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sábado, 30 de abril de 2011

Apuntes de viaje (25)

[A la izquierda,Parador de Santo Estevo, junto a la iglesia, aún dedicada al culto]

36.-

            En ruta a Santo Estevo, el viajero regresa hasta Portelinha, y de ahí, atravesando Alcabaça y Sấo Gregório, da en la N301, vía que conduce a territorio español, donde cambia el nombre por el de OU801. Hasta llegar aquí, a veinte kilómetros, más o menos, de Castro Laboreiro, han viajado por una carretera sin tráfico alguno, abundante en curvas, y protegida de un sol que todavía no calienta como lo hará más tarde por los altos árboles que la flanquean: unas veces, robles; otras, hayas; algunas, castaños. Buen trecho de la ruta de hoy será a través de cerradas umbrías por las que el sol, a duras penas, consigue colarse entre los huecos de la espesa vegetación; bosques que tienen algo de mágico, un halo de misterio que invita a pensar en meigas o Santas Compañas. No en vano se adentran en lo que denominan la Galicia profunda, que acaso en estos tiempos, cada vez más globalizados, lo sea menos, aunque aún conserve parte de su arcana atmósfera; al menos, en lo que al paisaje se refiere. A este respecto, le viene a la memoria al viajero El Bosque Animado, de Wenceslao Fernández Flores, con su célebre bandido Fendetestas. Y, al hacerlo, se sorprende con una sonrisa dibujada en los labios mientras conduce.
Dada la hora y la intensidad de la luz (aun a pesar de llegar tamizada por el cedazo agitado de las ramas), no parece creíble que una meiga o una procesión de almas del Purgatorio puedan hacerse presentes, aquí y ahora. Sin embargo, estos mismos parajes, a eso de la media noche, bien podrían soliviantar el ánimo de más de un conductor aprensivo y proclive a creer en la existencia de fantasmas y aparecidos, algo a lo que este viajero, escéptico por lo general, no es aficionado. Ahora bien, tampoco se atrevería a asegurar que, en tal situación, los sonidos del bosque no concuerden en una especie de sinfonía macabra capaz de inquietar al más pintado; hipótesis que, obviamente, no comprobarán in situ, por la simple razón de que no esperarán aquí hasta la media noche para tal menester.
Con estos y otros soliloquios continúan en ruta, atraviesan aldeas, descubren hórreos, atisban gentes. De vez en cuando, alguna carreta tirada por bueyes los hace aminorar la velocidad y circular unos minutos detrás de ella. Después, la pasan y siguen su camino. Muy pronto, El Miño, a izquierda o a derecha, se hará presente durante buena parte del viaje. Queda atrás Cortegada —quizá la población más importante que atravesarán hoy, salvando Ourense—, Paixón, San Amaro, Sampaio… Y queda atrás también —al menos, de momento— el bosque, con toda su belleza y su misterio. La circulación, ya en la A52, se ha hecho más intensa y el viajero no tiene más remedio que olvidarse del paisaje, del río, de la luz…, y concentrarse en camiones y automóviles, furgonetas y motos, límites de velocidad e indicadores. De este modo entran en Ourense por el Viaducto de Barbantes y buscan la salida hacia Monforte de Lemos, por la N120. A partir de aquí, es seguir hasta encontrar una desviación a la derecha —Cañones del Sil— por la que se adentran con temple, paciencia y máxima precaución. Estamos otra vez en pleno bosque. Sólo que ahora la carretera no tiene el buen asfalto que ha mantenido durante la mayor parte de la ruta; es, además, estrecha hasta lo imposible, y las curvas de herradura son la atracción principal para el viajero. Unos kilómetros más y podrá dejar el coche por hoy. Santo Estevo, ubicado en un enclave mágico, tal y como lo define un folleto del propio Parador, les espera con las puertas abiertas. Cruzarlas es adentrarse en un tiempo donde el tiempo adquiere otra medida.

viernes, 29 de abril de 2011

Apuntes de viaje (24)



35.-

            El viajero, a pesar del cansancio acumulado estos días, no ha dormido todo lo bien que deseara. Por eso, antes de que suene la alarma del despertador, cansado de dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño, ya se está aseando. Abandonado bajo el chorro de la ducha, con los ojos cerrados, deja que el agua arrastre esa modorra que no llega a dolor de cabeza, pero que pareciera, por así decirlo, la antesala de alguna jaqueca inoportuna, producto de una noche de sueño inquieto y poco reparador. Lentamente, bajo el efecto revitalizador del agua, nota que comienza a ser dueño de sí mismo, algo que acabará por completarse después de apurar el primer café del día; a lo que se dispone minutos más tarde, cuando los dos entran en el comedor, en la planta baja.
Se trata de un amplio salón rectangular, de los utilizados para la celebración de banquetes de bodas y otros eventos, con mesas y sillas en madera de pino, paredes pintadas en un color naranja intenso y lámparas de lágrima; una decoración que al viajero le transporta a un tiempo anterior, indefinido, tal vez relacionado con su infancia, si bien, de alguien pedírselo, no podría determinar un espacio concreto donde ubicar el reflejo de este otro que ahora ocupa. Cuelgan de las paredes —no como parte del decorado, sino a modo exposición— un buen número de cuadros de factura abstracta, de colores rabiosos y sin matices: azules, rojos, verdes, negros…; algunos, dominados por formas espirales; otros, por líneas rectas que acaban en toscos chorretones de pintura. Son de dimensiones diversas, aunque la mayoría de considerable superficie y, por qué no decirlo, a ojos del viajero, de dudoso gusto.
Resignados a desayunar en compañía de tan exclusivas pinturas, pero dispuestos a no dejarse hipnotizar por sus encantos, se hacen fuertes en una de las mesas —la más cercana a aquella en donde se dispone el bufet— con la intención inequívoca de dar cuenta del desayuno, que, a la vista está, no ofrece los productos ni la variedad del hotel de Oporto, aunque tampoco pueda afirmarse que no haya aquí suficientes provisiones como para saciar las hambres: café, leche, bollería varia, tostadas, mantequillas, mermeladas, quesos, algunas frutas…; lástima que no se incluya también un buen zumo de naranja natural, tan delicioso y saludable.
Terminado el trabajo más fuerte de la jornada —tal como define al desayuno el padre del viajero— recogen su equipaje, pagan la factura del hotel y se ponen nuevamente en marcha. Esta noche, de acuerdo con la ruta programada, dormirán en el Parador de Santo Estevo, en la Ribeira Sacra orensana. A la vista de cómo luce el sol, también hoy va a ser otro día de temperaturas poco amables.

jueves, 28 de abril de 2011

Apuntes de viaje (23)

[Puente romano en Castro Laboreiro]


34.-



          Castro Laboreiro, a la vista está, es un pueblo perdido en medio de la nada, en los confines del Parque Nacional de Peneda Gêres, muy cerca ya de la frontera española. Un pueblo de montaña que ahora, el último día de marzo de dos mil once, se encuentra poco menos que vacío, pero que a juzgar por las construcciones que se ven —casas unifamiliares y chalets, hoy cerrados; y algún que otro alojamiento turístico— debe cobrar vida en la temporada estival y durante las vacaciones. Entonces, sus calles se llenarán de gentes extrañas que van de paso o vienen unos días al año a gozar de la belleza de estos parajes, de las mil y una rutas que pueden hacerse andando o en bicicleta. No hay duda de que éste es un sitio tranquilo, muy tranquilo, donde el silencio es una maravilla más —y no de las menores— de cuantas aquí pueden gozarse. Sin embargo, al llegar, el viajero piensa otra vez que se equivocó al reservar alojamiento. Dentro del pueblo no hay nada que merezca una visita, y sólo poniéndose en marcha descubrirían alguno de los muchos puntos de interés que señalan las guías: varios puentes romanos, un castro celta, los restos de un castillo, prácticamente derruido, algún yacimiento prehistórico...; puntos que no distan más allá de cuatro o cinco kilómetros, y que, en el peor de los casos —dado que el día aún guarda luz solar, por lo menos para un par de horas— podrían visitar antes de que la oscuridad comience a enseñorearse de estas tierras. Podrían, sí; pero el viajero se encuentra mermado de facultades y cualquier cuesta se le hace un mundo. Por los síntomas, quizá tenga alguna pequeña rotura fibrilar en el gemelo derecho: parte de su anatomía que se empeña en recordarle lo mal que lo ha tratado y lo mucho que le ha exigido mientras subían y bajaban cuestas en Oporto. Aun así, como ella está dispuesta a hacer algo más que quedarse en la habitación del hotel esperando que llegue la hora de la cena, hace un esfuerzo y toman la indicación que señala la existencia de uno de los puentes; al parecer, a poca distancia. Efectivamente, no han paseado dos kilómetros cuando oyen el rumor inconfundible del agua en descenso hacia el valle. Y como donde hay agua puede haber puentes, descubren uno a poca distancia de la carretera; con aspecto de antiguo, no cabe duda; y bien conservado. Bajo su único arco, el agua turbulenta forma estelas de inmaculada espuma que, poco más abajo, da en una gran poza construida por su propia erosión. Se ve que en el camino de las aguas, desde el principio de los tiempos, una enorme roca debió resultar un obstáculo natural, que la corriente, terca, fue horadando con la pericia de los mejores canteros en perfecta circunferencia. De este modo, a fuerza de un remolino continuo, que aún sigue, el cauce se hizo cada vez más profundo, y la roca, posiblemente irregular en su día, un impecable receptáculo, a modo de vasija o vaso o copa de granito. Se acercan los viajeros y se recrean en el espectáculo: tanto en el visual como en ese otro, a modo de sinfonía de agua con contrapunto de pájaros cantores. Sólo tales sonidos rompen el silencio. Bueno, estos y la ligera brisa que se ha levantado y agita las ramas de los manzanos y castaños de los huertos lindantes al camino. Lástima, una vez más, este sol implacable que hoy gobierna. Se agradece cuando toca sombra y esa brisa acaricia el rostro.
          A no más de doscientos o trescientos metros, ascendiendo por un camino abrupto —poco preparado, la verdad, con vistas a una adecuada promoción turística de la zona— las ruinas del castillo parecen asomarse desde lo más alto de la montaña. Al verlo, se diría que está al alcance de la mano; una cuesta de nada, otra más. Y ella apunta la posibilidad de acercarse hasta él. “Vamos”, dice el viajero, poco convencido; flojo de remos, que diría un taurino, al tiempo que nota las punzadas que a cada paso se le clavan una y otra vez en la pantorrilla. No llevan más de veinte o treinta metros ascendidos, cuando él se detiene para hacer una rápida valoración de lo que le espera. No ya a la subida, sino a la vuelta, cuando tenga que frenar a cada paso y sea la parte lesionada la que soporte todo su peso. Entonces, de acuerdo con el dicho popular, Como no soy río, me vuelvo cuando quiero, decide hacer lo más razonable: renunciar a la excursión hasta el castillo que, bien mirado, no da la impresión de ser mucho más que un montón de piedras mal alzadas. Quizá lo que merezca la pena sean las vistas, pero las deja intactas, en su lugar; para otra ocasión. Lo que le pide el cuerpo es descanso y, si acaso, un poco de lectura.

miércoles, 27 de abril de 2011

Feliz quien ha leído

     Hago un paréntesis en estos Apuntes de viaje que durante todo el mes de abril, desde el día 5, voy dejando aquí, no sé si con demasiada fortuna. 

     Lo hago porque, entre las muchas entradas de estos días relacionadas con el libro, he leído esto en el blog de Álvaro Valverde. Me hubiera gustado expresarle mi admiración por tan bello texto, con el que no puedo estar más de acuerdo. Dado que en su bitácora no hay posibilidad de dejar ningún comentario, ni tampoco una dirección de correo electrónico a la que escribirle, quede aquí constancia de mi sincero aplauso.

Apuntes de viaje (22)

 [Algunas casas de nueva construcción en Castro Laboreiro]


33.-

            Durante la comida, hablando con el maître, se han enterado de que hasta Castro Laboreiro hay, más o menos, una hora de viaje; que la carretera está bien asfaltada y que el tráfico no suele ser intenso. Así que, llegado el momento, se ponen en marcha y deshacen todo el camino de cuestas que antes subieron, para dar, ya fuera del recinto amurallado de Valença, en la N101, por la que continuarán hasta Monçao. Desde aquí, doblando a la derecha, viajarán por la N202, CM1124, CM1153, EN202, nuevamente la N202, N202-3, y CM1159, carretera, esta última, por la que entrarán en Castro Laboreiro. Dicho así, no deja de parecer un galimatías de números y letras, cuando, en realidad, de lo que el viajero habla es de paisajes, de vides, de arboledas, de sotos, de arroyos que corren a sendos lados de la carretera durante algunos tramos, de fuentes más allá de las estrechas cunetas. Y también de pastos quemados, de bosques y montes arrasados por un fuego que surge cuando menos se espera, como una terrible maldición; un fuego que puede con todo, que expulsa con sus lenguas quemantes a cuanta fauna alcanza; que ennegrece la tierra y la deja baldía; un fuego que rara vez es consecuencia de un desgraciado accidente, de un rayo perdido en medio de una tormenta, sino que es provocado con alevosía y calculada estrategia; que surge en varios puntos a la vez, para hacer más difícil su extinción; un fuego que no es purificador ni justiciero; que responde a intereses espurios, a cuestiones de negocios, a irrazonables especulaciones. Según hacen kilómetros, las huellas de los montes quemados, de cuando en cuando, se hacen evidentes. Y al contemplarlas, los viajeros no tienen por menos que sentir cierta rabia ante tanta destrucción inútil, ante la belleza perdida que es más que probable tarde años en recuperarse; o, peor aún, que nunca se recupere. No pueden comprender esa estrechez de miras de los pirómanos. O, más que de éstos, de aquellos que les pagan y que, al final, son los que vienen a beneficiarse desde el día después de la extinción del fuego. Tales individuos no parecen darse cuenta —en realidad, obsesionados como están con sus dineros, quizá no lo vean; o piensen, simplemente, que, venga lo que venga, a ellos ya no les afectará— que el progresivo deterioro de la naturaleza nos pasará factura —ya la está pasando—; que cuanto daño hagamos al planeta, nos lo hacemos a nosotros mismos… En eso piensa el viajero, mientras sigue atento a la carretera: a ese camión que les persigue como si estuviese corriendo las quinientas millas de Indianápolis; a esa moto que sale de un camino, apenas visible; a ese par de ciclistas con los que se cruzan y que, a la vista de sus mochilas y demás bártulos con que cargan, bien pudieran estar haciendo el Camino de Santiago…; incidencias propias del viaje a las que el conductor debe prestar la máxima atención, más allá de lo que el pensamiento, siempre un poco a su aire, se traiga entre manos. Así, entre charlas y cavilaciones, pasan por Cousso, Pomares, Lugar de Baixo, Portelinha…, pequeñas aldeas con apenas unas cuantas casas de piedra y en las que es difícil observar la presencia de hombres o mujeres; si acaso, algún perro distraído que corre tras el coche unos metros y ladra, amenazador y guardián de un territorio que, para los viajeros, es únicamente de paso. A cuatro kilómetros de Portelinha está Cainheiras, y, a otros cuatro más, por fin, Castro Laboreiro, donde se detienen casi hora y media después de salir de Valença; el viajero, algo cansado de tanta curva, las piernas castigadas del esfuerzo de ayer, y con ganas de beber un buen trago de agua fresca y reposar. Son cerca de las siete de la tarde y el sol, con el cambio de hora de la Comunidad Europea, realizado hace sólo cinco días, aún no se ha ocultado. Bien al contrario, sigue castigando en este día que parece escapado del mes de julio. Una prueba más —piensa el viajero— de que, con tanta contaminación y tanto incendio, también el tiempo se está volviendo loco.   

martes, 26 de abril de 2011

Apuntes de viaje (21)

 [Construcciones típicas en Valença do Minho]

32.-

           Abonada la factura, y antes de volver a la calle, donde el sol de la tarde es, aunque parezca mentira en esta época del año, poco menos que de justicia, curiosean por las dependencias comunes de La Pousada, se asoman a la terraza desde la que se domina O Minho, descansan en los cómodos asientos de la cafetería y, por fin, satisfechos de su inspección, salen al exterior del edificio, con la intención de dar una vuelta por el pueblo y ver qué se les ofrece.
Quizá sea la hora, cerca de las cinco, o quizá, simplemente, que aquel movimiento de visitantes de otro tiempo —cuando aún había puestos fronterizos entre los dos países y la gente venía desde España a comprar café, sábanas, toallas y cuberterías, que luego pasaban de contrabando, con cierta complicidad de los aduaneros portugueses que, en muchos casos, hacían la vista gorda— se esfumó para siempre. Lo cierto es que, a simple vista, existe un elevado número de comercios dedicados a tales transacciones, pero a diferencia de entonces, es decir, de las demás veces que los viajeros visitaron Valença, aquel hervidero de mujeres entrando y saliendo de las tiendas, cargadas con grandes paquetones de toallas, sábanas, albornoces o menajes de cocina, ha dado en una manifiesta calma chicha, que tiene mucho —al menos, hoy; a esta hora— de desolación y derrumbe. La eliminación de fronteras y ese concepto de mundo globalizado en el que nos movemos por estas latitudes, han hecho posible, para bien o para mal, que las mismas toallas que aquí se venden por diez euros sea posible encontrarlas en cualquier mercadillo de España por nueve, o acaso menos. De este modo, el atractivo que estas ciudades y pueblos de frontera presentaban antaño, basado en su oferta comercial, ha quedado reducido al que dimana de la propia configuración de sus defensas, de la belleza de sus construcciones; y, acaso, a una oferta culinaria a la que aún puede accederse a buenos precios, aunque no gangas; que hoy por hoy, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas.

[Calle de Valença, con las mercancías expuestas a la puerta de los comercios]              

Produce cierta tristeza comprobar cómo, apenas los viajeros se detienen delante de la puerta de un comercio, el vendedor de turno sale de su cubil, solícito y dispuesto a mostrar cuantas mercancías sean menester para satisfacer la necesidad del comprador. Quizá, a sabiendas de que la inmensa mayoría de curiosos entra sin intención de comprar nada, sólo por ver, comparar precios y pasar el rato; costumbre absurda en sí misma, pero que es practicada por un buen número de turistas y visitantes. También los viajeros —ella, sobre todo— se detienen ante las puertas de las tiendas, atestadas de mercancía; entran en ellas, husmean, preguntan un precio o se interesan sobre éste o aquel producto, y salen para continuar su callejeo. Hasta el próximo comercio, en que vuelven a repetir el ritual. Pero, al margen de ese indagar, tan absurdo como gratuito, conviene que los viajeros estén atentos a la armonía de estos edificios, con sus arcos ojivales, sus fachadas cerámicas, sus alturas homogéneas; a la amplitud que se observa desde el recinto amurallado, donde aún se mantienen, como elementos imprescindibles del decorado, antiguos cañones que quizá en algún momento escupieran fuego, pero que ahora son como momias de hierro, silentes y olvidadas, supervivientes sólo para satisfacción de los turistas y objetivo de sus modernas cámaras digitales; a la luz, intensa hoy, como pocas veces; al aire limpio y al trino de los pájaros. Todo ello —si acaso, algo oscurecido por la furia de un sol que no parece marceño— compone una estampa en la que los viajeros se complacen, y que les aportaría aún mayor felicidad si no fuese porque todavía sienten en las piernas los estragos que causó en ellas su paso por Oporto, y que ahora, en un pueblo donde también abundan las cuestas, frena su entusiasmo y les invita a regresar al coche para continuar.

lunes, 25 de abril de 2011

Apuntes de viaje (20)

[Panorámica del Miño y Tuy, desde el comedor de La Pousada de Valença do Minho]

31.-



            Si el viajero no yerra en sus cálculos, ésta será su cuarta visita a Valença do Minho; de la última, hace ya más de veinticinco años. El dato, que pudiera resultar baladí, tiene su importancia, dado lo mucho que parece haber cambiado la plaza en este tiempo. No en su aspecto externo, del que sigue conservando ese aire de ciudad fronteriza, amurallada y sólida, similar a otras muchas de la raya con España: Elvas, vecina de Badajoz, sin ir más lejos; por poner un ejemplo. Sí, en cambio, en cuanto a su actividad comercial se refiere. La primera impresión al respecto la perciben mientras se adentran por sus callejas adoquinadas y en continuo ascenso en busca de La Pousada, emplazada en lugar estratégico: el más alto de la plaza. En sus calles, semi-vacías, los comerciantes de las muchas tiendas de toallas, camisetas, platerías o artículos varios para el hogar aguardan a las puertas de los establecimiento la llegada de clientes o curiosos, e invitan a pasar a cuantos transeúntes —pocos— aciertan a cruzar por delante de sus dominios. También los camareros de los restaurantes publicitan sus menús y exquisiteces en la calle, y hacen señas a caminantes y automovilistas para que entren en sus comedores. A esta hora de la tarde, casi las dos y media, no se ve mucho movimiento, y el hecho de tales manifestaciones lleva a pensar a los viajeros que, en general, la actividad comercial de Valença ha debido descender significativamente con respecto a lo que fue antaño.
           Tampoco La Pousada es un prodigio de ebullición. Prueba de ello es que el comedor, a pesar de la hora, se encuentra vacío, por lo que pueden elegir la mejor mesa, desde la que se contemplan una amplia panorámica sobre el Miño. Y más allá, al otro lado de la raya, Tuy, con su catedral.
           Enseguida, un camarero, que hace al mismo tiempo las veces de maître, les ofrece sendas cartas y les indica las especialidades recomendadas para el día. Ella se decide por una ensalada y un bacalao a la brasa, y él por una sopa de la Pousada —una especie de pote gallego, bien condimentado— y bacalao, también; en este caso, rebozado. Para beber, el hombre, siempre servicial, les aconseja un vinho verde de la zona, grato al paladar, plural en matices, aun para los viajeros, buenos degustadores de vinos, pero no entendidos catadores.
        No hay duda de que el sitio es agradable, y el hecho de estar solos en el comedor —acompañados únicamente por un hilo musical con una buena selección de jazz, a un volumen adecuado, nada agresivo— hace aún más acogedora la estancia. Cuando el camarero les sirve el primer plato, el viajero intercambia con él unas palabras, extrañado ante la ausencia de más comensales, dada la hora. La razón, es que la práctica totalidad de los huéspedes de La Pousada en estos días son ingleses, que hacen un desayuno fuerte, obvian el almuerzo y bajan a cenar. En cuanto a clientes externos, hoy es jueves, día de poco trajín; algo que sí ocurre durante el fin de semana. Tras esto, el camarero desaparece hasta que, pasado un tiempo prudencial, regresa a retirar los platos vacíos y dejarles el segundo: sendos bacalaos, a cual más exquisito y mejor cocinado. A los postres, como suele ser tradicional en estos establecimientos, el hombre les señala la mesa en donde se exponen todo tipo de quesos, frutas, dulces y tartas de diferentes texturas y sabores. “Sírvanse lo que deseen”, indica. Después, desaparece del comedor. A pesar de que las raciones han sido razonables, aquella exposición de postres variados no deja de ser una verdadera tentación para la vista; una llamada directa a la gula, pues todo, como en aquel famoso paso de Lope de Rueda, La Tierra de Jauja, parece estar allí diciendo: “Cómeme, cómeme…” ¡Ay, si el viajero se hubiese visito en ésta unos años antes! ¡Ay, si sus niveles de glucosa no le obligasen a ser más comedido! Seguro que hubiera probado de todos, o casi todos los platos: de esa tarta de naranja, de las peras al vino, de la variedad de quesos, del dulce de fresa, de los pastelillos de crema… No obstante, se conforma con la contemplación de tal esplendor y con la degustación de unas pequeñas porciones de queso. Luego, naturalmente, ambos terminan el almuerzo con un café, que tampoco es igual al que paladearon en Oporto. Quizá porque a estas alturas del viaje ya comiencen a idealizarlo.

domingo, 24 de abril de 2011

Apuntes de viaje (19)

[En la imagen, detalle de la fortaleza de Valença do Minho]

30.-

            Antes de dejar atrás Braga y poner rumbo a Castro Laboreiro, adonde piensan llegar atravesando el Parque Nacional Peneda Gêres, entran en un supermercado para aprovisionarse de agua, pan, queso, fiambre y algunas frutas, elementos que, a las malas, podrían resultar esenciales si perdidos por esas carreteras de sierra no encuentran una casa, bar o restaurante adecuados donde comer. Con el día que hace, no les parecería del todo mal despacharse con un par de sándwich y una manzana, acampados bajo la fronda fresca de castaños, robles, hayas, abedules o pinos, que cualquiera de todas estas especies, y aun de otras, sería bienvenida si su sombra les protege de los rayos solares, más potentes conforme avanza la hora. Salvado el trámite del supermercado, arrancan de nuevo y salen de Braga definitivamente. Su idea es tomar la A3 y continuar por ella hasta Ponte de Lima, donde se desviarán a la derecha, por la IC28, hasta desembocar en la N203, que atraviesa Vila Nova de Muía y Britelo, y se prolonga, a su vez, en una nueva estrada, la N104-1, llena de curvas, subidas y bajadas. Ésta, ya con la denominación OU549, entra en territorio español y desemboca, sucesivamente, en la OU1207, OU1209 y OU1212. Por último, otra vez en suelo portugués, la estrada EN202-3 los conducirá a la meta de la etapa de hoy.
            Parece fácil, a la vista del mapa, seguir esas líneas que se dibujan, unas veces en rojo, otras en verde, otras en morado…; con eso, y hacer caso a los indicadores de carretera, se llega a cualquier parte. Sin embargo, al dar en la primera rotonda, el indicador, que conforme a los más elementales principios lógicos debería estar ahí, no está ni se le espera. Y la línea roja que figura en el mapa es en realidad una cinta gris de firme irregular, similar a las que salen a uno y otro lado, en diferentes direcciones. No importa. El viajero confía en su instinto. No en vano, aunque haga años que no viaja regularmente, han sido muchos los kilómetros hechos por esas carreteras de Dios, y variadas las vicisitudes por las que tuvo que pasar antaño. “Por lógica, a Ponte de Lima debemos llegar por ésta”, afirma convencido. Y continúa, impertérrito, conduciendo por la vía que ha tomado: una comarcal que cruza tierra de vides y aldeas que se suceden cada pocos kilómetros y le obligan a aminorar la marcha cada dos por tres, de modo que la velocidad media no excede de los cincuenta kilómetros/hora. Tras pasar por Frossos y Merelim-Sấo Pedro, el viajero sabe que no va por buen camino y piensa si no hubiera sido preferible estar avalado por uno de esos cachivaches capaces de orientarse a través de Satélite. Sin embargo, si así fuera —y esto no es sino una forma de consuelo; una excusa que no se atreve a formular en voz alta—, se hubieran privado de este plácido paisaje de tierras rojizas, cultivadas de viñedos, por el que ahora pasan; que no en vano están en zona de vinho verde y albariño, de famas sobradamente reconocidas. Piensa también —yéndose, como suele decirse, por la tangente y aun consciente de su poca originalidad— si la escritura no será, en esencia, el resultado de un viaje en el que el escribiente parte de un punto, una primera idea, y se adentra por parajes, ora favorables, ora intrincados; terrenos pantanosos o desiertos que le obligan una y otra vez a volver sobre sus pasos, a indagar por otros caminos, no menos oscuros y a través de los cuales adquiere experiencia y conocimiento. Busca una palabra, la elige con cuidado, la ajusta al sentido, al ritmo de la frase. Y si esa palabra resulta que no lleva a buen puerto, debe sustituirla por otra, más precisa; más bella, acaso. Igual que si viajara y se dijera: "No, por aquí no; elijamos este otro rumbo, ese camino, aquella carretera, la autopista." De esta forma, el resultado obtenido no será sino la consecuencia lógica de su peregrinaje, la expresión de sus dudas y sus convencimientos, la compilación de todo lo aprendido y el germen de futuras y nuevas aventuras. Así su meta —ese punto final de la escritura; a la postre, sólo el origen de próximos proyectos— un paisaje nuevo que tal vez, antes de echarse a andar, intuyese, incapaz de expresar, y que, por mor de la palabra, se viene a hacer ahora paraíso, quizá fugaz, pero al menos tangible y habitable.
Como en la escritura, también él retrocede, cambia de itinerario, rectifica. De este modo, de acuerdo con ella y puesto que, a fin de cuentas, tienen la potestad de trazar el viaje a su albedrío, deciden sobre la marcha modificar sus planes. Irán a dormir, eso sí, a Castro Laboreiro, pero no lo harán atravesando tierras de Gêres, sino que se plantean comer en Valença do Minho y desde allí continuar, pasando por Monçao. A la salida de Feitosa, un pueblo más de los muchos que ya han cruzado desde que salieron de Braga, un indicador a la derecha anuncia el camino a Ponte de Lima. Pero como para entonces están decididos a almorzar en La Pousada de Valença, continúan hasta dar en la A27, desde la que se incorporarán a la A3, que les conduce, sin apenas tráfico, a Valença, o Valença do Minho, que, al parecer, de las dos maneras viene a ser conocida la ciudad por estas tierras.

sábado, 23 de abril de 2011

Apuntes de viaje (18)

 [Escudo cardenalicio, tallado en una de las piedras]
29.-

            Traspasada la puerta de la Sé no dan directamente al templo, sino que acceden a un patio enlosado en el cual, junto a la fachada de la iglesia, se amontonan piedras, algunas talladas, con restos de verdín; vestigios, quizá, de edificios o monumentos desaparecidos. Aquí puede observarse un escudo cardenalicio; ahí un rostro que no parece corresponderse con ninguna representación cristiana ni católica, probablemente, anterior y pagana; más allá, un par de pilas de agua bendita, que acaso ya olvidaran la leve tempestad formada por la mano al rozar apenas el líquido elemento. Y más piedras: sillares, capiteles, fragmentos de columnas… A la vista de ellas, el viajero recuerda los versos de Cernuda: Silencio y soledad nutren la hierba / Creciendo oscura y fuerte entre ruinas… Y no porque aquí crezca la hierba, que, como se ha dicho, el suelo está enlosado; ni porque la Sé, como tal, esté en ruinas, que tampoco; sino porque, a la postre, la memoria del verdín en las piedras invita al ensueño. Un ensueño donde la decadencia y el rumor del tiempo se abren paso por detrás del viajero, que deja volar su imaginación para traer, y no es mala cosa, los versos del poeta sevillano. 

[Rostro en piedra]

          Desde este patio puede accederse al claustro, acristalado y acondicionado a los tiempos, lejos ya de aquellos años en los que la humedad y el frío campearían a sus anchas. Aquí, una muestra de más restos arquitectónicos se expone a lo largo de sus cuatro costados, ocupados ahora por un grupo de excursionistas que van y vienen y lo invaden todo, y hacen poco atractiva la visita. Los viajeros, entonces, acceden a la iglesia, donde, en esos momentos, se celebra una misa. Algunos fieles, advertidos de su presencia por el retumbar de los pasos en el pavimento, vuelven las caras hacia ellos. Sin que lleguen a decir nada, basta su gesto admonitorio para que los viajeros entiendan que su irrupción en el templo no es bien recibida. Así, tras una breve ojeada desde la puerta, salen de nuevo al claustro, y de él a la calle en busca de la fachada principal del monumento, donde, como Dios manda, también cuelgan sendos pendones referidos a la Semana Santa. 

 [Fachada principal de la Sé]

            Como tampoco quieren entretenerse más de la cuenta, no esperan a que la misa termine para volver a entrar; bien al contrario, el hecho de no haber visitado la Sé con mayor detenimiento, es una nueva razón para regresar a Braga en cuanto sea posible. Con esta idea, caminan otra vez sin necesidad de plano alguno, aunque bien orientados, hacia el vehículo. Es hora de ponerse nuevamente en ruta.

viernes, 22 de abril de 2011

Apuntes de viaje (17)

[En la imagen, puerta lateral de la Sé]


28.-

       Por todas partes —iglesias, la Sé, edificios civiles, determinados comercios— pasquines y carteles invitan a la celebración de la Semana Santa. Los viajeros, que a estas alturas de la mañana ya han entrado en varios templos y, a la vista de las manifestaciones de los fieles,  saben de la devoción de los bracarenses, se preguntan cómo se celebrará en estas tierras la semana de marras. ¿Saldrán aquí también en procesión, tomando las calles a toque de trompetas y tambores? ¿Se paralizará el tráfico por los itinerarios elegidos, independientemente de si se incordia o no a cuantos estén al margen de tales manifestaciones? ¿Se cantarán saetas en las esquinas, algunas salidas del corazón y otras, quizá, como un ingrediente más de este folclore? ¿O, por el contrario, ésta será una celebración de puertas adentro; personal y solidaria entre los creyentes que se acerquen a los templos y participen de los Oficios? Porque, si así fuera, aun siendo ajeno, como es el viajero a estas manifestaciones, gozarían de su máximo respeto y no tendría por qué poner ni una sola objeción a tales ritos. Siempre pensó que la religión —lo que de ella se deriva, con sus rituales y deberes, con su posible billete de salvación más allá de la vida— es algo de carácter estrictamente personal, una opción más entre las muchas que elegir para enfrentarse al mundo y a uno mismo, y, como tal, algo que, en ningún modo, debería definir comportamientos políticos ni dictar la moral y libertades de cuantos individuos no coincidan en los mismos planteamientos. Así, la religión, como vivencia, sería una decisión libre e íntima, al margen de cualquier connotación de otra índole.
      Esto piensa el viajero mientras, andando andando, dan en la Sé por una de las puertas laterales.

jueves, 21 de abril de 2011

Apuntes de viaje (16)

[Imagen: Largo do Paço]
 
27.-


            Tiene Braga el sabor de las ciudades atlánticas ligadas a la lluvia; el sabor de la piedra en calles y edificios; el de las galerías acristaladas, desde las que mirar cómo pasan las nubes; el sabor del tiempo sosegado y la palabra dicha a media voz. Tiene ese rumor —por calificarlo de algún modo, quizá ambiguo— que el viajero antes percibió en ciertas ciudades gallegas: en Santiago, en A Coruña… De modo que, por estas calles, ambos se sienten a gusto y, para nada, en un país extraño. Eso sí, les sorprende la cantidad de plazas dispuestas en este sector de su trazado urbano; la armonía que aportan, y con la que acogen al paseante. Diseñadas en cuadrados o rectángulos, más o menos regulares, se suceden tras cada calle, de tal forma que siempre, tomen la dirección que tomen, acabarán por desembocar en una de ellas. Hasta entonces, despreocupados de un tráfico que por aquí no circula, se benefician de la sombra de estas rúas mientras demoran su mirada en los coquetos edificios de no más de tres plantas, casi todos con balcones de repujada forja, alicatados en sus fachadas por baldosines cerámicos de hermosas orlas y colores, similares a los que vieran en Oporto. Como en la ciudad de O Douro, también, en más de un caso, con visibles señales de abandono. 

[En la imagen, detalle de fachadas de una de las calles de Braga]

Llegados hasta aquí, conscientes de que su paso por Braga será meramente testimonial y de que se irán de ella con suficientes argumentos como para volver con más calma en cuanto la ocasión se presente, los viajeros se olvidan del plano que les facilitaron en Turismo y se dan a un deambular gozoso, abiertos a la sorpresa ante el descubrimiento de una nueva plaza, un nuevo templo, un nuevo y mínimo detalle. Da gusto andar así, fuera del tiempo, cómplices y un poco peregrinos; aunque de esto último, en rigor, no haya nada, pues ni se desplazan a pie, ni llevan mochila ni cayado, ni su destino final es Compostela. No obstante, un poco peregrinos sí se sienten, aun cuando su emoción no provenga de un sentimiento estrictamente religioso y sí humano, fruto de esa sociedad que formaron hace unos cuantos años y les pone en camino cada día hacia la claridad más deseada. Así se les ve ahora por Rúa do Souto, ante el Paço Arquiepiscopal dos Braganças, en el Largo do Paço, frente a la Cámara Municipal…, todas, construcciones barrocas y sobre las que el lector interesado podrá hallar información en las guías al uso. Aquí, baste decir que los viajeros disfrutan en su contemplación, admiran su belleza y recuerdan, como tantas otras veces durante la travesía, a sus hijas, con quienes les gustaría compartir estos momentos gozosos del viaje.   

miércoles, 20 de abril de 2011

Apuntes de viaje (15)

[Vista general de la Arcada, tomada desde la Praça da República]


26.-

         Si los viajeros, en vez de hoy, hubieran pisado esta Praça da República —que, obviamente, no se llamaría así— un día de abril, pongamos que lluvioso, de un año del siglo XVI, anterior a la construcción de la Arcada, habrían visto el ir y venir de los campesinos arrastrando carros de mano, o en carretas tiradas por mulas o bueyes, en busca del lugar idóneo donde instalarse para vender los productos que con tanto esfuerzo y dedicación ellos mismos habrían cultivado. En el suelo, fangoso y con abundancia de excrementos de caballerías y otras bestias, quedarían marcadas las rodadas, así como las huellas de hombres y mujeres que, a cada paso, se hundirían en el barro hasta más allá de los tobillos, en un chapoteo amortiguado por el vocerío de los vendedores y general barullo. Un día así, en el que también la neblina hubiera querido estar presente, hasta el punto de dar la impresión de que en todo —hombres, mujeres, bestias, productos, campanarios…— emanase un halo de tristeza colectiva, quizá acertara a pasar por allí el Arzobispo Diego de Sousa, quien, ante tal contemplación, apiadado de aquellas pobres gentes expuestas al capricho de los elementos, decidiera sentar las bases para que el Mercado fuese lugar menos sucio y más hospitalario. Así, por orden del Prelado, se levantaría el primitivo edificio, con sus arcos de medio punto y sus soportales, bajo los que, vendedores y clientes, protegidos de los rigores del clima, realizaran desde entonces sus intercambios; al tiempo que se facilitaba el paso de carruajes y bestias con mercancías. Posteriormente, en 1715, otro Obispo, Don Rodrigo de Moura Teles, ordenaría algunas modificaciones. Y más tarde, en el cuerpo central de la Arcada, se insertaría la iglesia de Nuestra Sra. da Lapa.
           Hoy, bajo estos soportales, todavía abre sus puertas el Café Vianna, inaugurado a finales del siglo XIX; según unas guías en 1858 y en 1871, a criterio de otras. Algo que, a la postre, a los viajeros les trae sin cuidado, pues, después de tanto tiempo, trece años arriba o abajo —como en el tango, veinte— no son nada. Conserva este local el sabor de los históricos Cafés europeos, si bien, aun manteniendo su decoración decimonónica, ha sabido adaptarse a los tiempos actuales, de modo que, entre su oferta, puede el cliente encontrar hamburguesas o perritos calientes, así como otros platos foráneos, acorde con ese mundo globalizado que algunos se empeñan en imponer. La impresión de los viajeros es que, quizá, la concepción actual del negocio esté más destinada a turistas y viajeros de paso que a los propios bracarenses. Por eso, y porque no hace mucho que tomaron un café en A Brasileira, no le prestan mucha más atención y continúan su deambular por la ciudad, camino de la Sé.
         Antes, sin embargo, manifiesta ya la amenaza de la Semana Santa, tienen que conformarse con contemplar la Arcada parcialmente oculta por una especie de guirnalda de color púrpura —posiblemente de madera, cartón piedra o material similar— que, anudada a una gran cruz, parte del cuerpo central del edificio y se extiende por su balconada, a derecha e izquierda. En ella, el lema Por la cruz a la luz, escrito tanto en latín, Per cruzem ad lucem, como en el idioma patrio, Pela cruz para a luz; lema que al viajero le parece muy bien y que respeta, aunque hubiera preferido que no luciese en estos momentos, privándoles de una visión completa y limpia de uno de los edificios más emblemáticos de Braga.  

martes, 19 de abril de 2011

Apuntes de viaje (14)

[En la imagen: Mitin en Avda. Central]


25.-

            Antes de iniciar este viaje, a raíz de la dimisión como presidente de la República Portuguesa de José Sócrates, un buen amigo advertía al viajero que iban a un país sin gobierno, algo que, en el fondo, no les parecía mal. Pues, a pesar de que los ciudadanos se empeñen en continuar eligiendo cada cierto tiempo a sus representantes políticos, a la vista de cómo va el mundo y del socavón financiero mundial producido, no precisamente por la clase trabajadora, quien más quien menos llega a preguntarse si no sería mucho mejor dejar que cada nación —chalupa, carguero o transatlántico— navegase al capricho de las mareas, que quizá de este modo, aun con sus riesgos, no le podría ir mucho peor. Además, puestos en esa tesitura, habría que considerar el gran ahorro de la Hacienda Pública, al no tener que hacer frente a sueldos de políticos y altos funcionarios que, visto el panorama, no parecen, salvo honrosas excepciones, demasiado eficientes. En fin, aparte estas disquisiciones del viajero, que parece haberse levantado filósofo, lo cierto es que están en un país, hoy por hoy, sin gobierno. Ellos miran a un lado y a otro, en las calles, los mercados, los bares, los cafés, los comercios de marca…, y todo parece ajustarse a un… ¿cómo lo diría? Sí, a un latido armónico que no se diferencia del que observarían hoy, a esta misma hora, en cualquier calle, mercado, bar, café o comercio de marca del país que dejaron atrás hace menos de setenta y dos horas, y en el que volverán a estar mañana, cuando el sol marque esta misma sombra, hora arriba, hora abajo. Es el latido de una ciudad que se despierta, que trabaja, que reza —porque aquí, ya se ha visto, se reza— y que, en definitiva, lucha por sobrevivir; a ser posible, en paz y armonía. Pero quizá no hubieran caído en la cuenta del desgobierno en cuestión de no ser porque, próximos a la Arcada, se congrega un grupo de apenas un centenar de personas en torno a alguien que, megáfono en mano, habla sobre el momento actual del país y de la situación de los trabajadores; más concretamente, de los campesinos. No es que el viajero entienda a la perfección lo que el hombre pregona, pero le es suficiente con captar unas cuantas frases y palabras sueltas para darse una idea aproximada de su discurso. Por lo que se ve, según advierte con cierta vehemencia, deben defenderse de las exportaciones españolas, que asfixian —dice— la comercialización de los productos nacionales. También dice algo de la Comunidad Europea, de Bruselas..., pero ellos ya se alejan, dejando al hombre con la palabra en la boca. El viajero, a tenor del número de los allí reunidos, tiene la sensación de que el orador, político o sindicalista, predica en el desierto.   

lunes, 18 de abril de 2011

Apuntes de viaje (13)

[Imagen: Avenida Central, por donde pasean los viajeros]

24.-

            De momento, echan a andar por el margen derecho de la Avenida Central, amplia, semi-peatonal y sombreada. Algo que se agradece a esta hora, cuando el sol, que hoy se ha levantado guerrero, comienza a mostrar su presencia de forma poco amable. Vamos, que hace calor. Apenas han caminado unos metros y contemplan con satisfacción cuanto se les ofrece, el viajero tiene la sensación de que se ha equivocado al planificar el día. Tan previsor como le gusta ser en estas excursiones, hizo la reserva del hotel para hoy en Castro Laboreiro, convencido de que la visita a Braga sería cuestión de un paseo, la Sé y poco más. Sin embargo, una vez aquí, se da cuenta de que la ciudad merece sosiego y atención. Sin duda, un día completo, con su noche incluida, les hubiera permitido mayor conocimiento de esta Bracara Augusta romana, capital que fue de la Gallaecia, como apuntan las guías. Pero, bueno, ya que hacemos mención a los romanos, aquí habría que decir aquello tan famoso y socorrido de alea jacta est, que unos traducen por la suerte está echada y otros, al parecer de forma más correcta, como los dados están tirados; cuestión ésta que debiera quedar para los eruditos y que aporta poco al meollo del asunto, que no es otro que el hecho de que, lo quieran o no, tienen sólo unas horas para visitar la ciudad. O sea, que menos divagaciones y más aprovechar el día.  

[Iglesia del Convento de los Congregados]

             Y en ello están al detenerse ante la iglesia del Convento de los Congregados, declarada Inmueble de Interés Público. De fachada Rococó, se alza poderosa y solemne, flanqueada por dos sólidas torres en las que se ubican sendos campanarios; en el frontal, un par de hornacinas dan cobijo a las figuras de San Filipe de Nery y San Martinho de Dume, obras que el escultor Manuel da Silva Nogueira creó en el año sesenta y cuatro del pasado siglo. Este dato, erudito y a propósito, es algo que los viajeros saben ahora gracias a la gran enciclopedia de internet, y no mientras observan el templo y entran en su interior, donde, en ese momento, se celebra una misa. A la vista de los fieles que se acercan a comulgar, el viajero recuerda el famoso dicho que, por lo que se ve, define con bastante acierto a las principales ciudades portuguesas: Lisboa gasta, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja. Aquí —debe de ser verdad— se reza. Lo confirmarán cuando entren en otros templos, y a la vista de calles y fachadas de edificios laicos y religiosos, ya ataviados con carteles que invitan a la celebración de la Semana Santa, para la que aún quedan más de veinte días.
            Vecino del Convento de los Congregados, hasta el punto de haber sido en su día parte del mismo, el edificio que alberga la Universidade do Minho. De él —o, mejor, de lo que de él pueden admirar— destaca un sencillo claustro, ahora tomado por estudiantes, al que los viajeros se asoman curiosos y con la sensación de andar algo desubicados entre la desenfadada juventud.
            Pero, quizá, de cuanto descubren, más que un edificio en sí, o un detalle arquitectónico o la algarabía de los estudiantes, lo que de verdad sorprende a los viajeros es la sensación de amplitud de la Avenida, el ancho bulevar que la acompaña y en donde se ubican varios kioscos y terrazas, entre los que destaca, por lo atractivo de su construcción, el de una famosa cadena de hamburguesas, a la que el viajero —permítasele— no piensa darle más publicidad.
Según caminan —detrás ya la Universidad— pueden aún contemplar Casa Rolấo, palacete construido en el siglo XVIII; y el Convento da Penha de França, también del XVIII; y más adelante, entre Rúa de San Vitor y Rúa de S. Domingos, la Iglesia de Sấo Vitor, construida así mismo en el siglo de las luces y dedicada a los santos mártires de Braga. Como ya les advirtió la mujer de Turismo, “muchas iglesias”.
A la sombra de los centenarios y robustos edificios, han paseado sin prisas la Avenida, con la sensación de sosiego que sólo es posible experimentar cuando no hay nada más que hacer que disfrutar del momento, sin pesar en nada más que no sea la belleza que se muestra a sus ojos. Así lo sienten, mientras deshacen el camino, rumbo a la Arcada.

domingo, 17 de abril de 2011

Apuntes de viaje (12)



23.-

            Dado ese ir y venir de los viajeros por Oporto, ese subir y bajar cuestas durante sus dos días de estancia, con las piernas sensiblemente perjudicadas, se agradece pasear por las calles del centro de Braga, tan llanas y cómodas. Pero esto lo sabrán más tarde, cuando se hayan lanzado a conocer o, mejor dicho, a tomar notas demasiado apresuradas de la ciudad, y sea la experiencia la que les confirme las bondades de su topografía. Ahora, lo importante es buscar un sitio donde tomar un café y abrir compuertas, si el lector permite definir así, con esta expresión tan ñoña, una función fisiológica tan elemental como orinar, mear, desbeber, hacer pis, hacer aguas menores o cambiar el agua al canario, que de todas estas formas y, seguramente, tantas más, puede uno referirse a tal tarea. Y he aquí que, buscando un lugar que juzguen apropiado, van a dar con A Brasileira, donde se toma o mehlor café, según reza en el letrero con que se anuncia. Un café —el local— con sabor clásico, veladores de hierro y mármol en el interior, y metálicos en la terraza; con diarios a disposición de los parroquianos, pinzados —los diarios, por supuesto; no los parroquianos— en esos soportes de madera a los que el viajero no sabe poner nombre, pero que imagina sonoro y evocador; un café acogedor y hospitalario, pensado quizá para la tertulia, la mirada morosa, la cita expresa, la confidencia a media voz. Esta A Brasileira, seguramente, sin temor a equivocarse, sea sucursal de esa otra famosa de Lisboa en donde tantas horas pasara el inmortal Pessoa, al que allí honran en continuo homenaje, presente siempre en una escultura que representa al poeta de los heterónimos.
            Son las once y media de la mañana y el local se muestra animado, casi todas las mesas ocupadas, concurrida la barra. Con suerte, encuentran un velador libre junto a los ventanales que dan a la calle. Allí degustan el café que piden y que, a pesar de lo que se anuncia, por mucha A Brasileira que sea, no es o mehlor; nada que ver con el de Oporto. No obstante, la agradable atmósfera del establecimiento y la posibilidad de echar un vistazo a los parroquianos que llenan las mesas, y sobre los que el viajero podría imaginar mil y una historia, compensan este café, excesivamente amargo y poco aromático, que acaban de beber.
            Otra vez en la calle, tomada la obligada instantánea del establecimiento, los viajeros se dirigen a Turismo, apenas a unos metros de distancia, en donde les darán un plano de la villa y asesorarán sobre las visitas imprescindibles. La mujer que los atiende despliega el plano sobre el mostrador y comienza a marcar sobre él: “Estamos aquí, aquí la Sé, en este punto el Ayuntamiento, a las afueras Bom Jesus do Monte…” Y así, aquí y allá, sigue haciendo señales en el plano, para rematar: “…Y pueden pasear la ciudad. Verán iglesias, muchas iglesias…”

sábado, 16 de abril de 2011

Apuntes de viaje (11)



22.-

            Lo primero, nada más bajarse del coche, es desaguar el cuerpo, liberar la vejiga de peso y evitar así que, en el sitio más inoportuno, urgencias fisiológicas impidan disfrutar de algún momento clave de contemplación. Para ello, dado que, como se ha dicho, ninguno de los dos ha visitado nunca la ciudad, echan a andar, un poco por instinto, en busca de un café donde hacer un alto y aliviarse. Así, ponen rumbo a la plaza por la que hace poco pasaron con el coche, no sin antes fotografiar el edificio de dos plantas que queda frente al auto aparcado, no saben si sede de algún organismo (aunque no debe, puesto que no ven ningún símbolo ni rótulo que así lo acredite) o quinta particular; en cualquier caso, armónico e interesante en su conjunto. Pintado de blanco, destacan en él las ventanas de arco de medio punto, en piedra trabajada. 




Observan, a través de la puerta enrejada que lo cierra y por encima de los muros, un amplio patio, desde el que parte una escalinata de granito que desemboca en la primera planta, en un porche bajo el cual una puerta y una ventana, no de menor belleza que el conjunto, aguardan detenidas en el tiempo a que alguien entre o salga, o se asome a ver el movimiento de la calle o cómo, en el patio, irrumpe en estas fechas la primavera. Pero, de todo el edificio, lo que más llama su atención es esa ventana de la esquina, en la segunda planta, quizá balcón, con doble arco apoyado en columna granítica, también labrado. Un lugar concebido tal vez como atalaya o rincón de lectura, y en el que, por un momento, se imaginan avistando la calle; privilegiados moradores en, por lo poco que han visto, una ciudad privilegiada. Más a la derecha, un blasón en piedra sobre el que todo lo ignoran los viajeros. Por último, como para dar fe de este tiempo nuestro, poco dado a la armonía, unas astas metálicas de antena de televisión coronan el tejado.

viernes, 15 de abril de 2011

Apuntes de viaje (10)

[Imagen de una de las muchas iglesias de Braga]


21.-


            Apenas despertarse, el viajero se asoma a la ventana y otea el aspecto de los cielos. Anoche, en la televisión portuguesa, el hombre del tiempo auguraba un día despejado y con temperaturas en sensible aumento. Y, por lo que se ve, no se ha equivocado. Piensa el viajero en estos oráculos de Delfos de la meteorología de ahora, tan acertados en sus predicciones, a diferencia de aquellos otros de hace treinta y cinco o cuarenta años, cuando la televisión era en blanco y negro, y los instrumentos de medir otros, sin duda más rudimentarios y menos precisos. Entonces, se hacían entre los ciudadanos continuos chistes relacionados con la labor de los meteorólogos, nombre por el que casi nadie los conocía, a pesar de que ésa fuera su profesión. Para todos, por lo general, no eran sino El hombre del tiempo. Tan poco grado de confianza se tenía en sus pronósticos, que alguno, incluso, tras dar uno de ellos en la televisión, aseguró que, de no cumplirse, se afeitaría el bigote; algo que, a la postre, el viajero cree que tuvo que cumplir.
            Pero este hombre del tiempo de la televisión portuguesa no se ha equivocado. Bien al contrario, su predicción parece cumplirse con precisión castrense, y las nubes, ayer dueñas y señoras de cuanta extensión de cielo podía abarcarse con la vista, parecen haberse retirado a sus cuarteles de invierno (nunca mejor dicho) dejando que sea el sol el que expanda sus legiones de fuego de norte a sur y este a oeste. Algo que, a decir verdad, contraría a los viajeros, que prefieren desplazarse con cielos cubiertos, aunque, ya puestos a pedir, sin intenciones de soltar lluvias que entorpezcan la marcha.
            Tras hacer los honores al excelente desayuno bufet del Hotel y abonar la factura, suben al coche para poner rumbo a Braga, primera parada de una etapa que hoy acabará en Castro Laboreiro, pueblo ubicado dentro del Parque Nacional Peneda Gêres y a pocos kilómetros de la frontera con España, por la provincia de Orense. Como ya se dijo que el viajero aún se resiste a viajar tutelado por un GPS, tan de moda en los últimos tiempos, preguntan en el parking donde dejaron el coche estos días la dirección que deben tomar para salir a la autopista A20; desde aquí, ya señalado, seguirán camino hasta el próximo destino. La mujer encargada de la Caja, en un portugués que alcanzan a entender sin demasiadas dificultades, les indica: “Salgan a la derecha y, al final de la calle, en la plaza, todo a la izquierda y recto. A partir de ahí, sigan en dirección Antas, y ya lo verán”. Parece fácil. “Tú me dirás para qué quiere la gente un GPS”, comenta el viajero, convencido. En otros tiempos, cuando su trabajo le obligaba a recorrer buena parte del país, siempre acertó con los diferentes destinos a base de un mapa de carreteras y, llegado el caso, preguntando. Así es, como todo el mundo sabe, como se llega a Roma. Y si se llega a Roma, por qué no se va a llegar a Braga o adonde se tercie. Que no, que no quiere trastos ni modernidades.
            Con las instrucciones recibidas, llegan a la plaza, tuercen a la izquierda, salvan calles, plazas y rotondas, continúan recto un buen trecho, mucho trecho, pero, al contrario de lo advertido por la cobradora del parking, la señalización de Antas no aparece por ninguna parte.  Ella, como quien no quiere la cosa, vuelve a apuntar la seguridad que les daría el navegador de marras. Él, aparentando tranquilidad, le dice que, lo más probable, es que deban seguir aún más kilómetros todo recto. Tras unos minutos de dudas e indecisiones, comienzan a reconocer un territorio por el que ya pasaron cuando entraron en Oporto, y, un poco más adelante, por encima de ellos, alcanzan a ver la autopista que deben tomar. Entonces él, rearmado de valor, se deja llevar por su instinto y, para sorpresa de propios y extraños, “Antas”, se les aparece como por arte de magia. Tuercen a la derecha, hacen una raqueta, siguen rectos… y, de pronto, oh asombro, la autopista, momentos antes al alcance de su mano, se aleja de ellos sin que puedan hacer nada por atraparla. Parada. Reflexión. Cambio de sentido. A no más de cien o doscientos metros, un cuartelillo de Policía Local. Preguntas. Indicaciones. Reiniciar la marcha. ¡Por fin en el buen camino!
            No tardarán más de tres cuartos de hora en entrar en Braga. Y esto, sin sobrepasar nunca los ciento veinte kilómetros por hora —aquí, de momento y aun con la crisis, que también la hay, y bien gorda, los límites de velocidad en autovías no los han bajado, como en España—; con obras en la calzada cada dos por tres; con algunos bancos de niebla —a pesar de ser ya más de las diez de la mañana y lucir un sol que amenaza sus buenos calores en las horas centrales del día—; y con una retención, debida a un accidente que, por lo que deducen, no hará mucho tiempo que ocurrió. A la vista de cómo les han adelantado algunos vehículos, no se extrañan que sucesos como el que contemplan puedan darse a menudo. Aunque, claro, esto no es muy distinto de lo que ocurre en las carreteras de su país, por más que los accidentes y número de víctimas hayan descendido en los últimos tiempos.
En Braga, donde ninguno de los dos estuvo nunca, él se deja guiar por el instinto, con la esperanza de encontrar un parking en el que dejar el coche. Amparado en tal creencia, pero también con el temor de toparse con alguna calle sin salida, o tan estrecha que le impida la marcha, o en obras, o vaya usted a saber; todas, posibilidades que antes o después suelen entrañar dificultades en estas excursiones que tanto disfrutan los viajeros, se adentra hacia el corazón de la ciudad, donde desemboca en  una gran plaza; eso sí, sin un solo aparcamiento libre. En ella, una iglesia y un par de edificios dignos de contemplarse con sosiego reclaman su atención. Habrá que visitarla. Con suerte, sólo un poco más adelante, el viajero puede aparcar en un sitio estratégico; un espacio que, aunque delimitado como zona azul, les permitirá visitar el centro sin necesidad de desplazamientos a pie demasiado largos. Unas monedas a la hucha del Ayuntamiento, y ya tienen derecho a un par de horas para deambular por la ciudad y admirar sus calles, plazas, iglesias (muchas iglesias) y, por supuesto, la Sé.

jueves, 14 de abril de 2011

Apuntes de viaje (9) Adiós a Oporto: coda



            Pasear estas calles: arriba, abajo; fluir con el río; admirar la belleza de los puentes de hierro; recrear la vista en la azulejería que a un lado y otro sorprende a los viajeros; entrar en las iglesias y confirmar la soberbia del Barroco; abundar en fachadas y detalles... llevan al viajero a la reflexión y recuerda otros viajes de hace muchos años, cuando a su lado no había nadie con quien compartir tanto descubrimiento. Piensa entonces que cuanto ahora contempla hubiera sido distinto entonces. Y no porque el tiempo lo hubiese preservado de su lógico envejecer y fuera más lozano, no; lo piensa porque sin la complicidad de su mirada, la de ella, toda contemplación sería incompleta. 
          Y se enriquece en ese compartir, que suma y sigue en el camino a la felicidad.

miércoles, 13 de abril de 2011

Apuntes de viaje (8)




19.-

             A la vista del número de pastelerías y confiterías —donde no sólo se venden dulces— que van descubriendo, el viajero se pregunta si cuanta oferta se muestra en expositores y escaparates será consumida diariamente. Si es así, se dice, no hay duda de que estos portuenses son unos golosos de primera. La verdad, es que llama la atención la cantidad de pasteles, bollos, hojaldres o merengues que, tanto en cafeterías como en confiterías repartidas por la ciudad, aguardan tras los cristales a que alguien venga dispuesto a hincarles el diente. Y no sólo las famosas natas, típicas de aquí. También bizcochos, pastas y plum cake invitan al caminante a gozar de sus bondades. El viajero, que por cuestiones de salud ha de huir del dulce como de la peste, piensa que esta visita a Oporto debiera haberla hecho unos años antes, cuando aún tenía luz verde de su organismo para ciertos excesos. Hoy, en cambio, no tiene más remedio que conformarse con mirar y adivinar sabores de acuerdo con lo que la vista dicte. Y salivar; no sabéis hasta qué punto. 
            "¿Acabarán con todo cada día?", sigue dándole vueltas el viajero.


[Calle Santa Catarina] 

20.-

            Probablemente, pocas calles tan comerciales y con tanto ambiente durante el día como Santa Catarina, en el corazón mismo de la ciudad. En esta época del año, conforme se aproxima la hora de apertura del comercio, comienza a cobrar una efervescencia que no hará sino ir en aumento a lo largo de la jornada y hasta la hora de cierre. Así, las muchas y variadas tiendas que aquí se ubican recibirán la visita de multitud de clientes y curiosos, de vecinos de la zona y de viajeros de paso, de verdaderos interesados por las compras y de simples mirones que entran, dan una vuelta, ojean en mostradores y anaqueles y salen nuevamente al exterior, tras un obrigado protocolario con el que, de alguna forma, creen compensar al vendedor de turno, que ha preguntado y se ha interesado por lo que deseaba el señor o la señora, sin que, a fin de cuentas, el anzuelo que ha tendido con sus palabras haya obrado el milagro de la pesca; es decir, de la venta con la que ir salvando la jornada.

 
 [Otra imagen más de Sta. Catarina: El viajero, en primer término]

            Llegadas las seis de la tarde, con las tiendas cerradas o a punto de hacerlo, el ir y venir de transeúntes se diluirá conforme oscurece, y con ello el alegre bullicio que campeó a sus anchas. Apagará la lumbre el hombre que vende castañas asadas, frente A Capela das Almas. Y la muchacha, que desde media tarde canta blues acompañada de una guitarra, recogerá del suelo unas monedas y guardará en la funda su instrumento, y continuará calle abajo, quién sabe si hacia algún local donde actuará a la noche. El joven hippy que vieron por la mañana cruzará la calle seguido de los perros, pero ahora, al contrario que a primera hora del día, no dará voces, sino que irá cabizbajo, arrastrando los pies. Y caerán, uno a uno, los cierres metálicos de tiendas de ropa, zapaterías, joyerías, perfumerías, artículos de regalo, librerías… Y se apagarán sus luces interiores, quedando sólo iluminadas las de los escaparates, y éstas sin gran derroche. Sólo el café Majestic, y algunos bares y cafeterías de menor alcurnia continuarán con las puertas abiertas, y tras ellas, con mayor o menor afluencia, ante la barra o sentados en los veladores, turistas y parroquianos se congregarán en busca de un refrigerio y un rato de descanso. Sonarán las campanas de alguna iglesia —dom, dom— dando las seis y media. Y acaso una muchacha, con la falda muy corta, bajará hacía Passos Manuel, empeñada en correr más de lo que su atuendo buenamente le permite: quizá un novio la espere en algún sitio. También los viajeros, de la mano, pasearán esta calle, rumbo al hotel. Mañana les toca ponerse de nuevo en carretera, en busca de otros lugares y otros descubrimientos.

[Café Majestic: fotografía, gentileza de Elías Moro]

martes, 12 de abril de 2011

Apuntes de viaje (7)

[Mercado do Bolhao: frutas y verduras]
18.-

            Al Mercado do Bolhao, probablemente, debieran haber llegado antes. A esa hora del amanecer en la que los vendedores se aplican en la descarga de sus géneros y en los puestos, aún cerrados al público, se almacenan las mercaderías con que afrontar la jornada laboral. Así, los viajeros hubieran visto cómo este espacio, poco a poco, se llenaba de frutas y verduras, flores, pescados y mariscos, carnes, bollería y panes de mil especialidades diferentes, especias y menudencias varias: imanes, llaveros, navajas, postales, señala-libros.., la mayoría, con calcomanías de la ciudad, diseñadas especialmente como souvenirs para turistas. A esa hora del amanecer —piensa él— el Mercado tendría un punto de misterio que no tiene a esta hora; un halo algo romántico donde, a la mezcla de los aromas dulzones de canelas, pimentones, curris, azafranes, romeros o jengibres; de bacalaos, doradas, sardinas o bogavantes —éstos con las pinzas inmovilizadas con cinta adhesiva para evitar batallas entre hermanos—; de dulces y hogazas de pan recién horneados; de carnes de corderos, cerdos o vacas, abiertos en canal; de frutas y verduras; y de margaritas, claveles, rosas o geranios, por no decir también gladiolos o azucenas —además de otros muchos, no tan localizados, pero no por ello menos presentes en maderas, cáñamos, paredes húmedas o desvencijados suelos— se uniría una luz mortecina, levemente metálica y azulada, luz de luna curiosa asomada entre nubes, con vocación de espía. Aunque, a la postre, poco nuevo haya que espiar, pues tales movimientos —gentes por los pasillos, contrarreloj, con su producto a cuestas— se producen sin cambios significativos a diario, desde que el Mercado abriera sus puertas al público allá por el año 1914. Entonces, recién estrenado, todo tendría otro porte; reluciría con el lustre prepotente de lo nuevo, si bien, en el fondo, los aromas y olores de las mercancías se mezclarían como ahora se mezclan, y las voces de los vendedores, pisándose entre sí, compitiendo en ofertas, se oirían iguales o similares a como hoy las oyen los viajeros.

[Mercado do Bolhao: escalinata]

            Pero los viajeros no han llegado a esa primera hora. Bien al contrario, han desayunado sin prisas en el hotel: café, zumo de naranja, huevos duros, embutido, quesos, frutas y dulces, entre los que no falta el típico pastel de nata de esta ciudad. Y, también sin prisas, han salido a la calle armados de paraguas, pues una fina lluvia cae desde primera hora del día. Como el Mercado no está lejos del hotel —doblar una esquina y poco más— se plantan allí en un periquete, dispuestos a imbuirse en la atmósfera cotidiana y local que en él se respira. Y así entran desde Rúa Formosa, tras haberse cruzado con un joven de aspecto descuidado, un poco hippy, que, acompañado por dos grandes perros —uno, hembra preñada, de pesados andares—, habla a solas y a gritos, ajeno a las miradas y comentarios de los transeúntes. 
            Apenas pisan el gran edificio respiran ese aroma total que el viajero ya había imaginado, mezcla de cuantas especias y demás productos se venden en la enorme superficie. Es un perfume similar al que han respirado muchas veces en mercadillos medievales, o en almacenes de coloniales de aquellos de hace años. Un olor que no es desagradable —aunque a veces, muy cerca de los puestos, el desprendido por los pescados se imponga, hasta resultar molesto— y les ubica sin posible error en el lugar que ocupan, el que ahora pasean entre clientes habituales, vecinos del barrio que acuden a diario a realizar su compra, ajenos a esas otras corrientes de individuos de atuendos informarles que, cámara en mano, fotografían todo, ávidos de dejar constancia del momento, aun a sabiendas de que ninguna instantánea, por muy precisa que sea, captará esta atmósfera de la que los viajeros disfrutan y en la que se recrean, nuevamente sin prisas, mientras contemplan todo y llenan la retina de cuanto aquí se ofrece.
Cuando dan por cumplida la visita salen a la calle, dispuestos a seguir descubriendo rincones, abiertos a nuevas sorpresas. Con ellos, ese aroma definitorio y vivo del Mercado; el mismo que el viajero respira nuevamente, mientras da fe de él en estas páginas.