas de la informática."
            Hubiera sido extraño que la primera cabina estuviese en condiciones. Es la una menos dos minutos de la noche, y tengo que cruzarme medio barrio hasta que doy con una que por fin funciona. Bueno, debe de funcionar a la vista de lo que se enrolla una jovencita que al parecer está hablando con su novio. El chico hace la mili en Torrevieja, y el fin de semana lo está pasando en casa de sus tíos. Se encuentra bien, y espera que dentro de quince días le concedan un permiso, siempre que el burro del sargento que tienen no decida lo contrario. Lo de "el burro de sargento" lo ha repetido la jovencita más de diez veces. Se les ve tan enamorados, y son tan dulces las cosas que se dicen (el volumen de sus voces invita a intervenir en su conversación, aun sin quererlo), que me cuesta un poco apremiarla para que cuelgue. Luego, pensando en lo que les pueda haber ocurrido a mis compañeros de piso, le ruego que deje algo para el próximo día; que el chico ya se enterará de que hace calor en Madrid por la prensa, y que lo  del concierto de Madonna también lo dirán por la tele. Al colgar la muchacha —no a consecuencia de mis súplicas, sino cuando se le terminan las monedas— son ya las dos menos veinticinco de la madrugada. Desde luego, si ha pasado algo, creo que no voy a llegar a tiempo. Tal vez debiera de haber seguido los consejos del señor Julián en cuanto a lo de tirar la puerta abajo. Los bomberos, en esos momentos, atienden un aviso de emergencia: un serio incendio en la carretera de La Coruña, tienen allí a todas las dotaciones. La persona que coge el teléfono me sugiere que llame al 091.
            Al otro lado una voz grave, muy grave más bien, se pone a mi disposición amablemente. No sé cómo pueden haberle sonado mis palabras porque enseguida comienza a tratar de tranquilizarme: "Cálmese y vuelva a su casa. En dos minuto estarán allí unos compañeros. No haga absolutamente nada, y aguarde, por favor. Ya verá como solucionamos su problema." Cuelgo sin dar las gracias —para entonces sólo pienso en alguna tragedia de portada de El Caso— y corro a toda velocidad hacia el piso. Esos dos minutos que me han asegurado tardará la patrulla policial son un reto para mis pocas fuerzas. He de estar allí cuando lleguen, me digo una y otra vez, conforme cruzo de nuevo el barrio a la carrera. Al entrar en el portal, doce minutos y medio después de mi llamada, no hay ni rastro de los agentes. Subo los escalones de dos en dos y el señor Julián, que aún aguarda junto con su familia el desenlace de la historia, me confirma que allí no ha llegado nadie. Más rabia, más ira, más nervios. Vuelvo a gritar con todas mis ganas el nombre de Luis y de Virginia. Alguien, al otro lado del patio de luces se queja de que así no hay quien pueda dormir. En el interior sigue el silencio más absoluto. Cinco minutos más y una pareja de policías hace acto de presencia en el edificio. Cuando preguntan qué pasa exactamente, el señor Julián, su señora y una servidora nos atropellamos con las palabras, cada cual tratando de explicar la causa de aquella reunión de vecinos tan a deshora. Uno de los polis manda callar, y pide que sólo hable una persona. Como mis fuerzas ya no dan más de sí y el señor Julián siempre fue muy del régimen y a los uniformes los  tiene aprecio, se presta amablemente a contar que esta señorita ha llegado a su casa, en la que vive con otra pareja, y al intentar abrir la puerta se la ha encontrado cerrada desde dentro, con la cadena, ya ve usté, y que por más voces que damos y golpes que atizamos a la puerta no sale nadie. Por lo que, con buen criterio, vamos, digo yo, les hemos avisado a ustedes. Que pensamos que la mejor forma de entrar en la casa es descolgándose desde el piso de arriba con una buena cuerda, porque de romper la puerta nada, que luego la casera, que es muy suya, puede pensar que los jóvenes no le cuidan el piso con el decoro que se merece, y...
            A los cinco minutos, por fin, la entrada queda expedita. No porque alguien se haya descolgado desde el piso de arriba para entrar por la ventana del patio de luces, sino porque el más cachas de los agentes ha pegado una patada a la puerta y ha mandado la cadena a hacer gárgaras. "No se preocupe, si la dueña pusiese algún reparo, nosotros actuaríamos, lógicamente, como testigos." Se ve que no tienen ganas de hacer de saltimbanquis. Intento entrar la  primera, pero un agente, con gesto muy cinematográfico, me lo impide. Pistola en mano se introducen como en los telefilmes americanos: primero uno, después el otro; después... una servidora, el señor Julián, su  parienta y Juliancín, el pequeño de la familia. En el  comedor parece estar todo en orden, y no hay signos de que  alguien haya allanado nuestra humilde morada.
Entonces es cuando oímos pasos que provienen de la habitación de mis compañeros. Un policía nos indica que salgamos y se preparan para una posible intervención. No da para más, porque en ese momento Luis aparece con pasos de sonámbulo. Cuando ve a tanta gente, da las buenas noches y continúa hacia la cocina; luego se vuelve y pregunta que a qué viene que estemos todos allí, mirándole como alucinados. Intento explicárselo, pero en ese momento, mira tú por dónde, me da por llorar. "Los nervios, claro", dicen todos. Los nervios, el cansancio, y porque me da la gana. Lo  explica el Señor Julián, siempre en el tono amable y castizo que le caracteriza. Luis no sale de su asombro. "Virginia se ha tenido que ir al pueblo porque su abuela está ingresada en el hospital, y yo me he echado a dormir. ¡Tenía tantas ganas de llegar a casa, olvidarme de todo y descansar a pierna  suelta...!"
            No sé si matarlo o pegarme un tiro.

            (Talavera de la Reina, 24‑XI‑1990)


(*) Con evidente afán de exageración, pero, en esencia, sin inventar nada, escribí este relato en 1990. La anécdota, real como la vida misma, le ocurrió a una amiga. Hoy, con los avances técnicos en cuestiones de telefonía, la puesta en escena hubiera sido, a la fuerza, otra.   

3 comentarios:

  1. Pues me ha encantado la forma en que nos narras la historia. Arrastra y mantiene el interés hasta que finaliza.

    Felicidades, Antonio.

    Abrazos.

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  2. Sigo aqui pero ando muy liada.
    Un abrazo
    Esmeralda

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  3. Luisa y Esmeralda: gracias por la visita. Un abrazo a ambas.

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