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lunes, 28 de marzo de 2011

La partida

 [Imagen: La Partida, de Paul Cézzane]

            Cuando don Emeterio Camposales Alamillo, a la sazón médico de Los Madroñales de Arriba, confesó a su cuñado, Eladio Cenutrio, alias Pichacorta, que acababa de despachar de un solo golpe, o, para más exactitud, de una generosa ración de cianuro, a modo de reconstituyente, a su común suegro, don Torcuato de los Reyes y de los Reyes —hasta el momento de entregar su alma, alcalde del pueblo y cacique mayor del reino—, lo primero que sintió Pichacorta fue una gran angustia, una desazón a modo de urticaria repentina repartida por todo el cuerpo, y un déficit de aire que dificultaba su respiración hasta el agobio. Luego, ante las palabras tranquilizadoras de su cuñado, hombre de ciencia, de intachable fama y, a la vista de los hechos, extraordinario estratega y gran calculador, fue serenándose poco a poco, hasta que, ayudado también por un aguardiente de hierbas que el médico extrajo de un aparador y del que sirvió dos copas que ambos apuraron de un solo trago, quedó generosamente relajado, dispuesto a escuchar cuanto don Emeterio tuviera a bien decirle. Éste, tan pronto vio a su cuñado otra vez en condiciones para la confidencia, continuó con su argumentación: “… Sabes, querido Eladio, que nuestra situación económica pasa por momentos críticos. Ambos lo hemos hablado en más de una ocasión. Nuestras familias atraviesan tiempos de penuria, mientras el viejo dilapida… —bueno, dilapidaba— su fortuna, la herencia de nuestros hijos, sin tasa y con mujeres de mala fama y peores intenciones. ¡Cuántas veces, en nuestras charlas, no hemos deseado los dos su muerte! ¡Cuántas veces no hemos mirado al cielo pidiendo al Altísimo que lo llevase a su presencia! Pero sea porque Dios se ha vuelto sordo de remate, sea porque el viejo tenía una salud a prueba de bomba, pasaban los años y ahí seguía, derrochando dinero, humillándonos… Así habríamos continuado hasta que la Parca, apiadada de nosotros, hubiese venido a llevárselo. Pero, ¿cuánto tiempo tendría que haber pasado hasta que esto ocurriese? No podemos saberlo. Sin embargo, ayer sucedió algo que me llevó a tomar la dolorosa decisión que te confieso. En el Casino, jugaba como cada tarde la partida de póker con Pantaleón, el farmacéutico; Sinesio, el director del Banco; y Culorroto, ya sabes, ese terrateniente de Los Madroñales de Abajo, de mal nombre por los sonoros cuescos que suele soltarse, esté donde esté y ante quien sea; por lo que se ve, había venido a cerrar algún trato con alguien de aquí, y, de paso, a tentar a la suerte en una buena partida. Habíamos jugado unas cuantas manos y, la verdad, no me iba mal. Lo que yo ganaba lo perdía Sinesio y, en menor medida, Pantaleón. Culorroto, hasta ese momento, ni fu ni fa. Hasta que llegó la mano de la tarde: repartía las cartas Culorroto y me dio tres reyes, un tres de picas y un dos de corazones. Pantaleón, en el descarte, soltó cuatro cartas, lo mismo que Sinesio…” Aquí, Pichacorta interrumpió a su cuñado diciéndole que fuese al grano, que no hacía falta que le relatará, paso a paso, la tarde de marras. Pero el médico, tan tranquilo como hasta ese momento, continuó: “… Déjame que te cuente. Ten paciencia. A lo que voy es que ambos, Sinesio y Pantaleón, tiraron sus cartas. Yo pedí dos y me entraron un nuevo rey y una jota: un póker de reyes que invitaba a ir a por todas. Frente a mí, Culorroto, que se había descartado de tres, comprobó su jugada sin mover un solo músculo de la cara, ni el más mínimo gesto que pudiera darme alguna pista sobre los naipes que llevaba. Aposté. El cubrió mi apuesta y la subió. Yo hice lo mismo. Y él respondió con idénticas intenciones. En un santiamén, sobre la mesa había todo un capital; dinero que, por supuesto, no estaba dispuesto a perder con las cartas que tenía. Volví a subir la apuesta, y volvió a igualarla. Pero no se conformó con ello. Parecía empeñado en desplumarme en esa baza, de modo que desplazó al centro de la mesa todas las fichas que le quedaban. ‘Mi resto’, dijo. Yo hice lo mismo, y mostré, con gesto de victoria, mis cartas: póker de reyes. Entonces, él, henchido de gozo, con una sonrisa nauseabunda de oreja a oreja, destapó su escalera de color, al tiempo que yo rompía en sudores fríos y amagos de vómito que a duras penas pude contener. En un solo golpe perdí cerca de diez mil euros.” “¡Diez mil euros!”, exclamó Pichacorta. “Sí, diez mil euros. Salí del casino hecho polvo. Arruinado, prácticamente, y sin saber qué hacer para ocultárselo a Maruja. Entonces, pensé en lo que tantas veces hemos hablado. En la muerte del viejo. Lo di vueltas toda la noche. Y esta mañana, el reconstituyente que le receté hace un par de semanas lo cambié por el veneno, de modo que en poco más de una hora —eso sí, bastante larga para el pobre— don Torcuato la espichaba.” “Pero esto que me cuentas es terrible. No sé cómo has podido. Además, pueden investigar. Detenerte.” “Nadie tiene por qué indagar nada, si tú no te vas de la lengua. Piensa que de ésta ambos saldremos beneficiados. Yo firmaré su certificado de defunción, y aquí paz y después gloria.” “¡Yo no quiero nada. No quiero nada!”, estalló Pichacorta. “Tú querrás lo que te corresponda. Y no hay más que hablar. ¿Lo has entendido?”
Podía ser muy convincente don Emeterio. Más aún cuando uno sabía de lo que era capaz. De ahí que su cuñado diese aquella conversación por terminada y decidiera, en su fuero interno, no volver a pensar en el secreto que le había sido confiado.
            Dos semanas más tarde, en mi notaría, se abrió el testamento de don Torcuato de los Reyes y de los Reyes. Aún recuerdo los rostros de desencanto de los allí presentes al oír lo dispuesto por el finado. Tanto el caserón en que vivía, un palacete del siglo XVIII, como las fincas de su propiedad, estaban hipotecadas, y se exhortaba a sus deudos a que luchasen con todas sus fuerzas por mantener aquel patrimonio que él, manirroto y vivalavirgen, no había sabido conservar como su padre hubiera deseado. Hijas y yernos salieron del despacho, silenciosos, con veinte años más a sus espaldas, arrastrando los pies y con la mirada hundida en el ajedrezado de la sala. Un día después, Pichacorta me confesó lo que el médico le había contado, tal como aquí lo relato. Y yo, en cumplimiento de mi deber, lo denuncié en comisaría. El juicio contra don Emeterio está previsto para la primavera. En el palacete de don Torcuato hoy opera la oficina del Banco que lo hipotecó.

domingo, 27 de marzo de 2011

Vivir


Nadie se queda aquí —dijo mi abuelo,
bebiendo de una jarra de cerveza—.
Pero en tanto picamos el anzuelo
con que la muerte pesca, la certeza
de vivir esta vida es suficiente
si podemos gozar con nuestra gente.

Yo jugaba a su lado, un poco ajeno
al grupo, a la cerveza, a su sentencia.
Pero aquella semilla de su ciencia,
prendió en mi corazón como el centeno,
y sigo su enseñanza. Así celebro
el tiempo que a la muerte le requiebro.

sábado, 26 de marzo de 2011

El manuscrito

[Imagen tomada de: http://www.losviajesdejota.com]


            Como suele ocurrir cuando se busca algo, entre cuadernos adolescentes, fotografías antiguas, recortes de periódico y folletos de viajes, acabó por no dar con el objeto de su registro, pero, a cambio, descubrió aquel manuscrito ya olvidado, y que, sin duda, habría dado por perdido muchos años antes: un texto más, entre otros muchos juveniles, dignos todos de ser quemados sin el menor reparo ni remordimiento. Sin embargo, acaso movido por la nostalgia o la curiosidad, se dio allí mismo a su lectura, sentado de mala manera en el suelo, apoyada la espalda en la pared. Lo primero que le llamó la atención fue la lejana caligrafía, tan distante de esta otra letra de ahora, no más firme ni elegante ni bella, pero sí, quizá, algo más rápida y próxima a lo que pudiera ser una personalidad ya formada, si es que ésta acaba de formarse en algún momento de nuestras vidas. Después, el texto; sin signos de puntuación, con alguna falta de ortografía que era como un puñal clavándose en sus ojos. Leído ahora por otro, tan lejano del autor que lo escribiera, le pareció que las palabras habían sido rebuscadas en exceso y la trama del relato, lineal y sin sorpresas, demasiado infantil, incluso para la edad en que fue creado. No obstante, conforme leía, le pareció experimentar algo parecido a la levedad, una ligereza extraña y relajante que lo arrancaba del presente y le ponía rumbo a un viaje al pasado, que la memoria, confusa, se esforzaba por acotar. El cuento, situado en un tiempo indeterminado, hablaba de un joven que, por motivos no especificados, resultaba ser depositario de un antiguo y venerable secreto. Otros hombres, ansiosos por conocerlo, le perseguían por distintas ciudades, de modo que ríos, montañas, valles y pueblos laberínticos se sucedían en una aventura narrada torpemente y sin el pulso preciso como para implicar al lector. Y, sin embargo, aun reconociendo la torpeza del relato, pronto se vio sumergido en aquellos paisajes y urbes, quizá vividos en una existencia inventada, ancestral y cerrada hoy a los caminos más precisos de la razón. Cuando a punto estaba de entrar en el desenlace de la historia, observó, no sin asombro, que la caligrafía había cambiado: ya no era la letra escolar y redondilla del principio, sino otra, afilada y picuda, inclinada hacia adelante; sin duda, escrita por otra mano que, por lo que podía deducir, no era la suya. Pero no terminaba aquí su sorpresa, pues las últimas páginas, quizá dos o tres, faltaban del manuscrito, y con ellas el final del cuento, al que, difusamente, creía haber puesto en su día punto y final. Por un tiempo que no podría medir quedó inmóvil: los folios en su mano izquierda, las rodillas ligeramente encogidas, la espalda apoyada contra el muro…, hasta que sintió cómo un hormigueo subía por sus pantorrillas y, agarrotada, la zona dorsal. Se incorporó trabajosamente y tomó asiento en uno de los sillones de la sala, la carpeta con los textos antiguos junto a él. Miró y buscó entre cuadernillos, sobres y folios sueltos el final de la historia, pero, o se había perdido para siempre o nunca llegó a escribirla.
            A partir de aquel día, se despierta entre noche, víctima del mismo sueño, preciso y puntual. En él, un joven cruza un puente colgante sobre un río caudaloso y violento, que arrastra troncos, rastros de construcciones y cadáveres; un río a cientos de metros por debajo, en un paisaje selvático, exuberante. No sabe qué significa. Desde ese día, nada de cuanto escribe le satisface.  

viernes, 25 de marzo de 2011

jueves, 24 de marzo de 2011

La llamada del mar

[Imagen tomada de www.fondospantallagratis.com


—Un día me armaré de valor, empaquetaré mis cuatro trastos y tomaré el primer barco que zarpe a cualquier parte.
            Lo dijo con ojos soñadores, fijos en el horizonte que, en aquel momento, a la caída de la tarde, se dibujaba entre tonos grises, anaranjados y violetas. Lo dijo al compás de las olas que rompían contra el espigón, mansas, monótonas, obsesivas… No lo creímos. Demasiadas cosas le unían al pueblo: su madre, su novia; su padre, interno en una residencia por culpa del alzheimer; un trabajo estable en el ayuntamiento…
            —Tú lo que eres es un soñador —apuntó el Nano—. De aquí no te mueves en tu vida. Como todos nosotros.
            —Es probable… —dijo, con un tono apagado; como quien se confiesa.
            Armando pidió otros vinos, y alguien contó un chiste, y volvieron las risas y la chirigota. Y también él pareció olvidarse de aquel repentino afán viajero.
            Dos días más tarde, al ir a hacer la habitación, su madre encontró en la mesilla de noche una nota de despedida. Aquella misma madrugada había zarpado en un carguero griego, rumbo a Hong Kong. Como si algún extraño mal lo hubiese poseído, partió sin más adioses: sin una palabra a su novia, sin un saludo a sus amigos. Jamás volvimos a saber nada de él.
            Hoy, después de tantos años, con los padres ya en el cementerio, la novia con su vida rehecha, y la pandilla cada cual por su lado, lo he recordado mirando el horizonte: la misma luz que aquel día, el mismo rumor de las olas. Hasta que la noche ha pintado todo de sombras: encapotado el cielo; sin rastro de estrellas. Sin rastro de Martín, disuelto en el tiempo y la distancia. Sólo un nombre que un día tuvo rostro, voz y sueños. Hasta que estos y los caminos del mar nos lo arrebataron para siempre. Para siempre.
            ¿Con qué secretos?

miércoles, 23 de marzo de 2011

Viaje

[Imagen: Campo de amapolas, de Monet]


Miro tras la ventana: llueve.
Pero en mi corazón florecen las espigas
y recuerdo un futuro transparente.

martes, 22 de marzo de 2011

Más sobre la poesía


A la eterna pregunta de qué es la poesía,
respondo con silencios y lecturas.

Hay quien escribe versos con oscuras palabras,
metáforas, anáforas, y fuegos imposibles;
versos que vienen a nombrar el mundo
de una forma distinta, inaugural.

Y a mí me gustan.

Y poetas que dan a su palabra
la dimensión profunda de las simas,
la extensión de los ríos caudalosos,
la luz de cien mil soles enlazados,
el verde de las selvas amazónicas.

Y a mí me llegan.

Otros, escriben versos con su nombre
y el nombre de la amada, y se desnudan
de toda identidad que no sea suya,
y me muestran la puerta de su amor.

Y yo los creo.

Los hay que, sin embargo,
se alimentan del duelo de la vida,
del dolor del planeta,
de la cizaña de la intransigencia,
de la injusticia, el miedo, el holocausto.
Y sus versos son armas,
afilados puñales con signos y palabras
contra todo lo oscuro,
que a veces, por extraño
que pueda parecer, llegan al centro
del corazón dormido de los hombres,
alentando al combate.

Y yo también me sumo a sus consignas.

Mientras tanto, me empeño
—contagiado por unos y por otros—
en la aventura de la poesía.
Y busco claridad para mi verbo,
y camino entre sílabas agraces,
y recorro regiones que ignora el corazón,
sólo para llegar hasta mí mismo
sin máscaras ni sombras.
Y levanto el andamio del poema
con cuanto un hombre guarda en sus bolsillos.

No sé si otros verán en mi palabra
la belleza del verbo que descubro en aquellos.
No sé qué es poesía
—si es que es un sueño unívoco
o un paisaje excluyente—.

Escribo a mi dictado. Y, a veces, oigo el ritmo
del mar entre mis versos, y del viento que pasa.

lunes, 21 de marzo de 2011

Día Mundial de La Poesía

[Imagen: Portada de Indicios, primera revista en la que publiqué un poema]


La Poesía:
misterio en el latido
de cada instante.

domingo, 20 de marzo de 2011

Alcachofas con queso parmesano (Cocineto con estrambote)

[Imagen tomada del guiso cocinado por este autor]

¡Alcachofas con queso parmesano!
Ojo al dato, y apunte el cocineto,
pues el plato no tiene gran secreto
y lo puede guisar hasta un profano.

(De la cocina, claro). Tenga a mano
dos dientes de ajo, pan rallado, queso,
seis buenas alcachofas, un espeso
aceite oliva virgen y un temprano

vino blanco. Luego, en una cazuela,
dore el ajo y añada la verdura
en cuatro trozos longitudinales.

Espolvoree el queso sin cautela,
y algo de pan rallado. Con mesura
riegue vino y aceite, y que, nupciales,

en un caldo de carne concentrado,
cuezan las alcachofas con cuidado. 

Después de un par de horas de cocción,
nieve con perejil a discreción.  

sábado, 19 de marzo de 2011

Hoy, Día del Padre

Hoy, 19 de marzo, Día del Padre, dejo un regalo sin palabras. Para reír un poco:

 

jueves, 17 de marzo de 2011

Cómo es Oporto, compañera

[Imagen tomada de la Red: http://oberri.bioef.org]


¿Cómo es Oporto, amiga,
más allá de las fotos de Google o los libros
de viajes, historia o geografía?
¿Qué se respira en sus callejas —dicen— empinadas?
¿Está la flor del vino en el ambiente?
¿Y las palabras? ¿Hilan el aire como yo imagino?
¿Y la lluvia? ¿Resbala por la piedra con saudade
y una música antigua que amansa el corazón?
¿Cómo es Oporto,compañera,
tú que viste sus plazas centenarias,
que contemplaste el Duero, y la caricia
de la brisa del mar besó tu rostro?
No lo conozco, esposa, y quiero verlo
con la luz de tus ojos, con el tacto
de tus frágiles manos que sostienen
el mundo sin esfuerzo.

Llévame a Oporto, amor. Y que nos vea
la ciudad en el gozo del amor celebrado.

Después, cansados de avenidas,
de puentes, de escaleras y de luz,
dame a beber del vino de esa tierra,
y dámelo, mujer, desde tus labios.
Como me das en ellos cada día
las ganas de vivir,
                      y tu certeza.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Preparativos

[Imagen: Cañón del Sil - Ribeira Sacra  ©   A. C. G.]

            Cuando uno proyecta un viaje —como yo ahora— disfruta con los preparativos de la marcha e imagina paisajes que contemplará, caminos por los que adentrarse, paisanos y gentes con quienes intercambiará unas frases acaso, y en los que —alguna vez ocurre— descubrirá ancestrales y bien asentadas filosofías. Imagina playas y catedrales; bosques de hayas, robles y castaños; monumentos civiles, palacetes, castillos. Y cuando, como es el caso, ese viaje es más allá de la Raya y por tierras del noroeste, una cadencia lenta y melodiosa en las palabras, húmedas de lluvia y atlántico. Siempre hospitalarias.

martes, 15 de marzo de 2011

Caligrafía

[Imagen: Monje copista - Tomada de Biblicoasesores.miflotoblog.com]

El trazo de la pluma estilográfica
sobre el papel en blanco, la pelea
por una clara forma caligráfica
que el pulso indaga y la razón desea,
no son nada al final si nada arde
en el ara silente de la tarde.

Pues, al fin, la palabra es fuego y vida
que sobrepasa el límite del signo,
aunque, en esencia, sea el fidedigno
testigo de la voz que lo valida.
Sin embargo, qué bella la palabra
de la mano que, armónica, la labra.

domingo, 13 de marzo de 2011

Perogrullada

[Imagen: Taj Mahal - Tomada de la pag. www.Telva.com]


Todo al final es humo, arena, nada.
El poder y la gloria, la riqueza,
las piedras más perfectas, la belleza…,
todo será del tiempo llamarada.

También de aquel que vive en su morada
y gobierna los días con firmeza,
el tiempo se hará cargo: todo empieza
a no ser al albor de la jornada.

Por eso hay que aprender que nada vale
sino el amor y la amistad, que el resto
es sólo lastre al fin. Y que se sale

del cuerpo únicamente con lo puesto.
(Y aunque ya lo avisara Perogrullo,
nos pierden la avaricia y el orgullo.)

sábado, 12 de marzo de 2011

Libélula la luz

[Imagen tomada de Kalipedia.com]


Libélula la voz, ninfa del agua
que al soplo del poeta traza el vuelo
y luce su color en la palabra.
Luminiscente y leve, trepadora
por la pared del aire y el papel.

Y, como el odonato, tantas veces
sin el tiempo ni espacio necesarios
para ajustar la vida.

viernes, 11 de marzo de 2011

Cuenca (octubre 1988)

[Fotografía tomada de la Página viajarsinprisa.net]



Hace apenas diez días que ha llegado
sigiloso el otoño. Ya platean
los álamos que al viento se cimbrean.
Y el cielo azul se torna en gris morado.

Las copas de los árboles se visten
de dorados, naranjas y amarillos,
y el sol se posa, con fugaces brillos,
en las aguas del Huécar. Se resisten

los pájaros, con trinos bulliciosos,
a cerrar la cancela del verano
en este octubre, limpio y balbuciente.

Nosotros caminamos de la mano
observando el paisaje. Venturosos,
miramos el futuro en el presente. 

jueves, 10 de marzo de 2011

Mientras camino

[Imagen tomada del blog: notodoesloqeparece.blogspot.com]
 

Camino por la calle a la deriva. Voy con mis pensamientos y, a mi modo, edifico un espacio del que soy guardián y morador. Cruzo con transeúntes soñolientos, sonámbulos del día que hormiguean camino del trabajo. En medio de la calle, del ruido de los autos y el ritmo de las obras que apenas comenzaron su latido de máquinas y grúas, yo respiro el silencio que con tanto fervor defiendo y alzo. Y en ese espacio íntimo en el que me pertrecho, de repente, me siento avasallado. Un caminante me adelanta, unos pasos apenas. Viene aprisa, y ya a unos metros de mí, aun antes de sobrepasarme, puedo oír un monólogo impaciente, imperativo, soberbio y malhablado. Acecho con más detenimiento, mientras él, a lo suyo, continúa insolente dando voces y órdenes; furioso con alguien, contra alguien. Lo sigo aún más atento, acomodando el paso a su zancada, a una distancia prudencial y suficiente como para captar su grosera perorata. Y no aprecio ningún indicio que me confirme que todo el despotismo que vomita lo arroje contra otro (sus manos en los bolsillos, protegidas del frío matinal). Sin embargo, cuando, puesto a su altura, mis ojos escrutan su figura con más detenimiento, descubro el cable conductor que confluye en su oreja, que asoma desde el interior de su gabán y le permite, con las manos libres, transmitir su evidente chulería. Yo acelero mi paso y vuelvo a adelantarlo, y me alejo de él, ajeno ya a sus voces, otra vez a lo mío, de nuevo en ese espacio sagrado de silencio que por unos instantes me ha sido arrebatado.