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sábado, 19 de noviembre de 2011

Sobre la cruz del tiempo (2005)




Ven y bebe conmigo de la copa del tiempo.


Apúrala despacio y saborea
la miel que en sí contiene,
el néctar que te atrapa,
la suavidad del líquido sin fondo
que nos va conformando, si bebemos.


Sin embargo, no pienses
que toda copa será igual, pues cambia
su paladar, conforme a la cosecha
de dolor o de paz, de amor o sombras.
Apúrala, no obstante. Pues no vuelve
la gota malgastada, aunque, a la postre,
siempre pase factura
la vida, de ese trago.


Ven y bebe conmigo,
compárteme en el fuego de esta copa
de tiempo que alargamos
instante tras instante, hasta que quede
seco el fondo y la luz
en el cristal se torne
opacidad,
                  silencio.









Como canta la vida
desde cada rincón de su espesura
su propia construcción, así yo canto
—conforme con mis signos—
la construcción del día.


Alzo palabras
que conjuran la duda,
                                  y hasta salvo
arcanos jeroglíficos que ocupan
mi pensamiento en múltiples respuestas
que al fin, ya contrastadas,
se resumen en una:
tú, mi tiempo.









De claridad, materia religiosa,
se levanta mi casa: luz que empapa
mi propio discurrir.
Y no porque mis manos sean capaces
de engendrar transparencias, sino porque
de la misma materia de tu amor
afianzo sus cimientos,
construyo sus paredes,
elevo soleadas azoteas,
y en ese alzar de muros y moradas
tú permaneces: libre,
silenciosa y prudente a mi costado,
haciendo de la luz firme argamasa
con que afrontar la furia de los tiempos.









Voz y huella de ti. Sobre la senda
del tiempo me desdoblo
en memoria y camino,
en nocturno pasado y luz abierta
al porvenir.
                  Y canto
esa transformación que conformaste
con paciencia y labor,
con la armonía
con que todo lo abordas y compones.


Voz y huella de ti.
                            Sobre la mesa,
testigos de mi huella y de tu voz,
se abren paso estos versos.

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