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martes, 15 de noviembre de 2011

Veinticinco poemas en Carmen (1999)



PRELUDIO



Errante por las rutas que el tiempo va marcando,
he cruzado regiones que el corazón registra:
desiertos, valles, selvas, rotundas cordilleras
donde la sangre escribe cuanto la voz se calla.
Viajero infatigable al norte de mis pasos,
aprendí mil celadas con que enfrentarme al miedo,
palabras como espigas, caricias como hogueras
en las noches de invierno, sin posible cobijo.
Visité mil ciudades, me sumergí en mil ríos,
aprendí a ver los ojos de los hombres que callan.
Y fui creciendo al mundo más allá de los gestos,
otro más en el centro de la espiral de un Todo.
“La vida —alguien me dijo— es seguir adelante,
aunque a veces tu sueño no apunte al horizonte;
aunque nada esté claro, y el mar esté furioso,
y esté todo vacío, sin luz, y sin canciones.
Los hombres —insistieron— a veces se contagian
de una fiebre de odio que no respeta al hombre,
y adoptan sin recato el corazón del lobo,
y ofician a la muerte en grandes aquelarres.
Pero también —recuerda— hay luz en su mirada;
y una despensa llena de renuncias, y amigos
que se inmolan al mundo por dar una sonrisa
con que sembrar de dicha la ceniza de otros”.
En ese claroscuro la vida se proyecta:
cara y cruz de la misma moneda, que es el hombre.
Y es en ese paisaje, vegetal o terrible,
en el que fui avanzando hacia mi propio espejo.
Por esas latitudes, vagabundo sin rumbo,
fui bebiendo la savia de mi propia fatiga,
y un número perdido dentro de un infinito
fui yo, sin esperanza, sin mañana, sin fuego.
Cuando surgió a mi lado la luz se hizo distinta:
manantial de su risa, espejo de sus ojos.
Recompuso el camino donde andaban mis huellas
sin orden ni concierto, sin razones ni normas.
Y así, desde aquel día, reconozco mis pasos,
y todo guarda un orden que antes jamás tenía.
En ella estoy completo. Soy feliz. No persigo
otro afán que no sea la estela de su tiempo.






QUEJA


Me lo dijiste un día: “Ya no me escribes versos”.
Y estaba la tristeza sonando en tus palabras,
una cierta añoranza de otro tiempo pasado
en el que estaba alerta mi pluma a todas horas.
Y es verdad que he dejado de escribir como antes,
que no me pide el cuerpo encadenar poemas,
que se pasan los años sin dejar testimonio
de este amor que, no obstante, se agranda cada día.
Porque mis ojos dicen lo que mi boca calla,
y una sola mirada vale más que mil versos;
porque ya no me urge ver la palabra escrita
igual que antes, no ejerzo de trovador privado.
Pero como lo hiciste —te quejaste una noche—,
y una queja en tu boca es una flor que muere,
he vuelto a la palabra, y te entrego este gesto
para que ni un instante se nuble tu alegría.





CARMÍN


Me gusta contemplarte cuando, frente al espejo,
con el lápiz de labios, perfilas tu sonrisa:
tu rostro en el cristal trascendiendo el espacio;
tu mano, experta y grácil, marcando el territorio.
Mis labios, de repente, se sienten imantados
por esa fruta roja que provoca al instinto;
y hacia el umbral del beso se abalanzan, sedientos.
Sólo si tú les abres la puerta son dichosos.
En esos leves gestos, del todo cotidianos,
ensalzo tu belleza, tu luz, y tu alegría;
y yo me siento fuerte —cómplice de tus labios—
compartiendo momentos que sólo serán nuestros.





AGENDA


El lunes aún retengo tu aroma entre mi pecho.
El martes no me embarco, deambulo por tus muelles.
El miércoles el mundo parece intransitable.
El jueves sale el sol, y tiene tu mirada.
El viernes, el destino me lleva a la frontera
del sábado, que anuncia el reino del domingo.
Y el domingo, en tus brazos, el tiempo arde en derrota.





LOS VISITANTES


Alguna vez ocurre que estando solo vienen
y llaman a mi puerta, y pretenden colarse
en donde nadie ha entrado, si no es con mi permiso;
y ensayan estrategias con las que derrotarme.
Y ocurre algunas veces que la tarde es oscura,
que las sombras se alían con tales elementos
y consiguen cruzar el umbral de mi casa,
y siembran la tristeza por todos los rincones.
Más de una vez me hallaste en tales ocasiones
deambulando, perdido, a merced de sus dardos;
rendido a sus celadas, ajeno a la derrota
que me iba transformando en otro, a mí distinto.
Menos mal que tú llegas, y provocas su marcha
—tu risa es un cuchillo de luz que los aterra—,
y curas mis heridas con un beso de cine
en donde has macerado una pócima arcana.

2 comentarios:

  1. Qué orgullosa se tiene que sentir Carmen de su juglar enamorado... Bellos versos, bellos sentimientos. Enhorabuena de todo corazón a ambos.

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  2. Qué decir, Esmeralda. Gracias por tus palabras.

    Un abrazo.

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