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viernes, 13 de enero de 2012

Un verdadero profesional

[Imagen tomada de http://finaldepagina.blogspot.com/]


            De Londres a Edimburgo, en este claro día de septiembre, el paisaje se muestra con una desbordante transparencia. El verde de los campos o el azul de los cielos o el mar, cuando se avista, son nítidos, precisos, rotundamente hermosos. El tren avanza a gran velocidad, y en el vagón apenas un rumor de voces rompe la quietud que sugiere el cuadro bucólico que se dibuja tras las ventanillas. Un viaje agradable, desde luego. El hombre, sin embargo, no está para paisajes; no para bucolismos ni líricas ideas. Se concentra en repasar una y otra vez los detalles del plan que ha de llevar a cabo con la misma precisión con que marca la hora un reloj suizo. Y sopesa riesgos y acciones alternativas, a realizar en caso de que algo de cuanto ha sido calculado con sumo celo no responda a tales previsiones. El hombre viste un traje gris marengo, una camisa de color azul muy claro y una corbata roja, granate sería más exacto apuntar. Calza unos zapatos negros, impolutos, con clase, y sobre el maletín que porta como único equipaje lleva una gorra gris, de lana y dibujo de espiguilla. Aunque finge leer con atención el periódico que le protege de las miradas curiosas del resto de los viajeros, y avanza y retrocede por sus páginas, su mente, ya se ha dicho, está en otra parte, un tiempo por delante de este en el que ahora viaja, imaginando una y mil veces el pase de esa película particular para la que ha sido contratado. Es cierto que no es la primera vez que llevará a cabo un trabajo como este. Es cierto, también, que si lo contratan es porque se ha creado una fama, una buena fama, en este tipo de tareas. Y es por tercera vez cierto que nunca antes ha tenido que activar ningún plan be, que siempre salió todo conforme a sus cálculos, que nada ni nadie pudo interferir, aunque alguien lo hubiera siquiera intentado, en su modus operandi. El hombre en suma, no hay duda, es un verdadero profesional. Alguien que sabe guardar la debida distancia con cuanto le rodea, que muestra el billete al revisor sin vacilaciones, que responde a la mirada casual de otro pasajero con una sonrisa amable, o con una leve y respetuosa inclinación de cabeza. Alguien, en resumen, que inspira confianza, a pesar de que la distancia que marca con cualquier intruso es manifiesta desde el primer momento.
            Cuando el tren hace una breve parada en Newcastle él continúa enfrascado en la falsa lectura del periódico. Bajan unos pasajeros, suben otros. Y por momentos, con el convoy nuevamente en marcha, se produce cierta agitación en los pasillos. Los nuevos viajeros se mueven en busca de los asientos asignados y en ocasiones deben pedir permiso a su compañero de viaje para pasar por delante y ocupar la plaza que les corresponde. Así, también él debe ceder el paso a una joven que se acomoda a su derecha, junto a la ventanilla, y que por un instante, al observarlo, tiene la impresión de que el hombre le es familiar. Incluso, instintivamente, le regala una bella sonrisa que, lejos de ser correspondida, recibe como única respuesta una mirada tan fría como el mar del Norte. Tras ello, la joven, que no tendrá más de veintitrés o veinticuatro años, abre un ordenador portátil, se ajusta sendos auriculares en los oídos y se sumerge en un mundo al que el hombre ni siquiera se asoma, pues continúa pendiente de cuanto le corresponderá llevar a cabo antes de lo que en realidad quisiera. En el fondo, y en contra de lo que aparenta a simple vista, no deja de sentir en el estómago algo parecido a una oruga que le corroyese lentamente. Es una inquietud que puede considerarse normal ante una acción como la que realizará en breve; algo parecido a lo que, según dicen, sienten artistas y actores de teatro antes de salir a un escenario. Algo que, por otra parte, desaparece desde el mismo momento en que la espera termina y comienza la acción. Tratando de espantar a ese ciempiés intruso que ronda en su barriga, intenta leer el diario (esta vez de verdad), o mira reiteradamente por la ventanilla, o contempla uno a uno a los pasajeros que tiene a tiro, apostando contra sí mismo sobre su edad, su estado civil, su profesión… De este modo, se puede decir que aplicado en matar el tiempo, el tren entra en Waberley Station, en donde le aguardará un coche que le trasladará al punto de reunión. Cuando el convoy está definitivamente detenido, se ajusta la gorra, toma el maletín y pone los pies en el andén.
            La climatología, desde que cuatro horas y media antes saliese de Londres con un día inusualmente luminoso, ha derivado hasta un cielo plagado de amenazadoras nubes, con un viento obsesivo y faltón que agita cuanto encuentra a su paso: toldos de comercios, banderas de edificios públicos u hoteles, faldas (tanto de féminas como de los varones que visten de acuerdo con las tradiciones escocesas), ramas de los árboles… Instintivamente, el hombre se alza el cuello de la americana y sale a la calle en busca del coche que lo espera. Enseguida, un hombre de unos sesenta años, con la cara muy roja y la nariz morada como una berenjena, se acerca hasta él y le indica hacia dónde dirigirse. Amablemente, le abre la portezuela de atrás y luego, ya acomodado, se sienta ante el volante, naturalmente a la derecha del vehículo, y se ponen en marcha. Durante el trayecto, por una carretera secundaria apenas transitada, ambos se mantienen en silencio. Tan sólo al principio, recién arrancado el auto, el chofer se ha permitido preguntarle si el viaje desde Londres le fue agradable. Sí, gracias, le responde. Y ambos vuelven al más absoluto silencio. No llevan cinco minutos de marcha todavía, cuando parece que el cielo acabará por derrumbarse. Primero han sido un par de truenos; luego unos pocos goterones estrellándose contra las ventanillas y el techo del vehículo; después, sin apenas intervalo, una tromba de agua racheada, y el viento, acaso más furioso, levantando polvo, tierra, arbustos del camino… Él, sin embargo, ni siquiera se inmuta. Sigue dándole vueltas a lo que de verdad le preocupa, y no será una tormenta de nada la que le aparte de sus cavilaciones. El chofer, mientras tanto, ha estado a punto de preguntarle si sentía alguna inquietud. No obstante, tras observarlo por el espejo retrovisor, ha debido deducir que aquel rostro no muestra preocupación alguna, de modo que ha continuado en silencio y pendiente de la carretera. Unos minutos más tarde, apenas media hora, el coche se adentra por el patio de un imponente castillo al que han accedido tras atravesar la barrera de protección, abierta desde la garita de vigilancia sin haber mostrado ninguna credencial. Por fin, ya en un garaje debidamente protegido de la intemperie, el hombre baja del coche, siempre bien aferrado a su maletín, como si de él dependiera su propia seguridad. Dos personas de mediana edad, un hombre y una mujer, le aguardan, lo saludan, y le invitan a que los acompañe a través de un largo y desnudo pasillo, iluminado mínimamente, sin cuadros, fotografías ni adornos de ningún tipo en las paredes. La mujer, al igual que antes hiciera el chofer, se interesa por la calidad de su viaje. Él vuelve a contestar con un monosílabo. El otro hombre, que hasta el momento ha guardado un respetuoso silencio, interviene entonces. Señor Márquez, Mr. James nos ha pedido que le traslademos su interés por verle antes de que llegue la hora. Lo siento, responde, necesito estar totalmente concentrado, no quisiera distraerme de ninguna de las maneras. Naturalmente, si es ese su deseo… Para entonces, el pasillo ha quedado atrás y se encuentran en un gran salón, adornado con pinturas murales, escudos y espadas colgados en las paredes y un par de armaduras montadas a sendos lados de una chimenea ahora apagada. Nos hemos permitido, apunta la mujer, poner a su disposición un par de ayudantes. Aunque sabemos que le gusta actuar solo, creemos que ellos, dado lo ajustado de la hora, podrán serle de gran apoyo. Él, entonces, no dice nada. Acaricia el maletín y, tras unos momentos de silencio, se interesa: Por lo demás, ¿está todo preparado? Sí, por supuesto, responde la mujer. Recipientes, herramientas, los productos que usted ha pedido. Todo está a la espera de su revisión… Un momento, por favor. Y la mujer se adelanta ligeramente. Apenas un par de metros más adelante una puerta les cierra el paso. Ella, decidida, la empuja y hace un gesto para que la sigan. Allí, a la vista, una gran cocina, bien iluminada y surtida de todo tipo de viandas, parece darle la bienvenida. Uno de los dos jóvenes que trajinan en ella se le acerca y saluda. Maestro, estamos a lo que guste mandar. La cena es a las ocho.

4 comentarios:

  1. Deliciosa la descripción del itinerario geográfico y mental y un original colofón.

    Repasé un poco lo atrasado y me gustó casi todo, aunque, como soy goloso, disfruté y salivé especialmente con la "romanceta" (que no me convence el apelativo por ese sufijo algo despectivo). También enorme la foto del tio Piquique y Felicidades con retraso por ese encuentro mágico del dia cuatro.

    Pasaron las Fiestas y vuelve la dorada rutina por fin. Nos quedan, eso sí, los Carnavales (algunos se quitaron el disfraz ya en Diciembre). Este año, las chirigotas y comparsas tienen temas de sobra para repartir estopa a mogollón. Será divertido.

    Un abrazo

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    1. Manolotel, como siempre, se agradece tu visita y palabras amigas. Es cierto que eso de "romanceta" puede sonar algo despectivo, pero también, a mí al menos, me suena a algo cercano; en cualquier caso, el nombre no deja de ser pura anécdota y de uso doméstico. Del tío Piquique, sería para seguir y no parar. Quizá en otro momento vuelva a dar alguna nueva suya.

      Por supuesto, estaremos, como se decía antes: "atentos a la pantalla" en eso de las chirigotas y comparsas de Carnaval. Que, por lo menos, no nos roben la alegría.

      Un abrazo.

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  2. Excelente viaje y estupendo relato. Por momentos me traía a la memoria, aparte de una peripecia viajera familiar con el mismo itinerario e igual medio de transporte, la figura del Sr. Lobo, aquel gran profesional de Pulp Fiction al que daba vida Harvey Keitel. La historia cumpliría con creces las ilusiones de algún gran chef, y en especial el de aquel que dijo que su sueño era cocinar para una sola mesa.

    Palabras muy bien cocinadas, Antonio. Los invitados hemos quedado tan complacidos que nos gustaría repetir...

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    1. Alfredo, a veces es curioso cómo funciona nuestra mente. La génesis de este texto comenzó recordando ese mismo viaje en familia (realizado algún tiempo después que vosotros) y al rato, casi sin darme cuenta, fantaseaba con lo que al principio debía ser, como parece sugerirse, un asesino a sueldo. Sin embargo, según surgía el relato, me pareció que tal personaje resultaría previsible y manido, de ahí esa pirueta hacia un gran chef, que consideré, cuanto menos, simpática.

      El cocinado de las verbas, con esmero,
      dentro de las posibilidades del cocinero. (guiño cómplice).

      Un abrazo.

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