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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Juan K. en El Centro Cultural Rafael Morales


            Contemplar un cuadro es siempre un ejercicio de diálogo. Naturalmente, si de lo que se trata es de contemplar y no de pasar por encima la mirada, ver lo que en él se ha plasmado —su epidermis, diría— y saltar al siguiente, o a otra cosa. Contemplar, lo que se dice contemplar; es decir, detenerse ante el cuadro e indagar sus adentros es, como apunto, un diálogo del que el observador, el buen observador, puede extraer parte de la experiencia del artista, de sus inquietudes, de su anhelos. Pero, además, como sucede con toda buena obra de arte, ese cuadro, al ser observado por el visitante que se ha acercado a él, pondrá en marcha un mecanismo de introspección en el mismo observador, de modo que también, de él hacia él, se establecerá una corriente de comunicación que sacará a la luz su propia memoria, sus más íntimas sensaciones ante el motivo observado, ya sea este un paisaje, un retrato, un bodegón… Pero, además, diría que no es sólo el argumento de la pintura lo que produce tal milagro, sino la técnica con que ha sido abordada, los materiales, las pinceladas, la distribución en el cuadro de los elementos, el color, empleados. Cuando todo esto sucede, cuando se produce ese momento mágico en el que uno queda a solas consigo mismo y la tabla colgada que lo atrapa, puede decirse que el cuadro en cuestión ha logrado su final objetivo, si es que, a la postre, la misión —por llamarlo de alguna manera— de una pintura fuera más allá de su propia realidad; o sea, de su propio ser.  

        Apuntado esto a modo de prólogo, acaso algo confuso, respecto a lo que yo entiendo como capacidad última de la pintura —en general, de todo arte—, concentro mi mirada en la obra de Juan K. (Juan Carlos Jiménez), que estos últimos días ha expuesto en El Centro Cultural Rafael Morales, de Talavera de la Reina. Y recorro la vista por la muestra que nos presenta: serena, equilibrada, íntima y evocadora; bien definida en la propia distribución de los cuadros en las dos salas en las que se han colgado. En la primera, un poco más amplia, se le ofrece al visitante una buena colección de bodegones, motivo sobradamente clásico que Juan K. resuelve con soltura, mano diestra y técnica exquisita. Ya sea sobre una mesa, o en una alacena o aparador, se representan membrillos, granadas, panes, ristras de ajos, tazones, aceiteras, jarrones con flores, calabazas, embudos, molinillos de café de cuando nuestras abuelas, ramas de laurel y, en general, elementos sencillos en sí mismos, que aquí parecen recobrar la importancia y grandeza que un día tuvieron, y que en este mundo de prisas y modernidad se diría que han perdido. Elementos, todos ellos, que Juan K. trata con amorosa mano, pues, con ellos, da la sensación de querer recobrar, fijar, salvar del olvido, un tiempo de infancia y juventud en el que, acaso, se sintiera menos desterrado que en este actual de agobios y de ruidos. 

         En la segunda sala, se mezclan lo que pueden ser pequeños bocetos —una buena muestra de paisajes terrosos, de cielos revueltos, de llameantes puestas de sol— con otros cuadros con motivos más locales, pero no por ello de menor vuelo. Así, diferentes miradas de un escenario próximo al pintor, la visión de la Basílica —antes Ermita— de Ntra. Sra. del Prado, junto a la plaza de toros y el Parque de la Alameda (antes y después de su reforma). O el puente romano sobre El Tajo, con San Prudencio al fondo —un cuadro que vengo a asociar con la pintura de Van Gogh—.  Y, otra vez, algún sencillo bodegón con el molinillo de café defendiéndose del tiempo. Y en todos ellos, en esta y aquella sala, en ese y aquel cuadro, la Luz como protagonista principal, como elemento imprescindible, capaz de soplar vida en este molinillo, en esa granada, en aquella aceitera. La Luz (con mayúscula), espejo y fanal de la pintura —tal y como la definiera Rafael Alberti, en el soneto que le dedicó en A la pintura—, ingrediente milagroso sin el cual ni bodegones ni paisajes ni cualquier mínimo elemento, serían lo mismo: lo que son gracias a la mano y la técnica de Juan K., que los fija y nos los muestra para que también nosotros, contempladores de su pintura, establezcamos el íntimo y preciso diálogo que toda verdadera obra de arte reclama. Y estos cuadros, en mi humilde opinión, tienen mucho de ello.

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