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viernes, 18 de noviembre de 2011

Historias de Gila versificadas por Miguel Ardiles (2001)




La historia de mi vida


Van a saber la historia de mi vida.
Mi madre, al nacer yo, no estaba en casa
y bajé a la portera que, abstraída,


no me prestó atención. La dije: "Blasa,
que aquí donde me ve, que ya he nacido,
que no he mamado aún, y a ver qué pasa".


Al verme la mujer tan decaído
(recién nacido, claro), me dio el pecho.
Poco, pues, la verdad, hubo servido


de joven de nodriza, y, por derecho,
dio de mamar a doce churumbeles,
y a un sargento, ceñudo y contrahecho,


que —dicen— ensopaba hasta pasteles.
Así que, claro, ni para un cortao
lo que daban aquellos redondeles.


Llegó mi madre y dije: “Que he llegao”.
Y me dijo: “Será la última vez
que naces solo, sa remolachao”.


Después de aquella tierna calidez,
mandó carta a mi padre, que era buzo,
y trabajaba en el Canal de Suez,


no sé si de hombre rana o de merluzo,
que hacía un año ya que no venía
y algo se le notaba en el testuzo.


Era mi casa toda algarabía,
pues éramos ya entonces siete hermanos
y un hombre en el pasillo, que vivía


con nosotros; total, nueve cristianos.
Llegó mi padre y para celebrarlo
nos fuimos a la feria tan ufanos.


Allí jugó mi padre sin pensarlo
un número a una rifa, y una vaca,
con sus manchas y todo, fue a tocarlo.


Le dieron a elegir (¡menuda traca!)
entre aquel animal y una pastilla
de jabón sin olor. Y, aunque era flaca


y blanda de mugido y de babilla,
dijo mi padre: “El animal, Aurea;
nos llevamos la vaca a Segurilla”.


Y mi madre, cogiendo la correa
del bovino, le contestó enseguida:
“Tú, pa' evitar lavarte, lo que sea.”


Dejamos a la vaca consabida
aparcá en el balcón para que diera
la leche más fresquita, agradecida.


Y el caso es que, ya ven, por lo que fuera,
tenía un cuerno flojo y lo perdió
y le atizó a un banquero con chistera.


Subió el hombre a la casa, y esperó
con el cuerno en la mano. Abrió mi viejo,
y enseñándole el cuerno, preguntó:


“¿Es esto suyo?”. Lo miró perplejo
mi padre. Y sin pensárselo un instante,
le dijo: “¡Y qué sé yo!”, sin más cotejo.


Murió el hombre de aquel cuerno tajante
y a mi padre metieron en chirona.
A mí me abandonó mi madre ante


la casa de un marqués, una casona
a la que no faltaba ni un detalle,
que es que hay que ver cómo era esa persona.


Al salir el marqués para la calle,
me descubrió (yo estaba tiritando).
“¿Tu nombre?”, preguntó. “Luisito Valle.


Como soy pobre...”, dije, sollozando.
Y él me dijo muy digno: “Desde ahora,
te llamarás Alfredo Luis Fernando”.


Luego, aquella familia bienhechora,
me llamaba Nandín, para abreviar,
igualmente el marqués, que la señora.


Vivía bien (que no se pué' negar),
pero a pesar de ello me aburría,
y me escapé de casa. Fui a parar


a una banda de cacos que solía
afanar por allí. Pero ocurrió
que lo robado, ¡zas!, lo devolvía.


“Algún virus”, según diagnosticó
el médico, quien dijo que robara
sólo pescado blanco. Pensé yo


que estando, como está, la vida cara,
no era cuestión de andar con miramientos,
y me embarqué hacia Londres en zatara.


En Inglaterra, y ya con otros vientos,
me hice de Scotland Yard. Sin ir más lejos,
se contaron mis éxitos por cientos.


Pues allí fui, sabejo entre sabejos,
el que detuvo a Jack Destripador,
sin acudir a métodos complejos.


Me instalé en su pensión y, sin rencor,
cuando me lo cruzaba en el pasillo,
en la escalera, o el recibidor,


le soltaba, del modo más sencillo:
“Alguien ha matado a alguien”. Se ponía
de lo más colorao. Hasta que el pillo,


cansado de aguantar, un mediodía
vino a entregarse a mí. “Se lo suplico,
deténgame usté ya, buen policía.


Yo soy el asesino, se lo explico,
pero, por Dios, no más psicología,
que bien que sabe a lo que me dedico".


Después me contrataron en la CIA.

2 comentarios:

  1. Impresionante chisneto. Casi tan ocurrente como los cocinetos.

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  2. Es lo que tiene, Don Enrique, "cuando el diablo no tié que hacer"

    Abrazo (y resignación).

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