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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Ocho cuentos inconexos


 

EL CONTADOR DE CUENTOS
   No tendría yo más de nueve o diez años cuando vi por primera vez al contador de cuentos. Se trataba de un hombre muy joven, cuyo rostro aniñado, todavía barbilampiño, parecía dar testimonio de una edad aún menor. Llegó a la modesta posada que por entonces regentaba mi madre una lluviosa tarde de noviembre, calado hasta los huesos: el pelo, lacio, chorreándole por la frente; los pies, apenas calzados por unas deterioradas alpargatas. Y una pequeña bolsa de lona como único equipaje.
   —Buenas tardes —dijo al cruzar el umbral de la puerta, al tiempo que con él se colaba el helado aliento de un crudo día de noviembre.
   —Buenas tardes —contestó mi madre, que en aquel momento lavaba en la pequeña pila de granito algunos vasos.
   La abuela, que vivía con nosotras, atareada con su labor de ganchillo, apenas le hizo un leve gesto con la cabeza, continuando a renglón seguido con sus filigranas.
   —¿Tienen habitación? —preguntó el joven a mi madre.
   —Sí; sí tenemos. ¿Para mucho tiempo?
   —Verá usted —explicó el recién llegado—, llevo muchos kilómetros recorridos, estoy cansado y desearía reposar durante algunos días... no sé, quizás una semana.
   Mi madre le miró de arriba abajo con desconfianza, como si por el aspecto sospechase que aquel hospedaje no sería buen negocio. A continuación, informó al joven del precio de la pensión por una noche, y por una semana. Y más que hablar con el hombre, era como si pensase en voz alta.
   —Verá, señora —respondió el viajero—, no tengo dinero. Ya le digo que vengo de muy lejos, y esta pequeña bolsa que ve es todo mi equipaje. Sin embargo, sé hacer algo como nadie en el mundo lo ha hecho nunca: contar cuentos. Déjeme —prosiguió tras una calculada pausa— que cada noche narre una historia en esta taberna y verá como la recaudación aumenta. Si al segundo día no ha sacado por velada el doble de lo que me pide por el hospedaje, entonces, continuaré mi camino, no sin antes haber hecho frente a mi deuda con cuantos trabajos desee mandarme.
   La abuela, como si despertase de un profundo sueño, levantó entonces la cabeza y observó con detenimiento al hombre. Llamaban poderosamente la atención sus enormes ojos verdes, dueños de una profundísima mirada que parecía capaz de adentrarse en los pensamientos más íntimos de cualquiera que se cruzase con ellos.
   —A usted yo le conozco —dijo de pronto, ajena por completo al discurrir de la conversación—. A usted yo le conozco desde hace muchos años. Ya lo creo —terminó la frase como si hablara para sí.
   —No le haga caso —intervino mi madre—. La pobre es muy mayor, y a veces desvaría —y luego, volviendo a la cuestión que los ocupaba—. Podría usted engañarme, descansar los días que quisiera, comer y dormir a mi costa, y marcharse cuando lo considerase oportuno, al margen de la caja que hiciésemos cada noche con esos cuentos que dice que cuenta... si al menos tuviese algo que pudiera dejarme en prenda...
   El joven, como respuesta, desabrochó los primeros botones de su camisa y dejó al descubierto un colgante en el que brillaba una gran esmeralda, una hermosa piedra de enorme transparencia, cuyo color igualaba en luminosidad al de sus ojos.
   —¿Podría servir esto? —preguntó, dando a sus palabras un convincente tono de victoria.
   —Por supuesto —afirmó mi madre, mientras recogía el colgante que para entonces le tendía nuestro huésped.
   —Sólo en prenda, que conste.
   —Naturalmente. Sólo como una garantía.
   —Bien. Entonces, si usted me permite, me gustaría ir a mi cuarto.
   Mi madre se acercó al pequeño panel de madera en donde colgaban las llaves de los dormitorios y me tendió la primera a la que echó mano, ya que por aquellos días el negocio no funcionaba demasiado bien y eran más las veces que dormíamos solas las tres mujeres de la familia que las que estábamos acompañadas por algún huésped en la casa.
   —Toma, niña. Acompaña al señor a su cuarto... —después, dirigiéndose a él— La cena es a las ocho.
   Subí las escaleras delante del hombre, girándome hacia él a cada momento, en un gesto mecánico y sin justificación alguna. Podría parecer que al ejecutarlo comprobara que el viajero continuaba allí, detrás de mí, como si algún indicio imperceptible me indicase la posibilidad de que aquél pudiera desvanecerse al instante, por alguna razón que no me sería revelada.
   Abrí el cuarto dando tres vueltas de llave a la cerradura, haciendo girar con cada una de ellas el enorme cerrojo de seguridad. Luego, invité a pasar al hombre y entré tras de él, mostrándole lo poco que de la pieza podía enseñarse: una cama, vestida con una colcha de algodón, asaz deteriorada; la mesilla de noche, donde descansaba una palmatoria de aceite; y a un lado, sobre un pequeño banco de madera de pino, una jofaina y una jarra con agua. Justo enfrente de la puerta, un pequeño ventanuco dejaba pasar un débil rayo de luz, permitiendo, a su vez, contemplar una mínima porción de cielo, en aquel momento nublado.
   El hombre recogió la llave que le tendía y con una modulación que yo nunca había oído, y que quizás jamás volviese a percibir en ninguna otra persona, me dio las gracias y pronunció mi nombre, Aída.
   Cuando volví a la taberna, sala en donde hacíamos de ordinario la vida, ya que era la única de la casa en la que una pequeña lumbre se mantenía viva durante los meses más crudos, mi madre me mandó que fuese por el pueblo pregonando que aquella misma noche el contador de cuentos ofrecería su primera actuación.
   Como la noticia se extendió rápidamente entre los pocos vecinos de la comunidad y las diversiones a lo largo del año no solían prodigarse, fueron muchos los que después de la cena se acercaron hasta la taberna de la posada, ocupando, poco a poco, las humildes mesas dispuestas a lo largo y ancho de la sala. Mi madre, atenta siempre a los deseos de los clientes, iba y venía sirviendo aguardiente o infusiones, acomodando a unos y a otros, señalando a los más rezagados las mesas en las que aún quedaba alguna silla vacante. De vez en cuando, reclamaba mi presencia y me hacía lavar vasos y tazas, apremiándome cada vez que yo me ensimismaba imaginando las historias que en breve escucharíamos de boca del viajero.
   El contador de cuentos, que con intención de mantener el misterio y la expectación de los parroquianos había preferido cenar en la cocina para no ser visto, tras masticar el último trozo de la manzana tomada como postre, se levantó de la mesa parsimoniosamente y cruzó la cortina que daba acceso a la taberna. Allí, una vez se hubo asegurado de ser el centro de atención de los presentes, se encaminó muy despacio, midiendo cada uno de sus movimientos, hasta la mesa que estaba más cerca del lar y que mi madre había reservado para él, pues ese espacio, precisamente, podía ser contemplado sin obstáculos desde todos los ángulos de la taberna, lo que le convertía en el lugar idóneo como escenario. Después, bebió un sorbo de agua de un vaso que yo misma había dispuesto, y, tras sentarse, sin tránsito alguno, comenzó:
   “Había una vez un hombre que vivía solo, en una cabaña construida por él, en medio de un bosque, en una gran montaña...”
   Bastaron esas mínimas palabras para seducir a un auditorio que no dejaría de prestarle la más absoluta atención en toda la noche. Sin embargo, no eran las frases que pronunciaba, la historia que contaba, lo que movía a la atención de aquel público de mujeres y aldeanos, apartados la mayor parte del año de la civilización y poco acostumbrados a los extraños. No eran sus palabras las que nos atrapaban como si ejerciesen una fuerza de atracción mayor aún que el mismísimo Polo Norte, sino la modulación de su voz, la cadencia que marcaba en cada momento, dependiendo de la propia evolución de la historia; sus silencios. Porque también del silencio sabía sacar el máximo partido. Los breves silencios con que aderezaba las narraciones nos parecían infinitos mares de niebla, océanos de una nada densa y potente en donde acabaríamos naufragando. Y a la vez, aquellos mismos intervalos, nos invitaban a seguir adelante, a prestar aún más atención a sus palabras y a sus gestos, y, en definitiva, a compartir cada peripecia de los personajes, con el convencimiento de que cuanto salía de la boca del contador de cuentos, no sabíamos cuándo, ya había sido vivido por cada uno de los presentes.
   Desde mi privilegiada atalaya de observación (es decir, desde la tarima que ocupaba el otro lado del mostrador, en donde estaba cuando nuestro huésped comenzó su cuento) podía observar los gestos de mis vecinos, la tensión de sus rostros, el leve parpadeo de éste o aquél. Yo misma, sin entender muy bien en más de una ocasión lo que escuchaba, me sentía hechizada por aquel timbre de voz que desgranaba una historia, aparentemente común, transformándola, según fluían sus palabras, en la más extraordinaria que cualquiera escuchase nunca. Fui contemplando los rostros de los oyentes uno a uno. En su mayoría, eran personas de mediana edad, hombres y mujeres que habían acudido al reclamo dispuesto por una servidora aquella misma tarde. Otros, más jóvenes, también escuchaban con regocijo las palabras del viajero. Aunque, por encima de todos ellos, de todos los allí presentes, me sorprendió el respeto y veneración con que atendía la abuela, medio oculta tras la cortina que separaba la taberna de la cocina. Cuando la descubrí, en aquella actitud casi mística, tenía los ojos húmedos y dos lágrimas, lentas y enormes, resbalaban por sus mejillas.
   La historia del hombre que vivía solo en las montañas se encontraba en el punto más álgido cuando el contador de cuentos guardó silencio. Sólo que este silencio no fue como los realizados hasta entonces, consecuencia de un ritmo y unas pausas perfectamente establecidos para realzar el misterio narrativo. Con él dio ostensiblemente a entender que aquella noche ya no habría más historia, y que cada uno debería volver a su casa, o donde mejor le pareciese.
   —Deberán perdonarme —dijo, después de un prolongado silencio—, pero estoy muy cansado. Mañana, narraré el resto de la historia.
   Dicho esto, se levantó, dirigiéndose hacia la escalera que desembocaba en las habitaciones.
   Hubo, eso sí, tímidas protestas por parte de algunos oyentes que exigían escuchar el final del cuento. Sin embargo, bastó con que el desconocido cruzase con ellos la mirada para que tales reproches se desvaneciesen. Así, poco a poco, nuestros clientes fueron abonando sus consumiciones y saliendo a la calle.
   Tras ayudar a mi madre a retirar los vasos de las mesas, volví a la cocina en busca de la abuela. La encontré con la mirada perdida en un punto inexistente, como si se encontrase en un lugar muy lejos de allí; como si fuese otra persona, y no ella, quien habitase su cuerpo en aquellos momentos.
   —Abuela, abuela... —insistí, zarandeándola suavemente—, ¿ocurre algo?
   —Lo he visto antes, Aída. Ahora sé que lo he visto antes.
   —¿A quién? —me atreví a preguntar, con cierta zozobra.
   —Al contador de cuentos. Sé que lo he visto antes, aunque no puedo recordar en dónde, ni cuándo.
   Mi madre escuchó las últimas palabras desde la puerta.
   —Ande, mujer —le dijo— no vuelva usted a la misma cantinela de esta tarde.
   —Yo sé que lo he visto, hija. Lo sé.
   En aquel momento el joven apareció detrás de mi madre. Venía a pedir un vaso de agua, pero sus ojos se cruzaron con los de la abuela durante unos segundos. Ambos sostuvieron la mirada, como si obedeciesen a un oscuro desafío que yo no llegaba a comprender. Por fin, mi madre extendió el vaso a nuestro huésped y éste se despidió, dando las buenas noches.
   Cuando nos fuimos a acostar, mi madre estaba de un humor excelente. Efectivamente, el espectáculo del contador de cuentos se había traducido en una recaudación impensable para el día de la semana que era, y, además, la estratagema de nuestro huésped aseguraba, cuando menos, que la noche siguiente podríamos hacer una caja similar.
   —Tome, madre —dijo la mía dirigiéndose a la abuela—. Guarde usted el dinero de esta noche. Y también la esmeralda del viajero. Aunque este es un pueblo tranquilo, temo que alguien pueda ceder a la tentación de hacernos una mala visita, vista la recaudación de hoy. Seguro que en su cuarto no se le ocurriría mirar a nadie.
   Las palabras de mi madre me produjeron una angustiosa zozobra que derivó, ya en la cama, en un montón de sueños truculentos en los que alguien entraba en la casa y dejaba todo manga por hombro, en busca de aquellas ganancias. En alguna de las pesadillas, el contador de cuentos salía en nuestra defensa y ponía en fuga a los ladrones; en otras, era él mismo quien forcejeaba con la abuela hasta arrebatarle el dinero para después huir, protegido por el animal oscuro de la noche.
   Sin embargo, ninguno de estos sueños vino a cumplirse, afortunadamente. Y al día siguiente, desde que la primera luz del día se abriese paso por el ventanal de mi habitación, ya estaba yo deseando que llegara la noche para seguir escuchando la hermosa historia de nuestro misterioso huésped. Quizás fuese por eso, o porque aquel día tuve que ayudar más en la posada, por lo que se me hizo tan largo.
   Me hubiera gustado abordar en la taberna al contador de cuentos mientras desayunara, o en la comida, y preguntarle cómo seguía la historia. Me hubiera gustado ser yo su única oyente y que me desvelase el desenlace definitivo de aquella narración. Pero no fue posible, ya que nuestro huésped no bajó a desayunar, ni tampoco a la hora del almuerzo. Ni nadie lo vio salir de su cuarto en todo el día, lo que hizo por momentos sospechar a mi madre que, descansado y comido del día anterior, habría continuado su camino, aún de madrugada. Sin embargo, el hecho de que la esmeralda entregada en garantía aún estuviese en poder de la abuela, desbarataba por completo tal posibilidad, lo que llevó a mi madre a concluir que, simplemente, el viajero se recuperaba de las andanzas del camino, haciendo del sueño el mejor de los reconstituyentes. A pesar de esto, se acercó varias veces a la puerta de su habitación, y más de una pegó el oído en busca de algún indicio que confirmase la estancia del viajero, sin obtener en ningún momento la mínima respuesta.
   A las nueve y media de la noche, como el día anterior, la taberna estaba repleta de parroquianos convocados por la curiosidad de conocer el desenlace de la historia del hombre de la montaña. Los más madrugadores ya habían dado cuenta de más de una consumición y todo indicaba que sería otra buena jornada para el negocio. Mi madre iba y venía de mesa en mesa, sirviendo o recogiendo vasos vacíos; intentando multiplicarse para atender con prontitud cuantos pedidos anotaba. Yo, por mi parte, ayudaba en la barra y procuraba tener dispuestas las bebidas que ella me solicitaba apenas iba conociéndolas. Ante aquella efervescencia, tanto la mente de mi madre como la mía no dejaban de pensar en que el contador de cuentos ya debería de estar frente a aquel auditorio que, por momentos, parecía impacientarse.
   Cuando las protestas comenzaban a generalizarse y muchos reclamaban la presencia del narrador, o sugerían que eran víctimas de un engaño, se oyó, una vuelta tras otra, la cerradura de la habitación del viajero. Y pudimos verlo bajar las escaleras hacia la taberna: parsimoniosamente, como la noche anterior; seguro de ser el centro de atención de todos. Según se acomodaba en el lugar que tenía reservado, observé cómo buscaba a la abuela con la mirada, cómo ella lo estaba aguardando, cómo, lo mismo que la víspera, volvían a mantener un singular combate, inadvertido para todos los que abarrotaban la sala, excepción hecha de ellos dos, por supuesto, y de mí misma, testigo involuntaria de aquel —entonces, para mí— incomprensible ritual.
   Apenas ocupó su silla el contador de cuentos, las voces fueron desvaneciéndose progresivamente, hasta dar en un silencio que parecía cortarse. En esta situación, el viajero continuó la historia del hombre que, en la montaña, solo, había construido una cabaña en medio del bosque. Era una historia triste, en la que el protagonista, cansado de la soledad, abandonaba todo —su casa, el bosque, la montaña— e iniciaba un largo camino en busca de una esposa. Recorría pueblos, regiones, países... y no encontraba ninguna mujer capaz de arrebatarle el corazón. Así, pasaban los días, los meses, los años, viviendo mil peripecias. Y el hombre que vivía solo, en una cabaña construida por él, en medio de un bosque, en una montaña, se iba haciendo más viejo, cada vez más viejo y cansado. Hasta que un día, sintiendo que las fuerzas ya apenas le iban respondiendo, regresaba a su montaña, a su bosque, a su cabaña... pero había pasado demasiado tiempo y su memoria ya no era la misma y confundía los caminos, hasta que una gran nevada le cortaba el paso y quedaba a merced de los fríos, a punto de morir. Entonces, unas mujeres que pasaban casualmente por allí, lo encontraban, le llevaban a su casa e intentaban reanimarlo, y una de ellas tenía el rostro más hermoso que el hombre jamás hubiera visto, y le cuidaba con mucha ternura y dedicación, y sabía entonces que aquella era la mujer que siempre había buscado. Pero ya era tarde, demasiado tarde, y él tenía que hacer otro viaje donde no podría llevar ninguna compañía, un viaje hacia un país indefinido donde no servía la memoria ni el pan.
   Cuando acabó el cuento todos parecían estar petrificados. Yo miraba a unos y a otros y no lograba entender el porqué de aquella inmovilidad. La voz del viajero —más cálida y sugerente, si cabe, que la víspera—, había ido envolviendo todas aquellas voluntades, hasta hacer de ellas una sola, entregada por completo a su capricho. También la abuela, atenta desde la puerta de la cocina, parecía formar parte de aquella hipnosis colectiva, pero, a diferencia de los demás, volvía a descubrir en ella las mismas lágrimas de la noche anterior, y en su rostro, el peso de los años más visible que nunca, como si toda la edad y todo el cansancio del hombre del cuento, hubiesen venido a desembocar en ella.
   La recaudación de aquella noche bien podía pagar un mes —y dos, incluso— de estancia de nuestro huésped, hecho que satisfizo a mi madre pero que dejó indiferente a la abuela, quien parecía haber entrado en un progresivo estado de enajenación. Por fin, tras hacer caja y ocultar el dinero recaudado junto al de la víspera, nos fuimos todas a dormir.
   A eso de las cinco de la mañana nos despertó el monótono tañido de la campana de la iglesia, signo inequívoco de que alguien había fallecido. Vi cómo mi madre se levantaba apresuradamente de la cama y decidí seguirla. Juntas, salimos a la calle y nos dirigimos al templo. Lo mismo que nosotras, otros vecinos abandonaban sus casas preguntándose unos a otros quién era el finado, sin explicarse muy bien el porqué de aquel tañido tan madrugador. Cuando llegamos a las inmediaciones del recinto sagrado ya había gente que se congregaba en corros comentando con extrañeza el prodigio, pues la campana mantenía aquel monótono son sin que nadie llegase a tañerla.
   De pronto, como si fuese depositaria de una repentina revelación, mi madre se dirigió apresuradamente hacia nuestra casa. Yo corrí tras ella, sin comprender muy bien el motivo de tanta prisa. En medio de la noche, deslizándonos entre las callejuelas, cualquiera hubiese podido pensar que nuestra presencia se correspondía con la de dos espectros. Sin embargo, nadie más real y de carne y hueso, más humana y compungida, que mi madre en aquellos momentos. Empujó la puerta y subió las escaleras de tres en tres escalones. También yo las subí, agitada la respiración, y entré con ella en la habitación de la abuela. Ésta, descansaba con infinita placidez en su cama. Sin embargo, mi madre, poseída por un repentino desasosiego, se abalanzó sobre aquel cuerpo. “Madre”, “madre”, gritó, una y otra vez, al tiempo que lo zarandeaba para volverlo en sí. La abuela, ajena, parecía estar muy lejos de allí, como si hubiese iniciado un viaje hacia un país indefinido donde no le hiciera falta la memoria ni el pan. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, y en la izquierda mantenía aferrado con fuerza algún objeto indeterminado. Mi madre, llorando, le abrió con infinita delicadeza la mano. Frente a la palidez extrema que mostrara, una luz refulgió brevemente desde el centro mismo de su palma; una luz que se desvaneció al instante convirtiéndose en un finísimo polvo, ligeramente verde.
   Yo no acababa de entender lo que estaba ocurriendo. Menos aún, cuando mi madre, sin dejar de llorar, abandonó la habitación de la abuela y se plantó frente a la puerta de nuestro huésped, golpeándola una y otra vez. Primero, con energía; después, con rabia; más tarde, presa de una insondable desolación. Por último, sin obtener respuesta, decidió abrir la puerta con la llave maestra. Dentro, no había el menor rastro del contador de cuentos.
 
   Hace de esto casi ochenta años. Desde entonces he vivido sin salir de este pueblo, sola en la misma casa en que murieron la abuela y mi madre. Y aunque parece que el mundo ha ido evolucionando por todas partes, este rincón perdido del planeta apenas sí mantiene el contacto con otros pueblos vecinos, o la capital. De tarde en tarde, alguien hace un viaje o recibe una carta. Y su experiencia es compartida con los pocos habitantes que aún quedamos. Cada día se parece al anterior y al de mañana, como un mes al siguiente, y un año a otro. Hoy, sin embargo, se perfila distinto. A eso de la hora del almuerzo ha llamado a la puerta un hombre muy joven, de rostro aniñado, aún barbilampiño, que dice ser contador de cuentos.

5 comentarios:

  1. Leo este cuento con el mismo fervor que devoraba aquellos de Becquer, o, los de Poe en mi ya lejana adolescencia. En la más pura tradición romántica, pero, dejando al lector la responsabilidad de descubrir las distintas combinaciones y elegir entre ellas el desenlace preferido.

    Decía Pessoa que el poeta es un fabulador y bien claro queda en esta prosa elegante y envolvente que nos regalas.

    Sigo en la selección de tus poemas la trayectoria y ese afinamiento de la palabra, no para decir con menos palabras sino para decir más profundo. La vida añade posos y arrugas que dan luz y propiedades nuevas a los versos, nunca viejos. Es un inmenso placer leerte y un enorme agradecimiento el que suscita.

    Un abrazo, amigo.

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  2. Permítaseme, Antonio, entrar al calor de la penumbra para tomar el verbo y saludar como se merece al amigo Manolotel (ando desenredado por lo enredado que ando y apenas visito más bitácoras que ésta). Como no sería propio de mí dejar un saludo a secas, aprovecharé el impulso para, al paso y cariñosamente, afinarle la cita de Pessoa, que sin duda nuestro amigo hace de memoria, y en la que quizás haya querido decir que «el poeta es un fingidor, / finge tan completamente...», etc., que no es exactamente lo mismo que lo lo dicho, aunque para la ocasión no se me escapa que viene a valer por un igual... Además, quién sabe: Pessoa era tan proteico que no me extrañaría nada que, bien ele mesmo, bien por boca de alguna de tantas creaturas como lo habitaban, hubiera escrito en alguna otra ocasión lo del «fabulador» (término que, sin embargo, me parece que le conviene más a Borges: infinitos caminos se bifurcan cada vez que se echa a rodar una palabra).

    Este fantástico cuento, ya conocido y admirado desde poco después de su creación, sigue creciendo con el tiempo y, en efecto, tiende una cada vez más sutil y hermosa red que no cesa de atraparme.

    Abrazos para ambos.

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  3. Estimado Alfredo, la sombra del Alzheimer :-)
    No tengo ni idea de donde me ha venido eso del fabulador, aunque... ¿estaba bien tirado, no?. Citar es un arte, como ya dijo Joselito el Gallo, ese sabio :-)

    Vaya también para tí, querido Alfredo, mi saludo efervescente.

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  4. Amigo Manolotel, ¿no te parece "pelín" exagerado afirmar que este cuento puede mover al mismo fervor qeu los escritos por Bécquer o Poe? Dicho esto, sí que reconoceré que es un cuento que me gusta todavía; que se salva, entre los otros siete que formaban ese pequeño volumen en el que se incluye, con errores incluidos, que también los tiene.

    Un abrazo.

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  5. Don Alfredo, sabe usted que ésta mi casa (su casa) está abierta las veinticuatro horas para que los vecinos y visitantes entren cuando quieran y se sientan como en la suya. De modo que no es menester ningún permiso para dar vuelo a la conversación amiga, al debate e, incluso, a la polémica, llegado el caso. La puntualización viene a cuento y así ha venido a reconocerlo nuestro común amigo, aunque, como él también dice, hay que reconocer que el apunte "estaba bien tirado".

    Respecto al cuento, del que fuiste uno de sus primeros lectores, con las imperfecciones propias de alguien que empezaba sus balbuceos en prosa, pues nunca hasta esos años me había decidido a escribir algún relato y todo mi bagaje literario se centraba en el verso, aún me sigue pareciendo salvable; el que sea algo ratificado por vosotros, la verdad, anima.

    Un abrazo.

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