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viernes, 7 de octubre de 2011

La vida en el pretil

[Imagen tomada de Google: http://www.fotolog.com/nachitofsrr/51085091]


El hombre está sentado en el pretil del puente, y balancea los pies en el vacío mientras observa abajo las paralelas del ferrocarril, que atraviesan el viaducto y se pierden unos cientos de metros más arriba, en la boca negra del túnel que horada la montaña. El hombre, sudoroso, está sentado en el pretil del puente, y a su espalda, primero un silbido y más tarde la vibración de los pilares, como si del comienzo de un temblor de tierra se tratase, le anuncian la inminente aproximación de ese reptil metálico que mostrará la cabeza y a continuación el resto del cuerpo: un indeterminado número de anillos que conforman el convoy, un áspid que se arrastra veloz y que él verá pasar bajo sus pies en medio de un estruendo que, por unos instantes, se hace dueño y señor del paisaje, al mismo tiempo que por su mente fluyen, de forma aleatoria y caprichosa, imágenes de su ayer. El hombre así, sentado en el pretil del puente, balanceando los pies en el vacío, observando el paso veloz del tren, aprieta sus manos con fuerza contra el muro de piedra en el que ahora se apoya; perdido el sentido del tiempo y su medida, la perspectiva a su alrededor, su propia conciencia. Siente el sudor, como un leve riachuelo, corriéndole por las sienes, la espalda, las manos… hasta gotear finalmente contra el asfalto que lo absorbe. Como si la tierra, con ello, pretendiese borrar toda presencia del hombre que ve pasar el tren y su vida, al unísono; del hombre cansado, abandonado de sí mismo, dispuesto (o tal vez, arrastrado) a desembocar definitivamente en un virginal silencio donde ya nada importe.
Parece mentira con qué velocidad puede pasar la vida por delante en un momento así, de qué forma se superponen vivencias e imágenes que parecían perdidas para siempre y que surgen al conjuro de quién sabe qué extrañas fuerzas: paisajes, como fotos fijas tomadas en un lugar por el que nunca más volverá a pasarse; rostros de personas que ni siquiera fueron importantes en la vida, que se archivan en un rincón del cerebro tras haberse cruzado con ellas repetidamente, o a quienes se saludó maquinalmente antes de comprar el periódico o el pan durante muchos días, hasta hacer de ello una costumbre intrascendente y, de tanta repetición, carente de sentido. Hechos en apariencia banales, descatalogados por la memoria apenas acaecidos y que, sin embargo, en un momento así, se imponen sobre otros que supusieron un punto de inflexión en el difícil y nunca bien aprendido oficio de vivir. A su capricho, el azar proyecta ante el hombre la película de su vida. Pero son imágenes inconexas, como si alguien se hubiera ocupado en cortar en mil pedazos cada uno de los fotogramas para recomponerlos sin orden ni concierto, dando con ello forma a otra narración de su propia existencia, acaso, más real. Después, poco a poco, oculto por completo el animal metálico, comienza a ser de nuevo consciente del paisaje: montes levemente ondulados, cuyos colores ocres, verdes, rojizos, lo devuelven a otro tiempo no demasiado lejano pero que parece perderse en los últimos recovecos de su memoria; un tiempo por el que transitó, ajeno a un futuro ahora hecho presente y empeñado en asolar cualquier vestigio de aquella sensación de plenitud, perdida para siempre. Vuelve a sentir el tiempo alrededor, el sol avanzando casi imperceptiblemente entre las encinas que se dispersan a lo largo de los ribazos y trasladan sus sombras al compás, en una secreta danza de olvidados relojes. Observa los coches que cruzan el puente en ambos sentidos y que poco antes le eran ajenos por completo. Y comienza de nuevo a ser él mismo, quien siempre fue (o, al menos, el que fue la mayor parte de las veces), y vuelve a asentar sus pies en tierra firme, mientras una sensación de vértigo y vómito que apenas puede controlar, pero a la cual logra sobreponerse según camina (las piernas aún temblándole) de nuevo hacia el coche, aparcado un poco más allá; dispuesto a deshacer el trayecto emprendido hace apenas media hora, y que, sin embargo, le parece haber hollado hace un millón de años.

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