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sábado, 25 de febrero de 2012

Hay viajes que son alucinantes (otra de Gila)

[Aquí, otros viajes del maestro]


                                                                  Con mi mayor respeto y admiración
                                                             al maestro del humor, Miguel Gila.
 

Hay viajes que son alucinantes:
los llaman tur. (Cosas de los franceses,
pues escriben to-ur, interesantes,

y no pronuncian la "o", ya descorteses.
Que digo yo, que en ese plan de ahorro,
pa' qué dan al idioma esos reveses.)

Andaba yo leyendo con engorro:
Pla-za-de-La-fa-ye-te, una mañana,
y a mi lado pasó con ese gorro...

un enano francés, de risa vana.
Me dice: Lafayé. Le dije, airado:
Tu padre la falló. ¡Vaya tangana

que se montó! Después ya me he enterado,
que dejan, por ahorro o por usura,
el fin de la palabra recortado...

Como aporta el viajar tanta cultura,
me decidí a viajar en vacaciones.
¡Seis países por Europa! ¡Qué aventura!

¡Y en cinco días! ¡Cuántas emociones!
En autobús, con chófer veterano,
volábamos igual que los aviones.

La cosa comenzó en El Vaticano.
Por cierto, lo contemplas a derecha,
a izquierda, desde arriba o a trasmano,

y alucinas mirando la cosecha
que de aquel pesebrillo han obtenido
en más de veinte siglos en la brecha.

Nos prestó audiencia el Papa, muy cumplido,
en la sala de audiencias. Y Grajera,
un andaluz gracioso y decidido,

se resbaló al entrar, de tal manera,
que aterrizó junto a Su Santidad,
y éste le dijo: Hermano, buonasera.

Y Grajera, con mucha seriedad:
Buena sera, que no hay quien lo discuta;
pero, además, que musha cantidad".

Después de aquello continuamos ruta
hacia Venecia. ¡El Gran Canal! ¡Qué estado
de armónica hermosura...! Aunque poluta...

(Por cierto, que después me han informado
de que venden solares en Venecia
a precio de oro, por litro cuadrado.)

Luego nos dirigimos hasta Grecia,
que es un país que existe... por los pelos,
porque, ¡jo, cómo está! Pronto se aprecia

que está caduco, roto, por los suelos...
del año catapúm, o de la pera;
viejo, cuando eran niños mis abuelos.

Y nada más llegar, nuestro Grajera
quiso informarse: —¿Qué país es éste?
Grecia. —De nada. Y hala, a la carrera,

volvimos al avión, rumbo al oeste.
Llegamos a París. ¡Menuda villa!
¡Ciudad de luz!, les cueste lo que cueste.

Vimos donde tomaron la Pastilla
los franceses, la Tumba del Soldado
Descolorido, algo de una tetilla:

ese Museo de la Ubre, resaltado
en guías de París; aunque con esa
velocidad que vas, tan embalado,

no ves ubre ni vaca. Pepe Blesa,
un compañero jubilado, quiso
conocer Los Inválidos. —Apriesa

—dijo el guía, apremiándole conciso—,
mire usté a ese manquito que nos vamos
a ver la Torre Infiel, sin su permiso.

Y es que, viajando así, nos realizamos,
aprendemos historia y geografía,
y, poco a poco, nos culturizamos.

Yo, al verano que viene, repetía...

3 comentarios:

  1. Espléndido, Antonio, seguro que el maestro, desde donde quiera que lo vea, se sonríe. Y que actual eso de que «Grecia es un país que existe por los pelos...»

    Un abrazo.

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    1. Alfredo, ando revisando estas historias; incluyendo algún que otro verso respecto a anteriores versiones. También yo, cuando subía la entrada, pensaba en lo profético de Gila en cuanto a Grecia. Aunque, obviamente, sus tiros no fueran por donde van ahora.

      Un abrazo.

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  2. Y este monologo completo no sabes donde lo podría conseguir?

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