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sábado, 12 de noviembre de 2011

La luz viene de ti (1993)



Con el tiempo, del tiempo, sólo queda
un instante, que no es el mismo instante
al instante que fue; que es bruma o agua,
o arista en la memoria, o ya ceniza:


lo que fuimos, dijimos o pensamos,
lo que sufrimos en soledad, o el gozo
compartido, cuando el mundo
ignoraba la sed de los relojes.


El tiempo es lo que un día
dejamos de soñar, lo que olvidamos
al aprender la vida en ecuaciones,
lo que no tuvo nombre y conocimos
en la sabiduría del corazón.


Porque el tiempo
siempre será un paisaje que pasó,
será una ausencia lenta de todo lo que somos,
una fuga dulcísima que hiela
cuando del tiempo queda la memoria
que todo lo confunde, y sacraliza.








Amábamos la vida escrita en las novelas,
esa sed de aventura, a la usanza de Sawyer,
o de Huckleberry Finn.
                                     Nos fascinaba
embarcarnos en naves del siglo XVIII,
y con parches de tela, a modo de corsarios,
gritar: "Al abordaje..."


La vida era la suma de todos los amigos
entonando canciones escritas por Stevenson.


No comprendo por qué, sin darnos cuenta,
dejamos de sentir como piratas,
abandonamos sueños y aventuras,
y rumbo de otros puertos, más cercanos,
fuimos a dar a un mundo de despachos,
documentos y cifras oficiales,
donde todo obedece a códigos y reglas,
y nadie reconoce la estirpe de John Silver.








Sabed que me he perdido muchas veces
por oscuras callejas, mientras iba
dando vueltas y vueltas a un silencio
y recordaba un gesto de mi infancia
o una presencia escrita en mi memoria.
Que en más de una ocasión, cuando la noche
parecía detenida en una copa,
me contemplé ajeno a mi sonrisa,
deshabitado de mi propio nombre.
Sabed que he repetido mi torpeza
hasta la saciedad, que he malgastado
mi tiempo inútilmente, que he bebido
hasta quemar mi sed, de ese vacío
que parece fluir de la rutina.
Pero sabed también que siempre hubo
la mano de un amigo, la certeza
de que una palabra puede ser
la tabla salvadora, un verso a tiempo
donde verter el alma. Y a la postre,
unos ojos que miran lo que miro
y por los que contemplo cuanto veo.








Ahora que estoy contigo, que podemos
hablar tranquilamente, mientras llueve,
y la ciudad parece un fotograma
del mejor cine negro... mientras pasa
la tarde, y apuramos lentamente
este tiempo, que parece estar hecho
para la confidencia, te diré
lo que quise decirte tantas veces,
lo que tan torpemente escribo ahora,
intentando que el ritmo y la medida
clarifiquen aún más cuanto pretendo
sellar entre nosotros.
                                 Cambalache,
aquel tango famoso que hace años
Santos Discépolo escribió con tino,
resume con acierto la locura
de este siglo que expira y que propaga
el culto a la materia y al mercado,
a la riqueza, a costa de la ética.
Miro a mi alrededor, y observo a gentes
que viven al compás del trapicheo,
y que vendieron su conciencia un día
por un plato... que no fue de lentejas.
Entonces vuelvo a ti, miro tu vida
basada en la razón fundamental
de serte fiel, honrado, consecuente
con tus propios preceptos, con la norma
de que la propia dignidad es algo
que vale más que el oro de la tierra.
Miro lo que aprendí de tus ejemplos,
del trabajo bien hecho, de tus obras.
Sé que ése es tu legado, lo que siempre
quisiste que aprendiésemos tus hijos,
y que hoy te agradezco, y no bastante,
mientras llueve, y es marzo, y conversamos,
y en el silencio sobran las palabras.








En las noches de insomnio, cuando el tiempo
es cómplice, y las horas se dilatan,
y el pensamiento gira y se desboca
al mañana, al presente y al ayer;


cuando suena un reloj imperturbable
cada quince minutos, y el silencio
se adorna de fugaces transparencias,
suelo pensar en ti, que acomodada


en los brazos del sueño, te repones
de la voraz tarea de vivirme.
Aún me sorprende el fuego de tus ojos,


y el amor que renuevas cada día.
(Nuestras mentes, sedientas de imposibles,
no pueden comprender lo cotidiano.)

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