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miércoles, 22 de febrero de 2012

La vida pasa




           Ando boto últimamente cada vez que me enfrento a la página virgen. Ella está ahí, virtual, inmaculada, como una isla de sal en medio de un océano Azul-Microsoft office 2007, aguardando a que yo, desde el otro lado del espejo, la salpique de juegos y palabras; la emborrone con oraciones iluminadas, encintas de ingenio y perfección. Y, sin embargo, la mayor parte de las veces, lo más que consigue de mí es una densa espera en forma de silencio: mi mirada fija en su blancor; mis dedos, en posición descanso, ante cada una de las teclas con las que, por método y ya costumbre antigua, maridaron un día. Mientras tanto, al mismo tiempo que clavo mi mirada en ese punto indefinido en el que —ya lo sé— no encontraré la inspiración, la mente se agita como si dentro de ella alguien —acaso el escritor con que a veces sueño y que nunca me habita seriamente— pusiera en marcha una enrevesada maquinaria a través de la cual las ideas, ordenadas y estrictas, surgieran limpiamente para irse acomodando, una tras otra, en el páramo blanco que me aguarda. Pero la mente no siempre funciona con la precisión y efectividad necesarias. Es más, la mayor parte de las veces, tal mecanismo da vueltas y vueltas a un mismo punto; viene y va; se dice y contradice; alimenta vías que, pasado un tiempo prudencial, se cierran con la misma facilidad con que se abrieron. De este modo el tiempo pasa sin un verso que justifique el afán mío; sin un relato capaz de proponer una mínima tesis sobre esto o aquello; sin un personaje que, nacido en medio de la nada, esté dispuesto a rodar con vida propia. En ocasiones es tanto el empeño y tan nefastos los resultados, que echo de menos esa cuartilla de papel a la que arrugar con rabia y tirar después a la basura.
Quizá olvidarse de todo por un tiempo, salir a pasear bajo la caricia suave del sol del mediodía y dejar que la imaginación se mueva a su albedrío sea una buena forma de volver con más clarividencia ante la página. Por ver si ello es así, guardo este texto, cierro el ordenador, salgo a la calle…
            Este blancor en el que aún me miro recogerá después —sólo quizá— los resultados.  Y, mientras pienso en escribir, la vida pasa.

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