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miércoles, 25 de abril de 2012

Con trece años escribí un poema


 [Representación de Petrarca, coronado de laureles]

Con trece años escribí un poema:
cinco versos de nada,
un acróstico que escondía un nombre
que entonces me gustaba.

Fue una especie de juego:
sin medidas ni palabras buscadas,
sin reglas y sin ritmo.
Sin pretenderlo, invadió mi calma
y empecé a escribir versos y más versos
sin saber bien por qué.
                                     Tal vez soñaba
con los verdes laureles del poeta,
acaso con la fama
y con la trascendencia por los siglos
de los siglos… mas nada
de todo esto me empujó al encuentro
vivo con la Palabra.

Si yo seguí escribiendo
desde entonces, coleccionando manchas
por las que va mi rostro sucediéndose
desde mi primer verso hasta el mañana,
no fue para alcanzar el horizonte
donde la gloria es vana
y lo escrito, al final, papel mojado.
Lo que en verdad me arrastra
hasta el paisaje blanco y su pupila,
hasta el silencio en que mi voz indaga,
es conocer qué pasa
cuando me adentro en mí y en lo que vivo,
descubrirlo de pronto entre las ascuas
de algún fuego que a veces, de improviso,
ha mostrado el camino a mi mirada.  

Si yo seguí escribiendo —y son cuarenta
años en lid con la metáfora—
no fue por voluntad ni por destino.

Me llamó la Palabra —aún me llama—
y yo salgo a su encuentro, simplemente.

Y su sombra y mi sombra se acompañan.

5 comentarios:

  1. Hoy el día me habla del corazón para escribir poemas, de ser mendigo de ella, de buscar, quizá sea la contemplación y el trabajo lo único que importa.

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    1. Contemplación y trabajo. No es mal bagaje, Armando, para enfrentarse a la escritura. Con todo, a mí me sigue asombrando ese afán (y necesidad)que nos mueve a ella, y no a otras actividades diferentes.

      Un abrazo.

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    2. En eso también tienes razón. A veces me gustaría, no sé, quedar con los amigos a jugar al mus, o ver alguna serie de TV, o...; pero no, siempre con la palabra a vueltas, o dando vueltas en la cabeza.

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  2. Quizás las palabras sepan de nosotros más cosas que nosotros de ellas. La única forma de descubrirlo es escribiéndolas. Hermosa crónica de una pasión serena, Antonio. La he disfrutado (y también el chisneto de ayer, si bien lo "neto" me pareció superior al chiste...).

    Un abrazo (y que la sombra laureada de Petrarca nos protega).

    [A la tercera ¿irá la vencida? Hasta el gorro de las contraseñas antirrobots, aunque a veces son tan curiosas e intencionadas que hasta parecen el germen de un poema.]

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    1. Tienes razón, Alfredo. Como los grandes cocineros que construyen su obra día a día, y con las materias más frescas y sencillas, así quizá también nosotros tengamos que darnos a la palabra para saber qué sabe ésta de nosotros, y, a la vez, para que nosotros, llegado el caso, también podamos desenmascararla.

      En el abrazo, y a la sombra de Petrarca (guiño cómplice).

      (Rastros borrados; al menos, aparentemente. Que vete tú a saber...)

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