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jueves, 10 de noviembre de 2011

Alba (1989)



Acariciar la luz hasta quemarme
en la más habitable transparencia.


Ser ya luz:
                 abrazado
al centro que define
gravitación tan alta.





Amanece en tu cuerpo.
                                    La luz,
desde tu orilla,
                       surge,
                                  irradia,
                                             gravita,
dando estancia al silencio que asumo
cuando cero,
                     ya en ti,
me incendio de infinito.





Antes de ti la luz apenas era
una palabra escrita en lo imposible;
argumento de música soñada
en el hondo silencio de mis días.
Poblado de vacío, la deriva
era el único rumbo, negro espejo
donde observar el rostro del que entonces
habitaba mi nombre.
                                Dedicaba
los pámpanos de tinta y mi locura
en fundar paraísos. Y es bien cierto
que la esperanza sólo fue una rosa
marchita entre mis dedos y mi orgullo.
La voz era la calma, y acudía
sin voz a su caverna apetecible
para beber del néctar que lograba
borrar el mundo impar de mi memoria.


Y así, sin darme cuenta, mis raíces,
la fiebre de mis venas y el deseo,
el vértigo de lluvia enamorada,
y el metal que en mi voz amanecía
ocuparon de forma silenciosa
un paisaje nevado, donde a veces
un pájaro de sangre remontaba
el vuelo al otro lado de mí mismo.


Antes de ti, la confusión, la sombra,
la ceniza: presencia antes que el fuego;
el abismo interior, y el laberinto
de mi propia razón arborescente.
Y el tiempo, gota a gota, repetido
en las oscuras fuentes de mi voz:
lentitud afilada, centro roto
en el yermo viaje de mi aliento.


Y de repente el mar cabe en mis manos.
Todo se transfigura por expreso
dictamen de tu magia: lluvia fértil
para mi corazón desposeído.
Bautizas con tu voz lo cotidiano,
enciendes los silencios, reconstruyes
en una sola noche la ciudad,
y condenas al fuego mis palabras.
Me das un nuevo idioma. Con tus besos
apartas mi memoria; y el origen
de todo empieza en ti. Tú me redimes.


La luz deja de ser una palabra
escrita en lo imposible; toma cuerpo,
nombra el tiempo con vértigo gozoso
y acerca hasta los dos la primavera:


fugaz eternidad donde se asienta
la clara sucesión de nuestra luz.





Busca el cuerpo
respuesta a su razón.
Bucea
por el nombre elegido;
hacia esa espuma
que le devuelve
cuanto es.
                Admira
en el único cuerpo que le muestra
los nombres de la luz,
su asombro,
y en el vórtice mismo se sucede
sin materia, sin peso, sin edad.






Busca el cuerpo
en el mar del espejo
la memoria del mar.


Busca la sucesión
de su materia.


Roto el espejo, alcanza
serenidad, sosiego.


Se desprende de sí.


Al fin, se sabe.





La certeza del cuerpo
definida en el centro
de la noche,
ilumina la estancia.


La pupila es silencio.


La piel aprende
las palabras del sol.

2 comentarios:

  1. Poemas de la Luz; hermosos y enamorados versos que transcienden de la materia para alcanzar eso tan dificil de aprehender que es la belleza.

    Sigo, a través de tus letras, con el descubrimiento de lo ya sabido, que eres un gran poeta.

    Abrazos.

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  2. Ante elogios tan desmedidos, dictados sin duda por sentimientos de amistad, qué decir. Sólo que seguimos intentando escribir como mejor se pueda, en el convencimiento de que toda la vida seremos aprendices, ¿no?

    Un abrazo.

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