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miércoles, 28 de diciembre de 2011

De romancetas y sus antecedentes


[Plato de morteruelo. Imagen tomada de El Blog de los Trolacas]


Se afirma por ahí que nada hay nuevo bajo el sol. Y a fe que es verdad. Por ejemplo, hace sólo unos días, me parecía haber descubierto poco menos que la pólvora cuando traje aquí la receta del mazapán, formulada en una Romanceta (nombre que osé dar a la receta de cocina escrita en forma de romance); básicamente, un divertimento en el que loar las virtudes de dulce tan navideño. Pues bien, hoy, ojeando La cocina del Quijote, libro de Lorenzo Díaz, publicado en Alianza Editorial en 2005 con motivo del IV centenario de tan ilustre personaje, y que mis hijas tuvieron a bien regalarme aquel año, reparo en el texto que a continuación copio, que leí en su momento pero —lo juro— había borrado de mi memoria por completo. Se trata de la receta del Morteruelo, rimada por Tomás Luceño. Hela aquí:

Coges hígado de cerdo,
lomo y ave, lo rehogas
con aceite y ajo frito;
pero, por Dios, no lo comas,
que todavía hace falta
una multitud de cosas.
Todo esto lo cueces mucho,
porque de ese modo logras
deshuesar las aves y
(procediendo en buena lógica),
que se desmenuce el lomo
y el hígado, al cual colocas
dentro de un mortero limpio,
le machacas, en buena hora,
por un colador lo pasas
y en el caldo donde todas
estas carnes han cocido,
con mucha calma lo embocas;
si te gustan las especias,
con especias lo sazonas.
Después rallas pan; lo echas
en el caldo, se incorpora
a las referidas carnes,
y toda una pasta forma
que sacas in continenti,
en grandes tarros colocas,
lo conservas algún tiempo,
librándolos de las moscas;
y si quieres te los comes,
y si no, no te los comas,
que cada cual es muy dueño
de su estómago y [de] su boca.

El último verso, curiosamente, es un eneasílabo en vez de octosílabo. No sé si, acaso, pueda deberse a alguna errata de imprenta y sobre la segunda proposición “de” (aquí, entre corchetes).

Sea como fuere, y salvando esta minucia, quede constancia de que, si bien el apelativo de Romanceta, como se aclaraba en el soneto previo a la misma, fue ocurrencia mía, la idea de trasladar al romance una receta de cocina, llámese como se quiera, estaba ya inventada. Seguramente, la receta que aquí traigo no sea la única que pulule por esos mundos de papel impreso que llamamos libros. Como suele decirse: Al César, lo que es del César…

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