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viernes, 11 de noviembre de 2011

Sonetos (1985 / 1990)



Vine a escribir un verso y, de repente,
me vi dándole forma a tu sonrisa,
perfilando tus labios con precisa
y renovada sed adolescente.


Imaginé la forma sugerente
tras el leve tamiz de tu camisa,
y ese sabor a menta y a melisa
que descubro en tu cuerpo incandescente.


Desde el endecasílabo a la espuma,
huésped de mi deseo y de tu ausencia,
fui imaginando, exacto, tu retrato.


Así fuiste surgiendo, de la bruma
a mi recuerdo, toda transparencia:
haciendo de mi verso un garabato.






Yo no sé del amor, sino que existe
porque existen tus ojos y tus manos,
tu suave voz, tus signos meridianos,
tu sonrisa, que vence lo más triste.


Y porque en ti me insiste y se resiste
frente a los contratiempos cotidianos;
porque contigo alivia mis veranos,
y en los inviernos su calor me asiste.


Y así sé que es tangible y me acompaña,
y ventila mi casa y persevera
haciéndome crecer hacia tu altura.


Sé que tiene tu rostro y desempaña
mi historia antes de ti, cuando no era
sino un viajero por la noche oscura.






Tengo una casa y ropa, y en la mesa
hay comida caliente cada día;
y una mujer que amo y que no es mía,
porque es libre el amor con que me apresa.


Tengo dos hijas —cálida promesa
de un futuro que sueño en armonía—,
y la salud responde todavía;
y por momentos, la niñez, ilesa.


Tengo amigos, mis padres, mis hermanos,
algunos versos que me son cercanos,
la música barroca, el horizonte...


Podría ser feliz si no supiera
que el mundo gira y gira a su manera
y no todo es orégano en el monte.






                           Somos el tiempo que nos queda

                                      J. M. Caballero Bonald


Somos el tiempo que nos queda, pero,
al mismo tiempo, somos lo que fuimos,
lo que ganamos y lo que perdimos;
la huella, el vuelo, el aire y el sendero.


Somos lo que ofrecimos con sincero
afán de compartir; lo que sentimos
ante el amor o el odio; lo que vimos,
lo que olvidamos; lo total, el cero.


Somos, en una vida, muchas vidas.
Muchos sueños que, acaso, malogramos.
Alguno, que alcanzamos con firmeza.


Somos la cicatriz de mil heridas.
Lo que nos dieron y lo que entregamos.
Lo que, con nuestro adiós, después, empieza.







Canto porque estoy vivo, y aunque pueda
desafinar algunas veces, sigo
porque siempre responde algún amigo
que comparte mi canto y la vereda.


Canto porque mi voz, por la arboleda
del tiempo en el que soy, se hace testigo
de mis sueños, mis pasos y mi trigo.
Y no cambio mi canto por moneda.


Aunque a veces —silencio a la deriva—
sólo con blanco sobre blanco escriba
y amordace mi voz el desencanto,


recobro cuando menos me lo espero
las ganas de cantar. Así, ligero
y sediento de luz, regreso al canto.

4 comentarios:

  1. No hay nada como un soneto para tocar delicadamente el corazón amado. Y menos cuando salen con esta naturalidad tuya tan dificil aunque no lo parezca.

    Ah, el viejo y querido soneto que nunca falla.

    Bueno, casi nunca. Como bien explicas siempre hay dias negros en que solo se escribe blanco sobre blanco (¡que bonito verso!) y pasa que:

    Cuando se escribe blanco sobre blanco,
    la línea es luz y la materia aliento
    que no llega a cuajar en pensamiento:
    la voz de un mudo, el tantear de un manco.

    Nos pide la palabra paso franco
    y hay un muro de cal que a cada intento
    nos devuelve un rumor de desaliento
    y un círculo vicioso cruel y estanco.

    Sabes que el verso está, pero no brota.
    Yace la mano inútil e inconsciente
    El mínimo ruido nos alerta
    El tiempo se nos cuela gota a gota
    y cuando ya el fracaso es evidente
    se oye una voz y llaman a la puerta.

    Abrazo.

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  2. Me encantan... Y qué capacidad para la versificación y la cuidada rima.
    Enhorabuena
    Un abrazo

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  3. Manolotel, sólo por dar pie a ese soneto con el que rematas tu comentario, mereció la pena volver a mostrar estos sonetos lejanos.

    Un abrazo, amigo.

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  4. Esmeralda, un placer volverte a sentir al otro lado del espejo. Gracias por tu generosa lectura.

    Un abrazo.

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