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viernes, 28 de octubre de 2011

Un cuento que no es un cuento


            Este cuento tiene poco de cuento, porque es real como la vida misma. Aun así merece la pena ser contado y a ello me dispongo, porque la moraleja debe conocerse, de modo que si alguien se encuentra en una situación parecida actúe en consecuencia. Dicho lo cual, comienzo:

            Érase una vez, no hace ni seis meses, unas jóvenes universitarias que vivían en un piso alquilado en la ciudad en la que estudiaban. En él, disponían de línea de internet, contratada con una de esas compañías operadoras que tanto se parecen entre sí, que te ofrecen el oro y el moro antes de darte de alta y que, a partir de conseguirlo, te tratan como si les debieras un favor. Tales jóvenes observaron que, pasado algún tiempo, no les llegaba la velocidad contratada; es más: no es que la velocidad recibida se aproximase a la señalada en el contrato, sino que nunca superaba la mitad de lo estipulado en él. De este modo, comenzó lo que podríamos calificar de “relación fluida” a través del teléfono, entre las jóvenes y la compañía: llamadas y más llamadas, pruebas de líneas, excusas, aplazamientos… Y así, queridos niños, día tras día, mes tras mes, terminó el curso.

            A la vista de la experiencia, decidieron darse de baja. De modo que con un plazo mayor de cuarenta y ocho horas, tal y como marca la normativa para este tipo de comunicaciones, remitieron un burofax a la compañía dando la orden y solicitando el fin de la facturación a partir de tal fecha: la misma con la que abandonaron la ciudad y regresaron al domicilio familiar. Días más tarde, recibieron un telegrama de Correos en el que se indicaba fecha, hora y nombre y DNI de la persona a quien se le había entregado el burofax en cuestión, con lo cual dieron el asunto por terminado.

            Sin embargo, oh, queridos niños, la historia no había hecho nada más que empezar. Se recibió una factura correspondiente al mes siguiente a la fecha de la baja, y las jóvenes hablaron con la compañía, tratando de hacerles ver, a cuantas personas les atendieron, que aquella factura era incorrecta, pues ya no utilizaban sus servicios y habían dado orden de baja con plazo suficiente. Pero hablar con una compañía es como hablar con una pared. Daba igual las personas con quienes hablasen; una tras otra, todas les decían lo mismo: que el burofax no era la forma de comunicar la orden de baja, que debían haberlo hecho mediante llamada telefónica; además, les insistían, el burofax no obraba en sus registros. Pero cómo es posible, decían ellas, si tenemos justificante de Correos en el que se indica cuándo se les ha entregado y a quién. Y la compañía: pues no tenemos constancia; tienen que pagar esa factura.

            Las jóvenes, sin embargo, se hicieron fuertes. No pagaron ésa ni la siguiente que volvieron a facturarles. A cambio, escribieron de nuevo a la compañía, remitiéndole copia del burofax y del resguardo recibido de Correos. Pero la compañía hizo oídos sordos. Y no sólo eso, sino que derivó el caso a unos señores muy malos y muy pesados, que llamaban a las jóvenes cada dos por tres, amenazándolas con no sé cuántas cosas terribles si no pagaban. Y las llamadas eran a todas horas: por la mañana, a la hora de la comida, por la tarde…; incluso, por la noche.

            Las jóvenes, entonces, pusieron su caso en conocimiento de la Oficina Municipal de Información al Consumidor, rellenaron un formulario con sus alegaciones y presentaron las correspondientes pruebas. En esta Oficina de hombres buenos, tranquilizaron a las jóvenes y les dijeron que lo dejaran en sus manos, que no se preocuparan más por el asunto.

            Tres semanas después, a través de tal Oficina, recibieron una carta de la compañía, en la que les agradecía la comunicación de su queja, pues les ayudaba a mejorar la atención a sus clientes, y se accedía a su petición, anulando el pago de la deuda que con tanto afán, hasta sólo unos días antes, les reclamaban.

  Y colorín, colorado.
  Si esta historia acaba bien
  es porque se ha reclamado.

  La moraleja del cuento
  es que hay que reclamar,
  pues no se puede aceptar
  la fuerza como argumento.

4 comentarios:

  1. Bien. Reclamemos. ¿En qué Oficina Municipal he de preguntar por el nombre y apellidos de "Los Mercados"? Para ir poniendo orden.

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  2. Sobre eso, Don Enrique, sigo investigando. En cuanto sepa los datos precisos, no se preocupe, que aquí los dejo.

    Un abrazo.

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  3. Terror del bueno, este cuento tuyo. Dudo que haya alguien que no haya vivido alguna pesadilla igual o perecida.

    Me atrevo a añadirle a la moraleja de reclamar siempre, el consejo de leer de cabo a rabo cada pepel que nos entreguen, revisar de pe a pa cada factura que nos envíen y conservar todo bajo llave a ser posible... pues nos hará falta.

    ¡Ah! y cuando les llamemos por tf. para reclamar decirles (aunque sea mentira) justo inmediatamente de que nos suelten su nombre y "en qué puedo servirle"...: "Señorita/señor, le comunico que esta conversación está siendo grabada" jejeje ¡No veas lo bien que te atienden y el punto que ponen en lo que te dicen.

    Un abrazo.

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  4. Luisa, es un terror que, por desgracia, resulta demasiado frecuente hoy en día, por lo que, quizá a fuerza de repeticiones, asusta cada vez menos, aunque el trago sea el trago.

    Me apunto esa advertencia de grabación, que, no dudo, habrá de dar mejores resultados que cuando te sospechan a la intemperie.

    Un abrazo.

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