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jueves, 21 de junio de 2012

Patio de vecindad


[Fotografía: archivo del autor]


Vuelvo a aquel patio que pisé de niño
a través del verdín de la memoria:
las rosas del rosal amanecidas,
y abiertas al fulgor las azucenas.
Yo juego con mi hermana y con mis primas,
como cada verano,
mientras mi abuela, concentrada y hábil,
hace ganchillo oculta en la penumbra
del viejo comedor. De vez en cuando,
el abuelo repara alguna cosa
armado de martillo y alicates,
y la señora Andrea, que habla a voces,
comenta con mi madre algún capítulo
de la radionovela.

Patio de vecindad, casa encendida
en el recuerdo arcano, por mis venas
fluye la transparencia de su alma,
la luz incandescente del estío,
el tiempo lento, anclado en las paredes
que, igual que mi niñez, también pasaron.

Hoy regreso a su encuentro. Y todo calla.

2 comentarios:

  1. Juraría que esa niña está jugando al pasemisí-pasemisá, o quizás a la rayuela o al castro. Días claros y felices, ¿a dónde se fueron? El verano estaba lleno de tardes inmensas, tanto que uno hubiera jurado que no acabarían nunca... Emotivo y verdadero.

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    1. No sabría decirte si jugaba o simplemente se desplazaba de un lugar a otro. En cualquier caso, como bien dices, era días claros y felices. ¿A dónde fueron? Supongo que se perdieron junto a la niñez y la inocencia. Y sí, aquellos veranos eran eternos... en su fugacidad. De hecho, aún surgen, aunque sea en el verdín de la memoria.

      Un abrazo.

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