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sábado, 26 de mayo de 2012

Estas manos


[Manos - Alberto Durero]

Más de cincuenta años que mis manos
envejecen conmigo. Sostuvieron,
apenas un muchacho, los gozos de la infancia:
el pan con chocolate,
el paloduz cortado en el sigilo
último de la tarde,
cuando el sol reflejaba
su murmullo de luz en la corriente
translúcida del río.
Sostuvieron cuadernos y tebeos;
más tarde, libros, pluma estilográfica,
y los primeros versos, y caricias
colgadas muchas veces en el aire,
y cuerpos de guitarra
por las esquinas del amanecer.
Estas manos supieron de números exactos,
números ordenados en filas y balances
que reflejaban números, tan fríos
como el amanecer del usurero.
Pero alzaron también coordenadas
que asentaban la luz. Y así, llegaron
a las regiones claras
en donde se preserva la amistad.
Vieron muchos paisajes estas manos,
muchos atardeceres en silencio,
para después, con tinta y con la calma
que da la compañía de uno mismo,
enarbolar palabras
con las que dar al mundo nuevos nombres.
Estas manos, amantes un buen día,
recorrieron regiones luminosas,
planicies, cordilleras, selvas hospitalarias.
Y en su cuenca de amor, dieron posada
a unos cuerpos, desnudos, indefensos,
recién amanecidos.
Estas manos, que miro con asombro,
comienzan a mostrar algunas manchas,
apenas una arruga indefinida,
quizá una lentitud que no tuvieran.
Mas, a pesar de todo, están abiertas
al cántico del tacto; al horizonte,
al son del devenir.
Se acompasan al ritmo de mi vida.
Y siempre están dispuestas a estrechar otras manos.

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