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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Salió a la calle y se perdió en las sombras

[Imagen tomada de psicodelica-vialactea.blogspot.com]


      
Una vez más, ante las teclas de la máquina, fue consciente de su impotencia; una vez más la nada flotaba alrededor y las ideas se enquistaban en su cerebro sin que fuese posible sacarlas a la luz. Allí estaba él, luchando a brazo partido con el diccionario y el tiempo, para escribir una buena historia, una historia distinta a todo lo ya escrito, capaz de catapultarlo definitivamente a la cima soñada. 
En realidad, reconocía su fracaso como escritor desde mucho tiempo antes. Unas razones u otras le habían llevado a una sequía casi total, y apenas unos relatos con una prosa pulcra, eso sí, pero carentes de la fuerza e interés suficientes para enganchar al lector, eran su patrimonio. Más de una vez, en sus textos, se había aventurado por países exóticos, como si el hecho de ubicar una historia en algún lugar para él desconocido fuese suficiente razón para hacer de ella un buen relato. Escritos cinco o seis capítulos, y cuando la trama llegaba a un punto sin posible continuación ni retorno, acababa por renegar de los personajes como si se tratasen de seres con vida propia que hubieran conspirado contra él desde el principio de la narración.
Cuando esto ocurría terminaba por encerrarse durante varios días en la casa, olvidándose de todos y de todo, a excepción de la bodega, que vaciaba con avidez mientras se hundía en un pozo sin fondo en el que contemplaba retazos del pasado, fragmentos de posibles historias malogradas, y capítulos enteros de grandes narradores a los que siempre quiso parecerse.
La última vez que pasó por semejante trance tuvo que ser Bea, avisada por algún amigo, quien viniese a poner una vez más orden en su vida. Lo encontró tiritando en el sofá, con una botella de coñac casi vacía, y el cenicero atestado de colillas. Tenía fiebre y estaba borracho. Al verla comenzó una larga perorata sin mucho sentido, mientras se resistía a entrar en la cama y aseguraba haber hallado el argumento que siempre había soñado: “Esta vez di con él, la novela se va a escribir sola. Será grandiosa, Bea, grandiosa...” Era una clara mañana de diciembre, y por la ventana de la cocina llegaba la monótona cantinela de los niños de San Ildefonso.
Tras aquel episodio estuvo dos meses en tratamiento, y cuando por fin salió de la clínica donde fue internado parecía una persona diferente, como si durante ese tiempo, lejos de sus libros y su mesa de trabajo, una extraña metamorfosis le hubiese hecho perder el interés por la literatura.
Como en ocasiones anteriores, Bea fue a recogerle con el coche. Mientras circulaban, tras unos minutos de silencio, le preguntó por sus proyectos. Miguel la miró como si no la viese, y se limitó a encogerse de hombros.
De eso hacía tres semanas, y otra vez se empeñaba en dar forma a un relato que por momentos veía terminado, y, acto seguido, parecía perdido para siempre. Al contrario que en ocasiones anteriores, donde el argumento se desarrollaba en lugares exóticos que le permitían dejar volar su imaginación, ahora hablaba de un escenario de sobra conocido, su ciudad; y un protagonista, él mismo. Sentía que tras muchos intentos era allí, en su propio ambiente, diseccionando aquella jungla humana, y a él mismo, donde podría por fin verter todas las ideas que desde muy atrás le obsesionaban.
El relato hablaba de un hombre de unos cuarenta y cinco años, catedrático de matemáticas en la universidad y aficionado al arte, que había conocido casualmente a una mujer capaz de proporcionarle cierta pieza de un famoso escultor, presuntamente robada, que ejercía sobre él una irresistible atracción. La pugna entre su sentido ético y el deseo de obtener aquella obra permitía al autor reflexionar sobre la condición humana, para lo cual cada frase, cada palabra, antes de ocupar su lugar en la página virgen, eran analizadas hasta lo más profundo de su significado. Así, escribir una línea se convertía en algo realmente agotador, un trabajo fatigoso que en más de una ocasión le llevaba a querer abandonar, como tantas veces había hecho.
Por fin, tras un tiempo que no sabría medir, con la mirada fija en los últimos renglones escritos, tuvo la sensación de que, definitivamente, había dado con el hilo y el tono de la historia. Era como si una voz interior, amiga al tiempo que desconocida, comenzara a dictarle. De este modo se dio a una escritura voraz y a desarrollar la trama por caminos completamente distintos a los que en principio había trazado. El catedrático, enamorado de la mujer, emprendía un verdadero descenso a los infiernos, a lo largo del cual renegaba de todos los valores que en otro tiempo fueran fundamento de su existencia. A la vez, el discurso narrativo adquiría mayor tensión y, conforme avanzaba en la escritura, todas aquellas vidas creadas, eran consecuencia de una lógica mágica y sencilla. Todo encajaba con exactitud, como si de un gigantesco rompecabezas se tratase. Jamás antes había experimentado una sensación parecida. Cuando quiso darse cuenta, las últimas luces del atardecer daban paso a la primera avanzadilla de la noche. Se sentía muy cansado, pero no le importaba: había puesto el punto final en su relato.
Con parsimonia se quitó las gafas, y con el índice y pulgar de la mano derecha masajeó suavemente la nariz mientras pestañeaba repetidamente; luego, tras volverse a poner los lentes, introdujo un disco en el ordenador, y efectuó una copia de seguridad. Después, salió a la calle y se perdió en las sombras.
Con esas palabras había concluido su relato, y ahora las repetía mientras cruzaba el umbral y dejaba la casa, camino de ningún lugar, dispuesto a perderse en la noche, convencido de que algo sorprendente y gozoso, en algún lugar indefinido, lo aguardaba.

2 comentarios:

  1. Intenso bucle narrativo, Antonio: me produce la sensación, al leerlo y leerme en él, de que la anécdota narrada se acerca y se aleja, como si la mirara alternativamente por un lado y otro de unos prismáticos. Transmite melancolía y verdad, y acierta a nombrar la necesidad de recorrer un desierto para poder escribir en estado de gracia, si tal cosa fuera posible, amparados por el milagro gratuito (tal vez tan azaroso como un premio de lotería) de que por fin llegue la hora en que la escritura se imponga con su «lógica mágica y sencilla», como aquí ocurre (y muy por encima del peso algo gravoso, redundante, de algunos adverbios o del menor descuido de alguna concordancia mal resuelta). Un excelente relato. Invita a volver para seguir la raya de luz que entra por la rendija de las últimas palabras y perderse entre la claridad de sus sombras...

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  2. Gracias, Alfredo, por tus palabras de ánimo, no exentas de -como debe ser- su correspondiente crítica. Soy consciente de que este pequeño relato no ha salido del todo redondo; de hecho, estuve dudando durante bastante tiempo en subirlo, o no. Al final, me decidí a la espera de alguna respuesta que me pudiera dar pistas más allá de mi propia mirada. De momento, ahí sigue, en la carpeta de lo "revisable".

    Un abrazo.

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