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miércoles, 30 de noviembre de 2011

El cantaor

 [Cantaor y guitarrista, © Manuel Martín Morgado. 
Témpera y tinta sobre cartón. Con autorización del autor.]

            Hace años vagaba de taberna en taberna con mi voz como único caudal, dispuesto a ponerla al servicio de cualquier postor a cambio de un par de tragos. Solía ir a eso de la madrugada, cuando la gente de bien ya se había recogido y los señoritos metidos en faena, bien cenados, seguían la juerga, iniciada al atardecer con finos y manzanilla, entre whiskys, mojitos y cubatas. Yo aparecía discretamente, me arrimaba sin mucho alboroto y oía al cantaor de turno empeñando la voz al servicio de aquellos mandamases; la mayoría de las veces, dicho sea sin ánimo de malmeter, con poco arte y menos sentimiento. Antes o después, siempre había alguno que reparaba en mí y me anunciaba a los demás: Eh, que está aquí El Banderillero (porque antes que en el cante también quise probar en la cosa del Toro). Y todos saludaban, y el que pagaba la fiesta me decía que me tomase un trago y que a ver cómo sonaban esas soleares. O esos fandangos. O esas alegrías. Argumentaba yo entonces que tenía la voz aún destemplada, que necesitaba afinarla todavía. Y él, Don Manuel, el jefe de aquello, insistía en que no había na que afinar, que me tomase el vaso y que palante. Y al de la guitarra lo hacía señas para que se pusiera a mi servicio. El primer trago (siempre fino La Ina) me entonaba. Pero sabía hacerme de rogar, de modo que muy sumiso preguntaba si podía repetir, y antes casi de terminar la frase ya tenía de nuevo el catavino lleno. Tras este segundo, que bebía de un golpe, me arrancaba por lo bajini: dos o tres quejíos, la voz sostenida en una especie de espiral melódica capaz de recabar la atención de todos los presentes. Entonces, cogido el tono de la guitarra, cantaba no con la voz ni la garganta, sino con lo más hondo de las tripas que se estiraban y encogían al capricho sonoro de mi ánimo. Nada más grande que esa sensación de tenerlos a todos en un puño; todos imantados por mi voz, que los llevaba y traía hasta el umbral del amanecer. Nada como aquel estallido de palmas al hacerme silencio; aquellos oles, que ni a Curro Romero en la Maestranza. Al final, otros cuantos vinos, nuevas coplas, y, algunas veces, unos billetes al terminar la fiesta.
               No era mala vida. Pero tenía que haber algo dentro de mí que tirara aún más que el misterio del cante, y era el misterio de los ojos de una mujer morena. Precisamente, la mujer de Don Manuel, mi benefactor. Si lo cuento hoy es porque más afinada que mi voz, lo estuvo mi intuición. Y porque cogí el tren a tiempo. Y porque escribo, por supuesto, desde un cibercafé.

3 comentarios:

  1. Interesante historia del pasado.
    Un saludo.

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  2. Gracias por tu tiempo y comentarios. Eres un poeta al que simplemente escucho, siempre avida y receptiva. Tu trabajo es muy respetable y disfruto contemplando la precision y tecnicas de que no soy capaz. Un fuerte abrazo.

    Eli

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  3. Carmen y Eli, gracias por vuestra visita.

    Un abrazo.

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