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martes, 10 de enero de 2012

El Tío Piquique

[Imagen: Caseta de Camineros. Tomada de verfotosde.org]


            A primera vista, viéndolo ir de acá para allá con esa marcha y ese garbo, saludando a todos, piropeando a las mozas, persiguiéndolas incluso con pequeñas carrerillas, en un amago de alzarles las faldas, nadie diría que el Tío Piquique, como era conocido por todos en el pueblo, había sobrepasado sobradamente los ochenta. Sin levantar más allá del metro sesenta de estatura, cualquiera que lo viese por primera vez podría decir de él, cariñosamente, que era un rabo de lagartija, pues nada como el nervio de ese apéndice del reptil podría definirle de mejor manera: el Tío Piquique, era, sí, un rabo de lagartija. Sólo que, además, era una gran persona, amable, divertido, buen conversador… La primera vez que entablé una charla con él —bueno, más bien, él la entabló conmigo— andaba yo en un banco de la plaza, tratando de dar con los acordes de una canción que hacía algunos días que me rondaba por la cabeza, pero a la que era incapaz de dar debida forma. Parecía que aquella tarde de enero, al agradable calorcito de un sol que a esa hora lucía generoso, mis dedos iban por buen camino, pues se movían por trastes y cuerdas con sentido del ritmo y precisión armónica. Concentrado en la melodía que bullía por mi mente, sólo reparé en él cuando ya estaba sentado junto a mí, y así, de sopetón, me decía que a él lo que de verdad le gustaban eran las jotas. Bueno, las jotas y las muñeiras, puntualizó. Y a continuación, antes de que pudiera yo decir nada, me preguntó a bocajarro que de quién era. No, le respondí. Yo es que no soy de este pueblo. Ah, perdona entonces, si es que te he podido molestar, respondió, tuteándome sin ceremonias. Sabes qué pasa, continuó hablándome. Lo que pasa es que, aunque yo estoy muy bien, no tienes más que verme, los ojos me fallan, ¿sabes? Y, claro, al no ver bien pues no distingo las caras, de modo que aunque hablo con la gente, muchas veces no sé a ciencia cierta quienes son los que me saludan. ¿Y de dónde eres?, si no está mal el preguntarlo, inquirió de nuevo. Naturalmente que no, de Talavera de la Reina. Muy buen pueblo, Talavera, reconoció. Claro, siguió, que ya hace mucho que no voy por allí. Seguro que ahora no hay quien lo conozca, de lo que habrá crecido. Si, le confirmé yo. Mucho ha crecido en los últimos años. ¡Menudas juergas me he corrido yo en Talavera!, dijo, mientras acudía un cierto aire ensoñador a aquellas pupilas veladas por las cataratas. Bueno, en Talavera y en muchos más sitios. Porque, aquí donde me ves, yo de joven viajé un montón. ¡Ah, ¿si?!, le respondí, resignado a dejar mi fiebre compositora para mejor momento. Sí señor, mucho. Y, además, no como se viaja ahora, en coche y sin disfrutar del camino. Yo he viajado andando, y, si acaso, en mula. He trabajado empedrando caminos: por León, Orense, Zamora, Salamanca, Cáceres… por muchas provincias… Entonces, como si entrara en trance, el Tío Piquique comenzaba a echar cuenta de las distancias que había entre un punto y otro. Por ejemplo, decía: de Ponferrada a Bembibre, tantas leguas; y de Bembibre hasta Astorga, otras tantas… Y de La Alberca hasta Coria, ¿a qué no sabes tú qué distancia hay? Pues no, respondía yo. Y él volvía a dar la cifra exacta, y describía el paisaje: el monte tal, la venta cual, la cabaña del pastor zutano o mengano… Y casi sin tiempo para reponerme y procesar toda aquella información, continuaba: Por Cáceres, no sé si lo sabrás, se decía aquello de que eres más bobo que los de Coria, que hicieron puente por donde no pasa río. Y es que, ya ves tú, es verdad. Que tienen allí un puente muy apañao, pero que el río va por otro sitio; que nunca entendí yo muy bien por qué habían hecho tontuna tal. Hombre, intervenía yo, quizá es que en algún momento cambiara el curso del río, por alguna razón que se me escapa. En cualquier caso, sentenciaba, río no pasaba ya bajo aquel puente. Y te estoy hablando de hace muchos años. Vamos, de cuando yo trabajaba por esos mundos.
            De vez en cuando yo rasgueaba la guitarra: dos o tres acordes muy suaves, mientras no dejaba de sorprenderme la capacidad de cháchara del Tío Piquique, que parecía recobrar fuerzas al amparo de aquel sol reparador de enero. A mí las jotas me han gustado siempre mucho. Y alguna que te cantaría ahora mismo si supieras tocarlas. ¿Sabes tocar jotas? La verdad es que no, contestaba yo. Ya suponía, decía el hombre. Los jóvenes de ahora sólo tocan cosas raras. ¿Y muñeiras? No, tampoco. Claro…; además, una muñeira a la guitarra sonaría un tanto extraña, ¿no te parece? Pues sí, posiblemente sí, admitía yo. A mí la muñeira, seguía él con sus confidencias, me empezó a gustar desde el momento en que la oí la primera vez, allá por Orense. Pero me gustó sobre todo la música, que la letra, en ese gallego que hablan por allí, no la entendía. Así que de Talavera, ¿eh? Buena población, ya lo creo. Y buenas ferias; que también he ido yo allí más de una vez al mercado, a vender y comprar reses. Sí, volvía yo a admitir. Y él seguía midiendo distancias: entre Talavera y La Puebla de Montalbán, poco más de ocho leguas; entre La Puebla y Gálvez…

2 comentarios:

  1. [Repito limpiando erratas.]

    Un tipo de una pieza, este Tío Piquique. Quizás te privó de dar con los acordes adecuados de una canción, pero a cambio te dejó una charla vivaz y este preciso retrato que, probablemente por la solidez del trazo, me imagino en blanco y negro.

    La foto, aunque de pronto me resulta vagamente familiar (sin duda influye en ello el primer topónimo), supongo que corresponde a tierras andaluzas: ese Santa Olalla debe de referirse a la onubense Santa Olalla del Cala. Es un suponer.

    Un abrazo

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  2. Pues tienes toda la razón, Alfredo: de una pieza, este Piquique, del cual, evidentemente, yo sólo trazo un pequeño esbozo, este apunte rápido de lo que fue mi primer contacto con él. Por supuesto, mucho más productivo que esa posible melodía que pudiera andar rondándome. Lo ideal, hubiera sido ilustrar la entrada con una fotografía suya. Recuerdo que en el tiempo que yo estuve en el pueblo se hizo una exposición fotográfica con retratos, todos primeros planos, de hombres y mujeres de allí, ya ancianos, entre los cuales el de nuestro hombre resaltaba particularmente. Como no me era posible, me pareció que una caseta de caminero, de las muchas que aún quedan en pie por la geografía española, sería un buen guiño. Como todas tienen ese sello común, es normal que te haya podido resultar familiar, más todavía con esa referencia a Sta. Olalla, aunque no sea "la nuestra".

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