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miércoles, 30 de noviembre de 2011

El cantaor

 [Cantaor y guitarrista, © Manuel Martín Morgado. 
Témpera y tinta sobre cartón. Con autorización del autor.]

            Hace años vagaba de taberna en taberna con mi voz como único caudal, dispuesto a ponerla al servicio de cualquier postor a cambio de un par de tragos. Solía ir a eso de la madrugada, cuando la gente de bien ya se había recogido y los señoritos metidos en faena, bien cenados, seguían la juerga, iniciada al atardecer con finos y manzanilla, entre whiskys, mojitos y cubatas. Yo aparecía discretamente, me arrimaba sin mucho alboroto y oía al cantaor de turno empeñando la voz al servicio de aquellos mandamases; la mayoría de las veces, dicho sea sin ánimo de malmeter, con poco arte y menos sentimiento. Antes o después, siempre había alguno que reparaba en mí y me anunciaba a los demás: Eh, que está aquí El Banderillero (porque antes que en el cante también quise probar en la cosa del Toro). Y todos saludaban, y el que pagaba la fiesta me decía que me tomase un trago y que a ver cómo sonaban esas soleares. O esos fandangos. O esas alegrías. Argumentaba yo entonces que tenía la voz aún destemplada, que necesitaba afinarla todavía. Y él, Don Manuel, el jefe de aquello, insistía en que no había na que afinar, que me tomase el vaso y que palante. Y al de la guitarra lo hacía señas para que se pusiera a mi servicio. El primer trago (siempre fino La Ina) me entonaba. Pero sabía hacerme de rogar, de modo que muy sumiso preguntaba si podía repetir, y antes casi de terminar la frase ya tenía de nuevo el catavino lleno. Tras este segundo, que bebía de un golpe, me arrancaba por lo bajini: dos o tres quejíos, la voz sostenida en una especie de espiral melódica capaz de recabar la atención de todos los presentes. Entonces, cogido el tono de la guitarra, cantaba no con la voz ni la garganta, sino con lo más hondo de las tripas que se estiraban y encogían al capricho sonoro de mi ánimo. Nada más grande que esa sensación de tenerlos a todos en un puño; todos imantados por mi voz, que los llevaba y traía hasta el umbral del amanecer. Nada como aquel estallido de palmas al hacerme silencio; aquellos oles, que ni a Curro Romero en la Maestranza. Al final, otros cuantos vinos, nuevas coplas, y, algunas veces, unos billetes al terminar la fiesta.
               No era mala vida. Pero tenía que haber algo dentro de mí que tirara aún más que el misterio del cante, y era el misterio de los ojos de una mujer morena. Precisamente, la mujer de Don Manuel, mi benefactor. Si lo cuento hoy es porque más afinada que mi voz, lo estuvo mi intuición. Y porque cogí el tren a tiempo. Y porque escribo, por supuesto, desde un cibercafé.

martes, 29 de noviembre de 2011

La llama

[Imagen tomada de la Red]


La llama, al arder, respira.
Y ante el ojo que la mira
es la vida que se inflama,
pues lo mismo que la llama,
la vida, al final, expira.
Sin embargo, mientras arde,
vive y muestra en un alarde
de soberbia su fulgor.
Apenas un resplandor
que se ha de apagar más tarde.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Es que van sin atar



       Suena el teléfono. Descuelgo. Al otro lado, alguien pregunta por un nombre. Le digo que se ha equivocado, que a qué número llama. Mi interlocutor responde que a cuál va a llamar, que al suyo, que a su casa. Y dice mi número; eso sí, sin prefijo. Le confirmo que es ése, pero que debe de haberse confundido de provincia. Entonces suelta un taco, dice alguna palabra que no entiendo y cuelga. Como si le hubiese ofendido.

domingo, 27 de noviembre de 2011

De política (*)


[Imagen tomada de la edición digital de El País]


(*)  Este texto, escrito hace unos años, creo que también viene a colación ahora.


            En ocasiones, comentar los resultados de unos comicios no se diferencia en mucho de lo que viene a ser una conversación en torno al fútbol. Cada interlocutor —si se tienen ideologías diferentes— defiende su postura como si defendiese al club de sus amores, de modo que sus argumentos, más que obra de la razón, lo son de sus entrañas. Así, los que han perdido, parecen aguardar con el cuchillo entre los dientes a que el otro se estrelle, cometa fallos, pierda comba. A ver si de este modo, su equipo vuelve a recuperar el liderato. No nos damos cuenta de que, en definitiva, más nos valdría a todos que los que gobiernan, sean o no de nuestros colores, acertaran siempre. Todos, entonces, saldríamos campeones. Pero sí, ya sé que esto —lo de acertar siempre; lo de acertar para todos— es, como dice el refrán, pedir peras al olmo.

En el camino (2)

[Sobrevolando el Canal de La Mancha © C. Elvira]]


          Escribir, lo que se dice escribir, no es flor de un momento, ni de un día, ni de unos días. No es algo producto del capricho ni la fugacidad. No una fuerza imanadora que arrastra hasta el papel y nos lleva la mano, pluma en ristre, desbordando palabras. Escribir es dialogar en el silencio con nosotros mismos: sin prisas, con la serenidad de quien sabe escuchar y hacerse oír. Es viajar a lugares que pueden ser posibles, recobrar escenarios que antes fueron porque ya los pisamos, o porque los alzamos con la fuerza, anhelo y tesón de la imaginación y del deseo. Escribir —como leer— es el resultado de un viaje. Más aún: es el viaje mismo. Y al final, su resultado, es como un horizonte que se nos muestra siempre, que nos reta a alcanzarlo y hacia el que vamos, convencidos, no obstante, de que, como toda línea que junta cielo y tierra, también a nosotros nos estará vedado. Pero, ay, mientras se llega o no, cuánto gozo y provecho en el camino.

sábado, 26 de noviembre de 2011

En el camino


[Imagen tomada de la página: www.italica.rai.it]


           Desde luego, no se puede decir que haya escrito todo cuanto debiera. Pero sí es verdad que son muchas las líneas trazadas por mi mano. De todas ellas, ¿cuántas imprescindibles? Quizá ninguna. Sin embargo, todas, en algún momento, me dieron alas. O fueron tabla salvadora. O alimento eficaz para el espíritu. O pañuelo donde enjugar mi pena. O acorde de luz, aun en relámpago. Escribir, para mí, más allá de todos estos años de escritura, sigue siendo un misterio que abrazo con asombro.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Mirar

[Imagen © M. C. E.]


Mirar para horadar lo que se mira.
Diseccionar la piel de la materia
y ver tras su contorno lo que nunca
revela la respuesta del espejo.

Mirar para horadar: rostro, palabra,
signo o fulgor escritos en el tiempo;
más allá del perfil de lo cercano,
donde la luz más firme se convoca.

Mirar, no por mirar: ver lo escondido,
lo que tiene razón y se desvela
después de desnudar nuestra mirada.

Así mirar; siempre mirar: ser vuelo
del ojo que pregunta y que sostiene
que cada cosa, en su unidad, es múltiple.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Liba de mí



Liba de mí, mi abeja bienhechora,
hasta que brote luz de mis adentros,
hasta inundar el centro de mis centros
de tu esencia vital y turbadora.

Liba de mí, mi abeja zumbadora,
y arrástrame contigo a los encuentros
con la belleza. Y a los desencuentros
con el dolor que alguna vez aflora.

Liba de mí. Destila de mis venas
la mejor savia para tus colmenas:
materia prima de tu cera y miel.

Después, saciada, vuelve a tu reposo.
Y que queden el vértigo y el poso
en manchas de cristal sobre el papel.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

En la penumbra o en la luz

[En el puente © C. Elvira]


En la penumbra
o en la luz
te quiero

(ya estés en la penumbra
o en la luz)

Y en las horas
que dictan
su cadencia

(donde tú vas creciendo
cotidiana)

Te quiero mientras duermes
ajena
por completo

(y mientras lees un libro
mientras callas)

Te quiero cada día:
te lo he dicho
desde hace mil inviernos
de mil formas

(aunque a la postre exista
sólo una)

Te quiero cuando vuelves
de la calle
cuando te desperezas
o repasas
la lista de la compra

(y cuando ríes
mi amor no tiene límites ni verbos)
 
Y de las veinticuatro horas
que el día tiene
te quiero veinticinco

(A veces, me lo callo
pero siempre
mi corazón
sin tregua
lo proclama)

martes, 22 de noviembre de 2011

De la costumbre

[Imagen tomada de http://www.rrhhsocialmedia.com]


           Con el tiempo uno acaba por acostumbrarse a casi todo. De tal forma, que damos en no observar lo que más cerca tenemos de nosotros, perdiéndonos así el placer de la belleza y el asombro ante lo que acaba por convertirse en algo cotidiano: la salida o una puesta de sol, verbigracia. Acaso el amor también esté expuesto a ese peligro. De nosotros depende preservarlo, dotarlo de sorpresa, hacerlo diferente a cada instante. Como el amanecer o la hora del ocaso, siempre nuevos. Feliz aquel que tiene en la mirada oficio de vigía.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Tras cumplir con el deber ciudadano

 [Imagen tomada de la edición digital de El País, con el 98,6 % de los votos escrutados]

     Bueno, ya es veintiuno. Y ahora, ¿serán más benévolos con nosotros eso que llaman Los Mercados? ¿Se solucionarán todos nuestros problemas? España, ¿irá bien? Más nos vale.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Historia conocida

[Imagen tomada de photaki.es]

        Mírate, me digo. Aquí estás, con todo por hacer en este nuevo día. No malgastes tu tiempo.
Cuando llega la noche, y ya a solas conmigo, hay mucho de que hablar.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Sobre la cruz del tiempo (2005)




Ven y bebe conmigo de la copa del tiempo.


Apúrala despacio y saborea
la miel que en sí contiene,
el néctar que te atrapa,
la suavidad del líquido sin fondo
que nos va conformando, si bebemos.


Sin embargo, no pienses
que toda copa será igual, pues cambia
su paladar, conforme a la cosecha
de dolor o de paz, de amor o sombras.
Apúrala, no obstante. Pues no vuelve
la gota malgastada, aunque, a la postre,
siempre pase factura
la vida, de ese trago.


Ven y bebe conmigo,
compárteme en el fuego de esta copa
de tiempo que alargamos
instante tras instante, hasta que quede
seco el fondo y la luz
en el cristal se torne
opacidad,
                  silencio.









Como canta la vida
desde cada rincón de su espesura
su propia construcción, así yo canto
—conforme con mis signos—
la construcción del día.


Alzo palabras
que conjuran la duda,
                                  y hasta salvo
arcanos jeroglíficos que ocupan
mi pensamiento en múltiples respuestas
que al fin, ya contrastadas,
se resumen en una:
tú, mi tiempo.









De claridad, materia religiosa,
se levanta mi casa: luz que empapa
mi propio discurrir.
Y no porque mis manos sean capaces
de engendrar transparencias, sino porque
de la misma materia de tu amor
afianzo sus cimientos,
construyo sus paredes,
elevo soleadas azoteas,
y en ese alzar de muros y moradas
tú permaneces: libre,
silenciosa y prudente a mi costado,
haciendo de la luz firme argamasa
con que afrontar la furia de los tiempos.









Voz y huella de ti. Sobre la senda
del tiempo me desdoblo
en memoria y camino,
en nocturno pasado y luz abierta
al porvenir.
                  Y canto
esa transformación que conformaste
con paciencia y labor,
con la armonía
con que todo lo abordas y compones.


Voz y huella de ti.
                            Sobre la mesa,
testigos de mi huella y de tu voz,
se abren paso estos versos.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Historias de Gila versificadas por Miguel Ardiles (2001)




La historia de mi vida


Van a saber la historia de mi vida.
Mi madre, al nacer yo, no estaba en casa
y bajé a la portera que, abstraída,


no me prestó atención. La dije: "Blasa,
que aquí donde me ve, que ya he nacido,
que no he mamado aún, y a ver qué pasa".


Al verme la mujer tan decaído
(recién nacido, claro), me dio el pecho.
Poco, pues, la verdad, hubo servido


de joven de nodriza, y, por derecho,
dio de mamar a doce churumbeles,
y a un sargento, ceñudo y contrahecho,


que —dicen— ensopaba hasta pasteles.
Así que, claro, ni para un cortao
lo que daban aquellos redondeles.


Llegó mi madre y dije: “Que he llegao”.
Y me dijo: “Será la última vez
que naces solo, sa remolachao”.


Después de aquella tierna calidez,
mandó carta a mi padre, que era buzo,
y trabajaba en el Canal de Suez,


no sé si de hombre rana o de merluzo,
que hacía un año ya que no venía
y algo se le notaba en el testuzo.


Era mi casa toda algarabía,
pues éramos ya entonces siete hermanos
y un hombre en el pasillo, que vivía


con nosotros; total, nueve cristianos.
Llegó mi padre y para celebrarlo
nos fuimos a la feria tan ufanos.


Allí jugó mi padre sin pensarlo
un número a una rifa, y una vaca,
con sus manchas y todo, fue a tocarlo.


Le dieron a elegir (¡menuda traca!)
entre aquel animal y una pastilla
de jabón sin olor. Y, aunque era flaca


y blanda de mugido y de babilla,
dijo mi padre: “El animal, Aurea;
nos llevamos la vaca a Segurilla”.


Y mi madre, cogiendo la correa
del bovino, le contestó enseguida:
“Tú, pa' evitar lavarte, lo que sea.”


Dejamos a la vaca consabida
aparcá en el balcón para que diera
la leche más fresquita, agradecida.


Y el caso es que, ya ven, por lo que fuera,
tenía un cuerno flojo y lo perdió
y le atizó a un banquero con chistera.


Subió el hombre a la casa, y esperó
con el cuerno en la mano. Abrió mi viejo,
y enseñándole el cuerno, preguntó:


“¿Es esto suyo?”. Lo miró perplejo
mi padre. Y sin pensárselo un instante,
le dijo: “¡Y qué sé yo!”, sin más cotejo.


Murió el hombre de aquel cuerno tajante
y a mi padre metieron en chirona.
A mí me abandonó mi madre ante


la casa de un marqués, una casona
a la que no faltaba ni un detalle,
que es que hay que ver cómo era esa persona.


Al salir el marqués para la calle,
me descubrió (yo estaba tiritando).
“¿Tu nombre?”, preguntó. “Luisito Valle.


Como soy pobre...”, dije, sollozando.
Y él me dijo muy digno: “Desde ahora,
te llamarás Alfredo Luis Fernando”.


Luego, aquella familia bienhechora,
me llamaba Nandín, para abreviar,
igualmente el marqués, que la señora.


Vivía bien (que no se pué' negar),
pero a pesar de ello me aburría,
y me escapé de casa. Fui a parar


a una banda de cacos que solía
afanar por allí. Pero ocurrió
que lo robado, ¡zas!, lo devolvía.


“Algún virus”, según diagnosticó
el médico, quien dijo que robara
sólo pescado blanco. Pensé yo


que estando, como está, la vida cara,
no era cuestión de andar con miramientos,
y me embarqué hacia Londres en zatara.


En Inglaterra, y ya con otros vientos,
me hice de Scotland Yard. Sin ir más lejos,
se contaron mis éxitos por cientos.


Pues allí fui, sabejo entre sabejos,
el que detuvo a Jack Destripador,
sin acudir a métodos complejos.


Me instalé en su pensión y, sin rencor,
cuando me lo cruzaba en el pasillo,
en la escalera, o el recibidor,


le soltaba, del modo más sencillo:
“Alguien ha matado a alguien”. Se ponía
de lo más colorao. Hasta que el pillo,


cansado de aguantar, un mediodía
vino a entregarse a mí. “Se lo suplico,
deténgame usté ya, buen policía.


Yo soy el asesino, se lo explico,
pero, por Dios, no más psicología,
que bien que sabe a lo que me dedico".


Después me contrataron en la CIA.

jueves, 17 de noviembre de 2011

En lento descender (1998 / 2005)



Desde mi mente hasta el papel
hay un camino que recorro:
blanco espacio de luz o sombra,
abierto siempre a lo innombrable.


Lo voy andando con palabras
que me enseñaron mis ancestros,
pero mis huellas son las huellas
de mis errores y mis sueños;


de mis pasiones y mis dudas,
mi escepticismo y mi entusiasmo:
todo, en un Todo indivisible,


en un boceto inacabable,
pues está en mí, en tanto sigo
restando, con mi suma, el tiempo.








Estoy ante la nieve de la página
escuchando el silencio.
Mi corazón se agita y por mi sangre,
a la deriva, fluyen los recuerdos.


Yo me miro en un cristal de fiebre
que me dicta palabras.
                                    Los espejos
me devuelven los gestos de un extraño
que conoce mi nombre.
                                    No comprendo
cómo el reloj desgrana, indescifrable,
los rincones del sueño,
ni cómo el galopar de mi memoria
va desangrando voces por mis dedos.


Estoy ante la nieve de la página,
que se convierte en barro
conforme me confieso.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cocinetos (2002)


DORADA A LA SAL




Se escoge a tal efecto una dorada;
se mantiene al pescado bien cerrado;
sin descamar, se lava con cuidado,
y bien seca, se deja reservada.


Con tres kilos de sal gorda, apropiada,
en una fuente se hace un adecuado
lecho donde dejar nuestro pescado
cubriéndolo de sal bien apretada.


Se salpica de agua y en el horno,
a ciento ochenta grados, se introduce,
según peso, cuestión de media hora.


Echa costra la sal por todo adorno,
se limpia la dorada y se conduce
sin espinas al plato. Se decora


con salsa rosa, tártara, holandesa,
americana, o simple mayonesa.

martes, 15 de noviembre de 2011

Veinticinco poemas en Carmen (1999)



PRELUDIO



Errante por las rutas que el tiempo va marcando,
he cruzado regiones que el corazón registra:
desiertos, valles, selvas, rotundas cordilleras
donde la sangre escribe cuanto la voz se calla.
Viajero infatigable al norte de mis pasos,
aprendí mil celadas con que enfrentarme al miedo,
palabras como espigas, caricias como hogueras
en las noches de invierno, sin posible cobijo.
Visité mil ciudades, me sumergí en mil ríos,
aprendí a ver los ojos de los hombres que callan.
Y fui creciendo al mundo más allá de los gestos,
otro más en el centro de la espiral de un Todo.
“La vida —alguien me dijo— es seguir adelante,
aunque a veces tu sueño no apunte al horizonte;
aunque nada esté claro, y el mar esté furioso,
y esté todo vacío, sin luz, y sin canciones.
Los hombres —insistieron— a veces se contagian
de una fiebre de odio que no respeta al hombre,
y adoptan sin recato el corazón del lobo,
y ofician a la muerte en grandes aquelarres.
Pero también —recuerda— hay luz en su mirada;
y una despensa llena de renuncias, y amigos
que se inmolan al mundo por dar una sonrisa
con que sembrar de dicha la ceniza de otros”.
En ese claroscuro la vida se proyecta:
cara y cruz de la misma moneda, que es el hombre.
Y es en ese paisaje, vegetal o terrible,
en el que fui avanzando hacia mi propio espejo.
Por esas latitudes, vagabundo sin rumbo,
fui bebiendo la savia de mi propia fatiga,
y un número perdido dentro de un infinito
fui yo, sin esperanza, sin mañana, sin fuego.
Cuando surgió a mi lado la luz se hizo distinta:
manantial de su risa, espejo de sus ojos.
Recompuso el camino donde andaban mis huellas
sin orden ni concierto, sin razones ni normas.
Y así, desde aquel día, reconozco mis pasos,
y todo guarda un orden que antes jamás tenía.
En ella estoy completo. Soy feliz. No persigo
otro afán que no sea la estela de su tiempo.






QUEJA


Me lo dijiste un día: “Ya no me escribes versos”.
Y estaba la tristeza sonando en tus palabras,
una cierta añoranza de otro tiempo pasado
en el que estaba alerta mi pluma a todas horas.
Y es verdad que he dejado de escribir como antes,
que no me pide el cuerpo encadenar poemas,
que se pasan los años sin dejar testimonio
de este amor que, no obstante, se agranda cada día.
Porque mis ojos dicen lo que mi boca calla,
y una sola mirada vale más que mil versos;
porque ya no me urge ver la palabra escrita
igual que antes, no ejerzo de trovador privado.
Pero como lo hiciste —te quejaste una noche—,
y una queja en tu boca es una flor que muere,
he vuelto a la palabra, y te entrego este gesto
para que ni un instante se nuble tu alegría.





CARMÍN


Me gusta contemplarte cuando, frente al espejo,
con el lápiz de labios, perfilas tu sonrisa:
tu rostro en el cristal trascendiendo el espacio;
tu mano, experta y grácil, marcando el territorio.
Mis labios, de repente, se sienten imantados
por esa fruta roja que provoca al instinto;
y hacia el umbral del beso se abalanzan, sedientos.
Sólo si tú les abres la puerta son dichosos.
En esos leves gestos, del todo cotidianos,
ensalzo tu belleza, tu luz, y tu alegría;
y yo me siento fuerte —cómplice de tus labios—
compartiendo momentos que sólo serán nuestros.





AGENDA


El lunes aún retengo tu aroma entre mi pecho.
El martes no me embarco, deambulo por tus muelles.
El miércoles el mundo parece intransitable.
El jueves sale el sol, y tiene tu mirada.
El viernes, el destino me lleva a la frontera
del sábado, que anuncia el reino del domingo.
Y el domingo, en tus brazos, el tiempo arde en derrota.





LOS VISITANTES


Alguna vez ocurre que estando solo vienen
y llaman a mi puerta, y pretenden colarse
en donde nadie ha entrado, si no es con mi permiso;
y ensayan estrategias con las que derrotarme.
Y ocurre algunas veces que la tarde es oscura,
que las sombras se alían con tales elementos
y consiguen cruzar el umbral de mi casa,
y siembran la tristeza por todos los rincones.
Más de una vez me hallaste en tales ocasiones
deambulando, perdido, a merced de sus dardos;
rendido a sus celadas, ajeno a la derrota
que me iba transformando en otro, a mí distinto.
Menos mal que tú llegas, y provocas su marcha
—tu risa es un cuchillo de luz que los aterra—,
y curas mis heridas con un beso de cine
en donde has macerado una pócima arcana.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Jardín de luz (1996)



Fluye el tiempo y, sin embargo,
—forma circular— no muere;
es el tiempo el que nos hiere
de muerte, y pasa de largo.
Lo que corre a nuestro cargo
no es el tiempo, es nuestra vida:
envite en una partida
que con el tiempo jugamos,
aunque de sobra sepamos
que está la apuesta perdida.








Apuremos despacio la copa de la vida,
degustemos su néctar con pasión, y sintamos
los frutos de la dicha, al tiempo que apartamos
de nosotros puñales que invitan a la herida.


Asistamos al gozo con la mar por medida,
y a la angustia, poblados de esperanza; corramos
al encuentro posible con la luz, mientras vamos
dejando atrás las sombras, sin una despedida.


Ya que la muerte llega sin llamar es preciso
que la vida haya sido fructífera, y escrita
en nuestro corazón repose la ternura.


Y que, si alguna vez, sufrimos de improviso,
como suele ocurrir, la terrible visita
del dolor, recordemos que cien años no dura.





HIPOTESIS DE LA LUZ


La luz es luz porque la sombra habita
los huecos de la luz, porque responde
desde la transparencia a cuanto esconde
el contorno del mundo, que se agita.
La luz es luz porque a la luz invita,
y acerca a la razón lo que es oscuro,
porque tiene su origen en lo puro,
y en el cristal tallado por la duda.
La luz es luz porque a su vez se muda
persuasiva en su propio claroscuro.








Apenas supe del amor, y acaso
nada hubiese sabido si no fuera
porque con vocación de primavera
una mañana me saliste al paso.


Andaba a la deriva, y es el caso
que así la soledad, mi compañera,
habitaba mi rostro a su manera:
saltando de un dolor a otro fracaso.


Llegaste, y el amor llegó contigo;
pobló mi corazón, me dio su abrigo,
y aprendí de la luz que desprendía.


Desde entonces, dichosa levadura,
lo alimento con sueños y ternura,
para que crezca y crezca cada día.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Echémosle paciencia

[Imagen tomada de http://planeta-simio.blogspot.com/]


     La machacona música que al cabo de los años, ante la proximidad de fechas preelectorales, cualquiera puede ya identificar, se cuela por los ventanales de mi casa y quiebra el silencio en el que, hasta ese mismo instante, trabajaba. Instintivamente, echo un vistazo a la habitación por ver si también ha entrado alguna gaviota o prendido un rosal junto al sillón. Confirmada la ausencia de ambos, con el chan-chan cada vez más lejano, dejo el texto en el que me empeñaba y anoto estas palabras: “¡Qué ganas ya de que sea veintiuno!”

Cien mil millones de poemas (y algunos más)



     Hago un alto en este camino de trasvases desde la web al blog para acercarme a ese precioso libro recién publicado por Editorial Demipage, Cien mil millones de poemas (Homenaje a Rayumond Queneau), y en el cual diez autores, desde Jordi Doce a Vicente Molina Foix, pasando por Rafael Reig, Fernando Aramburu, Francisco Javier Irazoki, Santiago Auserón, Pilar Adón, Javier Azpeitia, Marta Agudo y Julieta Valero, a soneto cada uno, dan cuerpo a este interesante y curioso proyecto. Sobre la idea y contenido del libro han sido varios los blogs que se han ocupado (ver, por ejemplo, La posada del sol de Medianoche o El blog de Álvaro Valverde en su entrada del 9 de noviembre, en donde puede verse el mismo vídeo expuesto más arriba). Fue a través de este último como supe de la existencia del libro y confieso el inaplazable deseo de poseerlo que sentí en ese momento, motivo por el cual lo pedí a la propia editorial sobre la marcha.
     Ayer llegó a mi casa, y abrí el paquete con la emoción de un niño ante su regalo el Día de Reyes. No me decepcionó. Bien al contrario, tanto su atractivo formato, como el contenido y peso literario de los sonetos recogidos, me confirmaron que había hecho una muy buena inversión. Luego está ese juego implícito en el libro, mediante el cual se invita al lector a escribir su propio soneto, algo a lo que no me pude resisitr, con este resultado: 

El músico en la calle se busca en un pandero
La luz de otoño apura su llama vespertina
Al tan-tan del pandero danza una bailarina
A su baile responde con ritmo el aguacero

El cielo es un mar turbio de algodón y de acero
La ciudad un mercado abierto en cada esquina
El hombre sólo un número que en sí mismo termina
El tiempo un reptil lento   paciente y traicionero

En esta calle angosta se confunde la gente
Choca entre sí   no sabe su fin ni procedencia
Olvidó su pasado y no entiende el presente

Apenas hay futuro más allá de la urgencia
La bailarina danza   sinuosa y displicente
No hay lluvia que la impida volcarse a su apetencia

      Ahora, a esos cien mil millones de poemas, también puedo yo añadir algunos cientos más. ¿No diréis que no es un verdadero juego? ¿No diréis que no es divertido?

sábado, 12 de noviembre de 2011

La luz viene de ti (1993)



Con el tiempo, del tiempo, sólo queda
un instante, que no es el mismo instante
al instante que fue; que es bruma o agua,
o arista en la memoria, o ya ceniza:


lo que fuimos, dijimos o pensamos,
lo que sufrimos en soledad, o el gozo
compartido, cuando el mundo
ignoraba la sed de los relojes.


El tiempo es lo que un día
dejamos de soñar, lo que olvidamos
al aprender la vida en ecuaciones,
lo que no tuvo nombre y conocimos
en la sabiduría del corazón.


Porque el tiempo
siempre será un paisaje que pasó,
será una ausencia lenta de todo lo que somos,
una fuga dulcísima que hiela
cuando del tiempo queda la memoria
que todo lo confunde, y sacraliza.








Amábamos la vida escrita en las novelas,
esa sed de aventura, a la usanza de Sawyer,
o de Huckleberry Finn.
                                     Nos fascinaba
embarcarnos en naves del siglo XVIII,
y con parches de tela, a modo de corsarios,
gritar: "Al abordaje..."


La vida era la suma de todos los amigos
entonando canciones escritas por Stevenson.


No comprendo por qué, sin darnos cuenta,
dejamos de sentir como piratas,
abandonamos sueños y aventuras,
y rumbo de otros puertos, más cercanos,
fuimos a dar a un mundo de despachos,
documentos y cifras oficiales,
donde todo obedece a códigos y reglas,
y nadie reconoce la estirpe de John Silver.








Sabed que me he perdido muchas veces
por oscuras callejas, mientras iba
dando vueltas y vueltas a un silencio
y recordaba un gesto de mi infancia
o una presencia escrita en mi memoria.
Que en más de una ocasión, cuando la noche
parecía detenida en una copa,
me contemplé ajeno a mi sonrisa,
deshabitado de mi propio nombre.
Sabed que he repetido mi torpeza
hasta la saciedad, que he malgastado
mi tiempo inútilmente, que he bebido
hasta quemar mi sed, de ese vacío
que parece fluir de la rutina.
Pero sabed también que siempre hubo
la mano de un amigo, la certeza
de que una palabra puede ser
la tabla salvadora, un verso a tiempo
donde verter el alma. Y a la postre,
unos ojos que miran lo que miro
y por los que contemplo cuanto veo.








Ahora que estoy contigo, que podemos
hablar tranquilamente, mientras llueve,
y la ciudad parece un fotograma
del mejor cine negro... mientras pasa
la tarde, y apuramos lentamente
este tiempo, que parece estar hecho
para la confidencia, te diré
lo que quise decirte tantas veces,
lo que tan torpemente escribo ahora,
intentando que el ritmo y la medida
clarifiquen aún más cuanto pretendo
sellar entre nosotros.
                                 Cambalache,
aquel tango famoso que hace años
Santos Discépolo escribió con tino,
resume con acierto la locura
de este siglo que expira y que propaga
el culto a la materia y al mercado,
a la riqueza, a costa de la ética.
Miro a mi alrededor, y observo a gentes
que viven al compás del trapicheo,
y que vendieron su conciencia un día
por un plato... que no fue de lentejas.
Entonces vuelvo a ti, miro tu vida
basada en la razón fundamental
de serte fiel, honrado, consecuente
con tus propios preceptos, con la norma
de que la propia dignidad es algo
que vale más que el oro de la tierra.
Miro lo que aprendí de tus ejemplos,
del trabajo bien hecho, de tus obras.
Sé que ése es tu legado, lo que siempre
quisiste que aprendiésemos tus hijos,
y que hoy te agradezco, y no bastante,
mientras llueve, y es marzo, y conversamos,
y en el silencio sobran las palabras.








En las noches de insomnio, cuando el tiempo
es cómplice, y las horas se dilatan,
y el pensamiento gira y se desboca
al mañana, al presente y al ayer;


cuando suena un reloj imperturbable
cada quince minutos, y el silencio
se adorna de fugaces transparencias,
suelo pensar en ti, que acomodada


en los brazos del sueño, te repones
de la voraz tarea de vivirme.
Aún me sorprende el fuego de tus ojos,


y el amor que renuevas cada día.
(Nuestras mentes, sedientas de imposibles,
no pueden comprender lo cotidiano.)

viernes, 11 de noviembre de 2011

Sonetos (1985 / 1990)



Vine a escribir un verso y, de repente,
me vi dándole forma a tu sonrisa,
perfilando tus labios con precisa
y renovada sed adolescente.


Imaginé la forma sugerente
tras el leve tamiz de tu camisa,
y ese sabor a menta y a melisa
que descubro en tu cuerpo incandescente.


Desde el endecasílabo a la espuma,
huésped de mi deseo y de tu ausencia,
fui imaginando, exacto, tu retrato.


Así fuiste surgiendo, de la bruma
a mi recuerdo, toda transparencia:
haciendo de mi verso un garabato.






Yo no sé del amor, sino que existe
porque existen tus ojos y tus manos,
tu suave voz, tus signos meridianos,
tu sonrisa, que vence lo más triste.


Y porque en ti me insiste y se resiste
frente a los contratiempos cotidianos;
porque contigo alivia mis veranos,
y en los inviernos su calor me asiste.


Y así sé que es tangible y me acompaña,
y ventila mi casa y persevera
haciéndome crecer hacia tu altura.


Sé que tiene tu rostro y desempaña
mi historia antes de ti, cuando no era
sino un viajero por la noche oscura.






Tengo una casa y ropa, y en la mesa
hay comida caliente cada día;
y una mujer que amo y que no es mía,
porque es libre el amor con que me apresa.


Tengo dos hijas —cálida promesa
de un futuro que sueño en armonía—,
y la salud responde todavía;
y por momentos, la niñez, ilesa.


Tengo amigos, mis padres, mis hermanos,
algunos versos que me son cercanos,
la música barroca, el horizonte...


Podría ser feliz si no supiera
que el mundo gira y gira a su manera
y no todo es orégano en el monte.






                           Somos el tiempo que nos queda

                                      J. M. Caballero Bonald


Somos el tiempo que nos queda, pero,
al mismo tiempo, somos lo que fuimos,
lo que ganamos y lo que perdimos;
la huella, el vuelo, el aire y el sendero.


Somos lo que ofrecimos con sincero
afán de compartir; lo que sentimos
ante el amor o el odio; lo que vimos,
lo que olvidamos; lo total, el cero.


Somos, en una vida, muchas vidas.
Muchos sueños que, acaso, malogramos.
Alguno, que alcanzamos con firmeza.


Somos la cicatriz de mil heridas.
Lo que nos dieron y lo que entregamos.
Lo que, con nuestro adiós, después, empieza.







Canto porque estoy vivo, y aunque pueda
desafinar algunas veces, sigo
porque siempre responde algún amigo
que comparte mi canto y la vereda.


Canto porque mi voz, por la arboleda
del tiempo en el que soy, se hace testigo
de mis sueños, mis pasos y mi trigo.
Y no cambio mi canto por moneda.


Aunque a veces —silencio a la deriva—
sólo con blanco sobre blanco escriba
y amordace mi voz el desencanto,


recobro cuando menos me lo espero
las ganas de cantar. Así, ligero
y sediento de luz, regreso al canto.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Alba (1989)



Acariciar la luz hasta quemarme
en la más habitable transparencia.


Ser ya luz:
                 abrazado
al centro que define
gravitación tan alta.





Amanece en tu cuerpo.
                                    La luz,
desde tu orilla,
                       surge,
                                  irradia,
                                             gravita,
dando estancia al silencio que asumo
cuando cero,
                     ya en ti,
me incendio de infinito.





Antes de ti la luz apenas era
una palabra escrita en lo imposible;
argumento de música soñada
en el hondo silencio de mis días.
Poblado de vacío, la deriva
era el único rumbo, negro espejo
donde observar el rostro del que entonces
habitaba mi nombre.
                                Dedicaba
los pámpanos de tinta y mi locura
en fundar paraísos. Y es bien cierto
que la esperanza sólo fue una rosa
marchita entre mis dedos y mi orgullo.
La voz era la calma, y acudía
sin voz a su caverna apetecible
para beber del néctar que lograba
borrar el mundo impar de mi memoria.


Y así, sin darme cuenta, mis raíces,
la fiebre de mis venas y el deseo,
el vértigo de lluvia enamorada,
y el metal que en mi voz amanecía
ocuparon de forma silenciosa
un paisaje nevado, donde a veces
un pájaro de sangre remontaba
el vuelo al otro lado de mí mismo.


Antes de ti, la confusión, la sombra,
la ceniza: presencia antes que el fuego;
el abismo interior, y el laberinto
de mi propia razón arborescente.
Y el tiempo, gota a gota, repetido
en las oscuras fuentes de mi voz:
lentitud afilada, centro roto
en el yermo viaje de mi aliento.


Y de repente el mar cabe en mis manos.
Todo se transfigura por expreso
dictamen de tu magia: lluvia fértil
para mi corazón desposeído.
Bautizas con tu voz lo cotidiano,
enciendes los silencios, reconstruyes
en una sola noche la ciudad,
y condenas al fuego mis palabras.
Me das un nuevo idioma. Con tus besos
apartas mi memoria; y el origen
de todo empieza en ti. Tú me redimes.


La luz deja de ser una palabra
escrita en lo imposible; toma cuerpo,
nombra el tiempo con vértigo gozoso
y acerca hasta los dos la primavera:


fugaz eternidad donde se asienta
la clara sucesión de nuestra luz.





Busca el cuerpo
respuesta a su razón.
Bucea
por el nombre elegido;
hacia esa espuma
que le devuelve
cuanto es.
                Admira
en el único cuerpo que le muestra
los nombres de la luz,
su asombro,
y en el vórtice mismo se sucede
sin materia, sin peso, sin edad.






Busca el cuerpo
en el mar del espejo
la memoria del mar.


Busca la sucesión
de su materia.


Roto el espejo, alcanza
serenidad, sosiego.


Se desprende de sí.


Al fin, se sabe.





La certeza del cuerpo
definida en el centro
de la noche,
ilumina la estancia.


La pupila es silencio.


La piel aprende
las palabras del sol.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Ocho cuentos inconexos


 

EL CONTADOR DE CUENTOS
   No tendría yo más de nueve o diez años cuando vi por primera vez al contador de cuentos. Se trataba de un hombre muy joven, cuyo rostro aniñado, todavía barbilampiño, parecía dar testimonio de una edad aún menor. Llegó a la modesta posada que por entonces regentaba mi madre una lluviosa tarde de noviembre, calado hasta los huesos: el pelo, lacio, chorreándole por la frente; los pies, apenas calzados por unas deterioradas alpargatas. Y una pequeña bolsa de lona como único equipaje.
   —Buenas tardes —dijo al cruzar el umbral de la puerta, al tiempo que con él se colaba el helado aliento de un crudo día de noviembre.
   —Buenas tardes —contestó mi madre, que en aquel momento lavaba en la pequeña pila de granito algunos vasos.
   La abuela, que vivía con nosotras, atareada con su labor de ganchillo, apenas le hizo un leve gesto con la cabeza, continuando a renglón seguido con sus filigranas.
   —¿Tienen habitación? —preguntó el joven a mi madre.
   —Sí; sí tenemos. ¿Para mucho tiempo?
   —Verá usted —explicó el recién llegado—, llevo muchos kilómetros recorridos, estoy cansado y desearía reposar durante algunos días... no sé, quizás una semana.
   Mi madre le miró de arriba abajo con desconfianza, como si por el aspecto sospechase que aquel hospedaje no sería buen negocio. A continuación, informó al joven del precio de la pensión por una noche, y por una semana. Y más que hablar con el hombre, era como si pensase en voz alta.
   —Verá, señora —respondió el viajero—, no tengo dinero. Ya le digo que vengo de muy lejos, y esta pequeña bolsa que ve es todo mi equipaje. Sin embargo, sé hacer algo como nadie en el mundo lo ha hecho nunca: contar cuentos. Déjeme —prosiguió tras una calculada pausa— que cada noche narre una historia en esta taberna y verá como la recaudación aumenta. Si al segundo día no ha sacado por velada el doble de lo que me pide por el hospedaje, entonces, continuaré mi camino, no sin antes haber hecho frente a mi deuda con cuantos trabajos desee mandarme.
   La abuela, como si despertase de un profundo sueño, levantó entonces la cabeza y observó con detenimiento al hombre. Llamaban poderosamente la atención sus enormes ojos verdes, dueños de una profundísima mirada que parecía capaz de adentrarse en los pensamientos más íntimos de cualquiera que se cruzase con ellos.
   —A usted yo le conozco —dijo de pronto, ajena por completo al discurrir de la conversación—. A usted yo le conozco desde hace muchos años. Ya lo creo —terminó la frase como si hablara para sí.
   —No le haga caso —intervino mi madre—. La pobre es muy mayor, y a veces desvaría —y luego, volviendo a la cuestión que los ocupaba—. Podría usted engañarme, descansar los días que quisiera, comer y dormir a mi costa, y marcharse cuando lo considerase oportuno, al margen de la caja que hiciésemos cada noche con esos cuentos que dice que cuenta... si al menos tuviese algo que pudiera dejarme en prenda...
   El joven, como respuesta, desabrochó los primeros botones de su camisa y dejó al descubierto un colgante en el que brillaba una gran esmeralda, una hermosa piedra de enorme transparencia, cuyo color igualaba en luminosidad al de sus ojos.
   —¿Podría servir esto? —preguntó, dando a sus palabras un convincente tono de victoria.
   —Por supuesto —afirmó mi madre, mientras recogía el colgante que para entonces le tendía nuestro huésped.
   —Sólo en prenda, que conste.
   —Naturalmente. Sólo como una garantía.
   —Bien. Entonces, si usted me permite, me gustaría ir a mi cuarto.
   Mi madre se acercó al pequeño panel de madera en donde colgaban las llaves de los dormitorios y me tendió la primera a la que echó mano, ya que por aquellos días el negocio no funcionaba demasiado bien y eran más las veces que dormíamos solas las tres mujeres de la familia que las que estábamos acompañadas por algún huésped en la casa.
   —Toma, niña. Acompaña al señor a su cuarto... —después, dirigiéndose a él— La cena es a las ocho.
   Subí las escaleras delante del hombre, girándome hacia él a cada momento, en un gesto mecánico y sin justificación alguna. Podría parecer que al ejecutarlo comprobara que el viajero continuaba allí, detrás de mí, como si algún indicio imperceptible me indicase la posibilidad de que aquél pudiera desvanecerse al instante, por alguna razón que no me sería revelada.
   Abrí el cuarto dando tres vueltas de llave a la cerradura, haciendo girar con cada una de ellas el enorme cerrojo de seguridad. Luego, invité a pasar al hombre y entré tras de él, mostrándole lo poco que de la pieza podía enseñarse: una cama, vestida con una colcha de algodón, asaz deteriorada; la mesilla de noche, donde descansaba una palmatoria de aceite; y a un lado, sobre un pequeño banco de madera de pino, una jofaina y una jarra con agua. Justo enfrente de la puerta, un pequeño ventanuco dejaba pasar un débil rayo de luz, permitiendo, a su vez, contemplar una mínima porción de cielo, en aquel momento nublado.
   El hombre recogió la llave que le tendía y con una modulación que yo nunca había oído, y que quizás jamás volviese a percibir en ninguna otra persona, me dio las gracias y pronunció mi nombre, Aída.
   Cuando volví a la taberna, sala en donde hacíamos de ordinario la vida, ya que era la única de la casa en la que una pequeña lumbre se mantenía viva durante los meses más crudos, mi madre me mandó que fuese por el pueblo pregonando que aquella misma noche el contador de cuentos ofrecería su primera actuación.
   Como la noticia se extendió rápidamente entre los pocos vecinos de la comunidad y las diversiones a lo largo del año no solían prodigarse, fueron muchos los que después de la cena se acercaron hasta la taberna de la posada, ocupando, poco a poco, las humildes mesas dispuestas a lo largo y ancho de la sala. Mi madre, atenta siempre a los deseos de los clientes, iba y venía sirviendo aguardiente o infusiones, acomodando a unos y a otros, señalando a los más rezagados las mesas en las que aún quedaba alguna silla vacante. De vez en cuando, reclamaba mi presencia y me hacía lavar vasos y tazas, apremiándome cada vez que yo me ensimismaba imaginando las historias que en breve escucharíamos de boca del viajero.
   El contador de cuentos, que con intención de mantener el misterio y la expectación de los parroquianos había preferido cenar en la cocina para no ser visto, tras masticar el último trozo de la manzana tomada como postre, se levantó de la mesa parsimoniosamente y cruzó la cortina que daba acceso a la taberna. Allí, una vez se hubo asegurado de ser el centro de atención de los presentes, se encaminó muy despacio, midiendo cada uno de sus movimientos, hasta la mesa que estaba más cerca del lar y que mi madre había reservado para él, pues ese espacio, precisamente, podía ser contemplado sin obstáculos desde todos los ángulos de la taberna, lo que le convertía en el lugar idóneo como escenario. Después, bebió un sorbo de agua de un vaso que yo misma había dispuesto, y, tras sentarse, sin tránsito alguno, comenzó:
   “Había una vez un hombre que vivía solo, en una cabaña construida por él, en medio de un bosque, en una gran montaña...”
   Bastaron esas mínimas palabras para seducir a un auditorio que no dejaría de prestarle la más absoluta atención en toda la noche. Sin embargo, no eran las frases que pronunciaba, la historia que contaba, lo que movía a la atención de aquel público de mujeres y aldeanos, apartados la mayor parte del año de la civilización y poco acostumbrados a los extraños. No eran sus palabras las que nos atrapaban como si ejerciesen una fuerza de atracción mayor aún que el mismísimo Polo Norte, sino la modulación de su voz, la cadencia que marcaba en cada momento, dependiendo de la propia evolución de la historia; sus silencios. Porque también del silencio sabía sacar el máximo partido. Los breves silencios con que aderezaba las narraciones nos parecían infinitos mares de niebla, océanos de una nada densa y potente en donde acabaríamos naufragando. Y a la vez, aquellos mismos intervalos, nos invitaban a seguir adelante, a prestar aún más atención a sus palabras y a sus gestos, y, en definitiva, a compartir cada peripecia de los personajes, con el convencimiento de que cuanto salía de la boca del contador de cuentos, no sabíamos cuándo, ya había sido vivido por cada uno de los presentes.
   Desde mi privilegiada atalaya de observación (es decir, desde la tarima que ocupaba el otro lado del mostrador, en donde estaba cuando nuestro huésped comenzó su cuento) podía observar los gestos de mis vecinos, la tensión de sus rostros, el leve parpadeo de éste o aquél. Yo misma, sin entender muy bien en más de una ocasión lo que escuchaba, me sentía hechizada por aquel timbre de voz que desgranaba una historia, aparentemente común, transformándola, según fluían sus palabras, en la más extraordinaria que cualquiera escuchase nunca. Fui contemplando los rostros de los oyentes uno a uno. En su mayoría, eran personas de mediana edad, hombres y mujeres que habían acudido al reclamo dispuesto por una servidora aquella misma tarde. Otros, más jóvenes, también escuchaban con regocijo las palabras del viajero. Aunque, por encima de todos ellos, de todos los allí presentes, me sorprendió el respeto y veneración con que atendía la abuela, medio oculta tras la cortina que separaba la taberna de la cocina. Cuando la descubrí, en aquella actitud casi mística, tenía los ojos húmedos y dos lágrimas, lentas y enormes, resbalaban por sus mejillas.
   La historia del hombre que vivía solo en las montañas se encontraba en el punto más álgido cuando el contador de cuentos guardó silencio. Sólo que este silencio no fue como los realizados hasta entonces, consecuencia de un ritmo y unas pausas perfectamente establecidos para realzar el misterio narrativo. Con él dio ostensiblemente a entender que aquella noche ya no habría más historia, y que cada uno debería volver a su casa, o donde mejor le pareciese.
   —Deberán perdonarme —dijo, después de un prolongado silencio—, pero estoy muy cansado. Mañana, narraré el resto de la historia.
   Dicho esto, se levantó, dirigiéndose hacia la escalera que desembocaba en las habitaciones.
   Hubo, eso sí, tímidas protestas por parte de algunos oyentes que exigían escuchar el final del cuento. Sin embargo, bastó con que el desconocido cruzase con ellos la mirada para que tales reproches se desvaneciesen. Así, poco a poco, nuestros clientes fueron abonando sus consumiciones y saliendo a la calle.
   Tras ayudar a mi madre a retirar los vasos de las mesas, volví a la cocina en busca de la abuela. La encontré con la mirada perdida en un punto inexistente, como si se encontrase en un lugar muy lejos de allí; como si fuese otra persona, y no ella, quien habitase su cuerpo en aquellos momentos.
   —Abuela, abuela... —insistí, zarandeándola suavemente—, ¿ocurre algo?
   —Lo he visto antes, Aída. Ahora sé que lo he visto antes.
   —¿A quién? —me atreví a preguntar, con cierta zozobra.
   —Al contador de cuentos. Sé que lo he visto antes, aunque no puedo recordar en dónde, ni cuándo.
   Mi madre escuchó las últimas palabras desde la puerta.
   —Ande, mujer —le dijo— no vuelva usted a la misma cantinela de esta tarde.
   —Yo sé que lo he visto, hija. Lo sé.
   En aquel momento el joven apareció detrás de mi madre. Venía a pedir un vaso de agua, pero sus ojos se cruzaron con los de la abuela durante unos segundos. Ambos sostuvieron la mirada, como si obedeciesen a un oscuro desafío que yo no llegaba a comprender. Por fin, mi madre extendió el vaso a nuestro huésped y éste se despidió, dando las buenas noches.
   Cuando nos fuimos a acostar, mi madre estaba de un humor excelente. Efectivamente, el espectáculo del contador de cuentos se había traducido en una recaudación impensable para el día de la semana que era, y, además, la estratagema de nuestro huésped aseguraba, cuando menos, que la noche siguiente podríamos hacer una caja similar.
   —Tome, madre —dijo la mía dirigiéndose a la abuela—. Guarde usted el dinero de esta noche. Y también la esmeralda del viajero. Aunque este es un pueblo tranquilo, temo que alguien pueda ceder a la tentación de hacernos una mala visita, vista la recaudación de hoy. Seguro que en su cuarto no se le ocurriría mirar a nadie.
   Las palabras de mi madre me produjeron una angustiosa zozobra que derivó, ya en la cama, en un montón de sueños truculentos en los que alguien entraba en la casa y dejaba todo manga por hombro, en busca de aquellas ganancias. En alguna de las pesadillas, el contador de cuentos salía en nuestra defensa y ponía en fuga a los ladrones; en otras, era él mismo quien forcejeaba con la abuela hasta arrebatarle el dinero para después huir, protegido por el animal oscuro de la noche.
   Sin embargo, ninguno de estos sueños vino a cumplirse, afortunadamente. Y al día siguiente, desde que la primera luz del día se abriese paso por el ventanal de mi habitación, ya estaba yo deseando que llegara la noche para seguir escuchando la hermosa historia de nuestro misterioso huésped. Quizás fuese por eso, o porque aquel día tuve que ayudar más en la posada, por lo que se me hizo tan largo.
   Me hubiera gustado abordar en la taberna al contador de cuentos mientras desayunara, o en la comida, y preguntarle cómo seguía la historia. Me hubiera gustado ser yo su única oyente y que me desvelase el desenlace definitivo de aquella narración. Pero no fue posible, ya que nuestro huésped no bajó a desayunar, ni tampoco a la hora del almuerzo. Ni nadie lo vio salir de su cuarto en todo el día, lo que hizo por momentos sospechar a mi madre que, descansado y comido del día anterior, habría continuado su camino, aún de madrugada. Sin embargo, el hecho de que la esmeralda entregada en garantía aún estuviese en poder de la abuela, desbarataba por completo tal posibilidad, lo que llevó a mi madre a concluir que, simplemente, el viajero se recuperaba de las andanzas del camino, haciendo del sueño el mejor de los reconstituyentes. A pesar de esto, se acercó varias veces a la puerta de su habitación, y más de una pegó el oído en busca de algún indicio que confirmase la estancia del viajero, sin obtener en ningún momento la mínima respuesta.
   A las nueve y media de la noche, como el día anterior, la taberna estaba repleta de parroquianos convocados por la curiosidad de conocer el desenlace de la historia del hombre de la montaña. Los más madrugadores ya habían dado cuenta de más de una consumición y todo indicaba que sería otra buena jornada para el negocio. Mi madre iba y venía de mesa en mesa, sirviendo o recogiendo vasos vacíos; intentando multiplicarse para atender con prontitud cuantos pedidos anotaba. Yo, por mi parte, ayudaba en la barra y procuraba tener dispuestas las bebidas que ella me solicitaba apenas iba conociéndolas. Ante aquella efervescencia, tanto la mente de mi madre como la mía no dejaban de pensar en que el contador de cuentos ya debería de estar frente a aquel auditorio que, por momentos, parecía impacientarse.
   Cuando las protestas comenzaban a generalizarse y muchos reclamaban la presencia del narrador, o sugerían que eran víctimas de un engaño, se oyó, una vuelta tras otra, la cerradura de la habitación del viajero. Y pudimos verlo bajar las escaleras hacia la taberna: parsimoniosamente, como la noche anterior; seguro de ser el centro de atención de todos. Según se acomodaba en el lugar que tenía reservado, observé cómo buscaba a la abuela con la mirada, cómo ella lo estaba aguardando, cómo, lo mismo que la víspera, volvían a mantener un singular combate, inadvertido para todos los que abarrotaban la sala, excepción hecha de ellos dos, por supuesto, y de mí misma, testigo involuntaria de aquel —entonces, para mí— incomprensible ritual.
   Apenas ocupó su silla el contador de cuentos, las voces fueron desvaneciéndose progresivamente, hasta dar en un silencio que parecía cortarse. En esta situación, el viajero continuó la historia del hombre que, en la montaña, solo, había construido una cabaña en medio del bosque. Era una historia triste, en la que el protagonista, cansado de la soledad, abandonaba todo —su casa, el bosque, la montaña— e iniciaba un largo camino en busca de una esposa. Recorría pueblos, regiones, países... y no encontraba ninguna mujer capaz de arrebatarle el corazón. Así, pasaban los días, los meses, los años, viviendo mil peripecias. Y el hombre que vivía solo, en una cabaña construida por él, en medio de un bosque, en una montaña, se iba haciendo más viejo, cada vez más viejo y cansado. Hasta que un día, sintiendo que las fuerzas ya apenas le iban respondiendo, regresaba a su montaña, a su bosque, a su cabaña... pero había pasado demasiado tiempo y su memoria ya no era la misma y confundía los caminos, hasta que una gran nevada le cortaba el paso y quedaba a merced de los fríos, a punto de morir. Entonces, unas mujeres que pasaban casualmente por allí, lo encontraban, le llevaban a su casa e intentaban reanimarlo, y una de ellas tenía el rostro más hermoso que el hombre jamás hubiera visto, y le cuidaba con mucha ternura y dedicación, y sabía entonces que aquella era la mujer que siempre había buscado. Pero ya era tarde, demasiado tarde, y él tenía que hacer otro viaje donde no podría llevar ninguna compañía, un viaje hacia un país indefinido donde no servía la memoria ni el pan.
   Cuando acabó el cuento todos parecían estar petrificados. Yo miraba a unos y a otros y no lograba entender el porqué de aquella inmovilidad. La voz del viajero —más cálida y sugerente, si cabe, que la víspera—, había ido envolviendo todas aquellas voluntades, hasta hacer de ellas una sola, entregada por completo a su capricho. También la abuela, atenta desde la puerta de la cocina, parecía formar parte de aquella hipnosis colectiva, pero, a diferencia de los demás, volvía a descubrir en ella las mismas lágrimas de la noche anterior, y en su rostro, el peso de los años más visible que nunca, como si toda la edad y todo el cansancio del hombre del cuento, hubiesen venido a desembocar en ella.
   La recaudación de aquella noche bien podía pagar un mes —y dos, incluso— de estancia de nuestro huésped, hecho que satisfizo a mi madre pero que dejó indiferente a la abuela, quien parecía haber entrado en un progresivo estado de enajenación. Por fin, tras hacer caja y ocultar el dinero recaudado junto al de la víspera, nos fuimos todas a dormir.
   A eso de las cinco de la mañana nos despertó el monótono tañido de la campana de la iglesia, signo inequívoco de que alguien había fallecido. Vi cómo mi madre se levantaba apresuradamente de la cama y decidí seguirla. Juntas, salimos a la calle y nos dirigimos al templo. Lo mismo que nosotras, otros vecinos abandonaban sus casas preguntándose unos a otros quién era el finado, sin explicarse muy bien el porqué de aquel tañido tan madrugador. Cuando llegamos a las inmediaciones del recinto sagrado ya había gente que se congregaba en corros comentando con extrañeza el prodigio, pues la campana mantenía aquel monótono son sin que nadie llegase a tañerla.
   De pronto, como si fuese depositaria de una repentina revelación, mi madre se dirigió apresuradamente hacia nuestra casa. Yo corrí tras ella, sin comprender muy bien el motivo de tanta prisa. En medio de la noche, deslizándonos entre las callejuelas, cualquiera hubiese podido pensar que nuestra presencia se correspondía con la de dos espectros. Sin embargo, nadie más real y de carne y hueso, más humana y compungida, que mi madre en aquellos momentos. Empujó la puerta y subió las escaleras de tres en tres escalones. También yo las subí, agitada la respiración, y entré con ella en la habitación de la abuela. Ésta, descansaba con infinita placidez en su cama. Sin embargo, mi madre, poseída por un repentino desasosiego, se abalanzó sobre aquel cuerpo. “Madre”, “madre”, gritó, una y otra vez, al tiempo que lo zarandeaba para volverlo en sí. La abuela, ajena, parecía estar muy lejos de allí, como si hubiese iniciado un viaje hacia un país indefinido donde no le hiciera falta la memoria ni el pan. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, y en la izquierda mantenía aferrado con fuerza algún objeto indeterminado. Mi madre, llorando, le abrió con infinita delicadeza la mano. Frente a la palidez extrema que mostrara, una luz refulgió brevemente desde el centro mismo de su palma; una luz que se desvaneció al instante convirtiéndose en un finísimo polvo, ligeramente verde.
   Yo no acababa de entender lo que estaba ocurriendo. Menos aún, cuando mi madre, sin dejar de llorar, abandonó la habitación de la abuela y se plantó frente a la puerta de nuestro huésped, golpeándola una y otra vez. Primero, con energía; después, con rabia; más tarde, presa de una insondable desolación. Por último, sin obtener respuesta, decidió abrir la puerta con la llave maestra. Dentro, no había el menor rastro del contador de cuentos.
 
   Hace de esto casi ochenta años. Desde entonces he vivido sin salir de este pueblo, sola en la misma casa en que murieron la abuela y mi madre. Y aunque parece que el mundo ha ido evolucionando por todas partes, este rincón perdido del planeta apenas sí mantiene el contacto con otros pueblos vecinos, o la capital. De tarde en tarde, alguien hace un viaje o recibe una carta. Y su experiencia es compartida con los pocos habitantes que aún quedamos. Cada día se parece al anterior y al de mañana, como un mes al siguiente, y un año a otro. Hoy, sin embargo, se perfila distinto. A eso de la hora del almuerzo ha llamado a la puerta un hombre muy joven, de rostro aniñado, aún barbilampiño, que dice ser contador de cuentos.