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lunes, 7 de noviembre de 2011

Constancia de las lunas (1981)



Luna de la risa


Era la noche un río de fuerza incontenible,
un río de luz, de almíbar, de esperanza.
De las bocas nacían mariposas azules.
Y la luna era un lago de paisajes perfectos.


Estábamos allí y no existían
ni los relojes ni las estaciones.
Allí la primavera marcaba sus dominios,
allí se abrían las rosas más puras del planeta.


Atrás habrían quedado sombras, dudas, tristezas
que acaso algún momento despertaran;
pero más fuerte aún el manantial del gozo
arrastraba penumbras y silencios.


En la voz había rosas de cristal,
transparentes banderas,
un claro pájaro en el centro del humo
que gozoso dejaba una rama de olivo.


Cada palabra dicha era una estrella,
una estrella fugaz que derramaba
una estela de miel en la memoria,


y que vino conmigo en el regreso.





Luna de los primeros versos


Buscaba
en los meses de invierno una luz nueva,
un paisaje distinto
desde donde cercar la sombra,
el miedo,
la angustia indescriptible
que tomaban mi rostro
y mis pupilas.
Buscaba
las orillas de un río, solitarias y buenas,
y una luna de azúcar
se acercó hasta mis manos.
Buscaba
los reflejos de un sol de siete años
que nunca ya fue el mismo,
los colores del Iris
y los celestes puros de mis primeros cielos.


Mis manos intuyeron
sendas donde la tinta se hacía pulso,
donde el papel en blanco se tornaba
mapamundi, perfecto
itinerario
en donde detener
a la tristeza.


Así nació una luna
en la frontera de mis dedos,
y así se fue tornando,
de los hilos finísimos del alba,
en pequeños poemas,
en versos inmaduros, sinceros,
infantiles...
que a veces hoy recuerdo,


y que recito a solas.

2 comentarios:

  1. no a solas...yo seguí la estela de tus lunas...

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  2. Siempre es grato saber que más allá de la página en blanco, esbozado el poema, alguien recoge nuestra palabra y, aunque sea unos instantes tan sólo, sigue su estela. Gracias por ello.

    Un abrazo.

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