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miércoles, 6 de julio de 2011

Frente al espejo

[Imagen tomada de: fernandoalfredo.blogspot.com]

            Esa mañana, frente al espejo, descubrió que sus ojos no estaban a la misma altura. El día anterior, sin ir más lejos, ambos se asentaban sobre un mismo plano imaginario, una misma línea virtual que trazada de izquierda a derecha, o viceversa, atravesara su rostro un poco por encima de los pómulos y de la mitad de su nariz. Era como si el ojo izquierdo, durante la noche, hubiese descendido unos milímetros hacia la comisura de los labios; o, por el contrario, fuera el derecho el que escalara a la planicie de la frente. Salvada su extrañeza, achacó aquel efecto óptico al insomnio que aquella noche lo había martirizado, y, sin querer darlo más vueltas, se metió bajo la ducha, a la espera de que el agua le devolviese a la cordura. Sin embargo, cumplido el ritual del baño que marcaba el comienzo de cada día, comprobó, otra vez en su propio reflejo, que sus ojos continuaban en el mismo lugar que ocuparan poco antes, cuando los observase medio adormilado. De repente, aquel rostro, que no dejaba de ser el suyo, era el de un auténtico desconocido. Y esa sensación de extrañeza, de otredad, lo angustió de repente, hasta el punto de apartar la vista del espejo con rabia e impotencia. Salió del cuarto de baño y, casi, de forma imperceptible, apreció que también en la casa se habían producido pequeñas transformaciones. Nada grave, por supuesto; nada que saltase a la vista a las primeras de cambio; nada que nadie, que no fuese él, podría detectar; que acaso él tampoco llegara a definir racionalmente, pero que en cualquier caso advertía e incidían en su ánimo y su desasosiego. En un momento, incluso, se preguntó si no estaría muerto; si aquellas variaciones que ahora observaba no obedecerían a un cambio en su propia naturaleza. Quizá, se dijo, soy mi propio fantasma, y ese hecho explica por sí mismo cuanto ahora estoy experimentando. Con esa idea, y cierto temor, fue hasta su habitación. Sospechaba que allí, sobre la cama, descubriría su cadáver: un cuerpo inerte, aparentemente dormido, ajeno ya a todo lo que pudiera atañer a las cosas de este mundo. Por el contrario, él, o sea, su propio fantasma, estaría condenado a vagar por un espacio sin dimensiones hasta quién sabe cuándo. Sin embargo, la cama estaba vacía, las sábanas revueltas, el lecho frío. Inspiró y expiró profundamente: varías veces. Más tranquilo, cayó en la cuenta de lo absurdo de estos pensamientos. No soy un personaje de un cuento de terror, se oyó decir en voz alta. Todo esto es ridículo. Volvió al cuarto de baño, decidido a aclarar definitivamente aquel malentendido consigo mismo. Allí, frente al espejo, no había nadie.

3 comentarios:

  1. Excelente relato, Antonio: desde el más crudo y cotidiano realismo salta hacia esa dimensión de lo extraordinario que de un modo u otro está presente en nuestras cabezas (y nuestras vidas) para acabar con esa salida "airosa" de la imagen fugada del espejo. Ya digo, excelente, me ha encantado.

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  2. Gracias, Alfredo. Éste es uno de los relatos en los que enredo ahora. A ver en qué quedan.

    Un abrazo.

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  3. Estoy dando una vueltecita por tu "casa" y éste me ha encantado!

    Tendría que venir más a menudo por mi propio bien, pues llevo sólo un ratito y me están entrando unas ganas enormes de ponerme a escribir. Ya ves, tu escritura se mete dentro y espolea. Eres un lujo. Te debo una respuesta, no me he olvidado.
    Abrazos.

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