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viernes, 2 de diciembre de 2011

El contable



            Durante años fui el dueño del cotarro. Quiero decir que sin ser jefe ni socio de la empresa era en la práctica quien venía a hacer y deshacer. El que evaluaba los materiales, hacía los pedidos, se encargaba de los presupuestos y las facturas, y, en el culmen de autonomía en el trabajo, la persona que cerraba balances y confeccionaba la memoria anual. Cuanto yo hacía, sin más comprobaciones, era visado por mis jefes, quienes a la menor ocasión se deshacían en elogios hacia mí; tan ostensiblemente, que accedían sin rechistar cada vez que, bajo la excusa de haber sido tentado por alguna empresa de la competencia, les pedía un aumento de sueldo. Aunque me esté mal decirlo, era un empleado eficaz. Más que eficaz, diría, modelo. Cada vez me volví más independiente, al tiempo que la seguridad en mí aumentaba. Tanto, que un buen día tomé una decisión que ni siquiera comenté después con mis superiores, quienes, di por descontado, la hubieran aprobado sin mayores reservas. Esta acción dio paso a otra, y esta segunda a una tercera. Y así, en poco tiempo, hice y deshice a mi capricho. Al mismo tiempo, desde el extraordinario confort que me proporcionaba mi puesto, mis gastos personales se dispararon. Ya no era sólo ropa de marca, a la última; ni un coche nuevo, cada seis meses; ni frecuentes almuerzos en restaurantes de máxima categoría. Fue también un apartamento en la ciudad, un chalet en la sierra, un velero atracado en un puerto deportivo de primer orden… Llegó un momento en que, por muchos aumentos de sueldo que recibiese, mis gastos siempre eran superiores a mis ingresos. Tanto, que ni siquiera la solicitud de un préstamo sirvió para reconducir mi propia administración y cubrir mis continuos descubiertos. Éstos, admitidos sin reserva durante un tiempo por el Banco, comenzaron a ser motivo de reiteradas reclamaciones, lo que me llevó a la adopción de medidas drásticas: pequeños desvíos de fondos desde la cuenta de la empresa a la mía, en el convencimiento de que en poco tiempo procedería a su reintegro; llegado el caso, incluso con los intereses correspondientes. Trataba de convencerme de que aquello era una mala racha, de la que saldría sin mayores apuros. Sin embargo, los días pasaban; pasaban las semanas y los meses, y mis deudas, lejos de menguar, crecían sin remedio. Y mis fraudes, fútiles, si se quiere, al principio, ascendían al mismo ritmo que las deudas. Hasta que llegó un momento en que el capital circulante de la empresa se resintió. Para ocultarlo, cancelé un fondo de inversión contratado meses antes como consecuencia de una punta de tesorería. Y más tarde, con la creación de dos empresas filiales, a las que mis jefes, naturalmente, eran ajenos —algo que pude llevar a cabo gracias a los poderes que, dada su confianza en mí, me habían otorgado— y a la involuntaria colaboración de varias entidades bancarias con las que operábamos, me embarqué en una sencilla rueda de cheques, difícil, a priori, de imaginar. Cuando todo esto también resultó insuficiente y me veía con el agua al cuello decidí dar el golpe final: una especie de huida hacia adelante en la que me haría con los pocos recursos en efectivo disponibles y pondría pies en polvorosa. O, lo que es igual, en algún país donde resultara difícil mi localización.
            Lo había calculado todo con la precisión de un astrónomo. Vendí en un par de días, y en secreto, el coche y el chalet en la sierra, únicas posesiones sobre las que no pesaba ninguna carga, y transferí su importe a un banco de Panamá. Después compré un billete de avión para ese país, con intención de, una vez allí, cambiar de identidad. Por último, el día de mi partida aguardé con la mayor calma del mundo a que llegara la hora de cierre en la oficina. Bajo el pretexto de terminar un trabajo dejaría que todos abandonaran el local y, una vez solo, me apoderaría del efectivo que se guardaba en la caja fuerte. De esta forma el golpe sería redondo. Si me plan no salió como yo lo había diseñado fue por una imprevisible fatalidad. Cuando bajaba, con nadie ya en las oficinas del edificio, el ascensor sufrió una avería y quedé atrapado entre dos pisos. De allí me sacaron medio asfixiado a la mañana siguiente. Y mientras era objeto de observación en el hospital en donde me ingresaron a toda prisa, mis jefes descubrieron el robo de la caja fuerte y no les fue difícil atar cabos.
            Hoy, después de un par de meses aquí, he comenzado a colaborar en el economato de la prisión. La vida está llena de oportunidades.

2 comentarios:

  1. Sin importar genero, la escritura se te da con naturalidad y evidente belleza. Ay, tus ojos Antonio. Siempre puliendo los lentes del alma!

    Eli.

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  2. Ay, tus ojos, Eli, siempre mirando con tanta condescendencia.

    Un abrazo.

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